Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Razones por las que luchar
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El Club de los Poetas VivosSon sólo sombras, que proyectadas en la pared crean un Sueño más parecido a lo que debería de ser. Conversación por la mañanaAl bajar por las aceras la calle del río, los abetos de hojas verdes sobre el empedrado de piedras como puños, de puños como piedras. Al distanciarme más y más del recodo oscuro donde esperaba a que el sol se levantara sobre las rocosas y me regalara esa especie de sonrisa áurea, de saludo ígneo y sagrado. Fue entonces cuando me di cuenta de que sentía algo extraño en mi interior. Me escarbaba una especie de desazón perversa en el sudor frío de la frente y hasta lo más hondo de mi cuerpo. Pero me dije que no debía de ser nada. Hasta hacía poco había guardado el reposo de mi estado inconsistente, siempre febril y débil, ahora casi quebrado. Y como quien despierta de esa especie de sueño emponzoñado que es el que lleva a la muerte; tenía los ojos tan oscuros como la piel cetrina. Y por esa razón andaba con paso leve, susurrante y esmerado de un niño ignorante que aprende a andar. Apoyado a cada rama, asegurando los pies al suelo. En realidad no estaba yendo a ningún lugar. Era un día de esos en que puedes permitirte el lujo de respirar el aire, de sentir el viento, de palpar la hierba, de sentir sin más. Recuerdo ese mismo sitio de los árboles verdes de la vereda, donde caí al suelo vano, como en una bolsa de aire inmaterial. Después de dar tantas vueltas, me sentí morir; y quizá esa desagradable perspectiva me provocó la visión de una especie de mundo paralelo, de un lugar en donde realmente sí hay justicia, donde todos aprenden de sus errores pasados y son capaces de borrar la huella meticulosa de las palabras erradas. Un lugar en que se podía ser feliz, y ser feliz era el oficio. Una situación algo angustiosa, pero hemos de reconocer el fuego enfermizo, la huella de la enfermedad en mi mente. Jamás mundo tal podría ser imaginado siquiera. No hay tiempo, ni merece la pena el esfuerzo. Levantándome con un brazo de la humedad esponjosa del césped mojado, me vi levantado por mi amigo Cándido Fauza, con un rostro entre preocupado y triste. Tenía un sombrero de ala corta y unos ojos vidriosos. Sentados ya al calor de un fuego apacible, de las llamas ondeantes, me preguntó por mi salud, por mis problemas y por mi vida. Al no saber qué contestar con claridad y firmeza, le comenté lo que había visto, y le pregunté por el significado que para él tenía. "¿Alguna vez te planteaste aquello? Eso de que hay una forma de que la gente sea feliz en realidad", "Oh, bueno, ¿desde cuándo tiene importancia si yo lo pensase o no?", "Bueno. No estaba preguntándome por la importancia o no de tus pensamientos", "No sé, es que lograr mundos, cambiar las formas en que la gente se relaciona es cosa de los que toman decisiones", "¿Te refieres a los políticos?", "¿Quiénes son si no los que toman decisiones?", "¿Y qué quieres decir con eso?", "Estarás de acuerdo conmigo en que hay poco tiempo en esta vida, ¿no es así?", "Más o menos", "Pues bien, realmente un mundo feliz tendría que ser muy diferente a éste. Habría que pensar mucho en cómo hacerlo y luego hacerlo. Pero no hay tiempo suficiente. Uno puede dedicar todo lo que tiene al estudio de un mundo ideal, y cuando lo hallara, estaría tan sencillamente envejecido que no sería capaz de llevarlo a cabo. O piensas en qué hacer, o lo haces. Aunque en ocasiones la elucubración es precisamente la que labra la perdición de una persona al sellar su propio camino en la inactividad. De todos modos, no me gustaría que pensaras que me encanta caer en afirmaciones gratuitas y omniabarcantes", "Y qué me dices de la transmisión. Con este tipo de negaciones, poco menos que contradices los principios de la educación", "Convendrás con que hay cosas que no se pueden enseñar. Es como dar el resultado de un problema, o contar el desenlace de una historia: el proceso aporta el sentido, así como el valor de la solución", "¿Y no se podría llevar a cabo un plan a partes?", "Y es lo que se supone que se pretende, así que los políticos son los encargados de hacerlo. Yo nunca pretendí meterme en sus afanes, en la pretensión de hacer creer a los demás que soy capaz de canalizar sus aspiraciones o encontrar respuestas a las eternas preguntas que me martirizan y me van destruyendo poco a poco", "En ese caso, si la gente como tú se entrega a la pesimista destrucción de su propia personalidad, ¿crees que obran bien?", "Nunca dije tal cosa. En todo caso, te he preguntado yo a ti primero acerca del particular", "Cierto. Me parece una forma bien curiosa de responder a mis preocupaciones por tu salud, tus problemas y vida. Me parece que eres el claro ejemplo del que hablas, y que andas por las calles como un pordiosero porque no has sabido jamás hacer nada, a pesar de ser capaz de embaucar y aturdir con tus palabras. Tienes la inteligencia de los hombres, pero también su estupidez más incomprensible", "¿Pero es que ahora el hombre vive del deber?¿Es que no se necesitan ya a las personas locas, necias, desgraciadas?", "La inteligencia no tiene por qué devenir en desgracia; no justifiques tus pesadumbres de ese modo tan burdo", "No deberías de haberme levantado", "Ay... yo sin embargo pienso que sí". Seguimos en silencio unos segundos más, con el crujido de los troncos quemados con el beso de las llamas. Nos miramos como se deben mirar dos troncos de madera que se han golpeado, con el mismo tipo de silencio o la misma soledad de los pollos que comen cerca, pero no juntos. - De todos modos, tanto da. Aún es por la mañana, ¿dónde te van a llevar hoy tus pasos? Sky, Blue Sky -No sé cómo decirlo, Nico. Cómo decir que no siento que hoy sea un día como ayer, como mañana... no sé cómo expresar que siento tanto que no sé cómo decirlo.
-Pero ya estás aquí, y no has necesitado responder a ninguna de esas preguntas. Fíjate bien. El cielo está azul, donde lo dejaste y de nada te sirve sentirte mal. Todo está tan mal... ¡dilo! Por qué no decirlo. Pero pronto te das cuenta de que no sigues viviendo como lo haces por conseguir que deje de estarlo. Si no porque es la única forma que tienes de ser. Y... la verdad es que es mejor así.
-Hace tanto tiempo... ya... que dejé tantas cosas en la memoria... y pones un gato al lado de otro y hasta que no pasa un tiempo no se quieren. Es muy triste, ¿no? Pensar que realmente eres como un animal, que no hay nada más. Que si hubieras nacido en un lugar diferente serías otra persona.
-Deja de perseguir cosas invisibles. Cosas que no se pueden ver. A mí me conoces, a mí me quieres. Eso es lo que tienes que tener claro antes de nada, Lou. Y la vida tendrá tantas vueltas como quieras darle...
-Pero si giras demasiado, te mareas, y caes. Un Paseo por aquíEl sabor prófugo y timoteado,
como de laureles y hierba buena,
de la brisa y el templar sereno,
sonoro, de la mañana;
con esas ramas de olivo
verdes; con esos pilones de escarcha,
trenzados, labrando las hojas
de las remotas horas perdidas.
Y al sonar verdes
los crujidos ansiosos de su lecho,
y esos golosos
ojos sin techo
que también la muerte tornaba a la mar
profunda, desfigurada y eterna;
a la mar sonora, de la mañana,
llegó a lomos de las alas blancas del caballero negro,
sobre los caminos; que ajados, volvían su suerte
hacia el cielo; este azul, el del firmamento,
sostenía las almas mucho antes de nacer
tú, de nacer sin más.
Para captar la voz,
la serena párbula,
el amanecer claro
de un siniestro y crápula
carnicero de dientes amarillos,
amarillos y pequeños,
como de rata.
Como de esas ratas
que no vuelven
porque no han de ser acogidas
por quienes les odien.
Saiph.
"Paseo por las calles
verde palo
de azul y sombra
entre los colores
de las calles
y del cielo."
Saiph.
Oh, y me siento tan turbado al descubrirme entre tantas cosas... Finalmente el que anda Sólo es UnoUna buena mañana, Ernesto Amador fue descubierto muerto en su habitación. Después de tanto tiempo encerrado en su casa, administrando sus ingentes cantidades de dinero, salió tumbado y frío camino del cementerio. Todo el mundo lo recordaría ante su único y joven descendiente como el más loable de todos los hombres; mientras, él mismo tenía muy presente, mirando al cielo despejado, que era la primera vez que veía la luz del sol fuera de los grandes muros del majestuoso palacio donde vivía.
Al día siguiente, el pequeño Marcos despertaba como de un sueño. Pensaba que encontraría de nuevo a su padre encerrado en el escritorio; haciendo cuentas, escribiendo las órdenes que tanta gente estaba esperando. Pero no lo encontró. Se pasó un rato más dando vueltas por los oscuros pasillos antes de abrir- como un animal enjaulado que teme lo que puede pasar- con cuidado la puerta de su propia casa. Oh, Marcos ya era libre. Cuando se vio fuera echó a correr con todas sus fuerzas y dejó la puerta abierta. Llegó al camino verde, silvestre; a las piedras del río estrecho que navegaban o embadurnadas en lodo se hundían en el lecho helado. Estaba ansioso como nunca lo había estado antes y el corazón intentaba escabullirse de él y hundirse en las aguas vivas para ahogar la llama que lo estaba abrasando. El humo ya estaba muy cerca, el humo de la ciudad y los ruidos ajenos. Pues la ciudad era un lugar extraño- no singular, sino extraño-; tanto por las casas cerradas, las puertas y esos ojos como salidos de otro mundo que gritaban canciones codificadas por un murmullo lastimero y desgarrador. Ni siquiera sabría decir por qué esa sensación extravagante de falta de familiaridad hogareña, agradable a la vista y, por qué no decirlo, al gusto; ese gusto destilado y entrenado en los vapores de las cocinas desde hacía ya tantos años; le asaltaba como si se tratara del producto de una premonición. Era una pesadilla que le golpeaba en el rostro y lo dejó ahí tumbado boqueando en mitad de todos sin que nadie lo percibiera.
Desde la oscuridad comenzaba a distinguir las cosas que tenía a su alrededor. Estaba tumbado con el hedor pestilente de alquitrán pegado a la nariz. Recordaba que un hombre lo había empujado hacia la calzada y un destello anaranjado lo había golpeado con violencia tirándolo al suelo. Estaba temblando y una mujer de avanzada edad lo estaba inspeccionando; le tenía la cabeza con ambas manos y lo miraba con aire de profesional. “Chico, ¿me ves?¿me oyes?”. Marcos creía que la mujer bromeaba; pero contestó: “Claro. Claro que la veo, claro que la oigo. ¿O acaso es que no está ahí y no está hablando?”. La mujer pareció alegrarse mucho y le dijo que fuera a su casa para que pudiera ver si había tenido algún tipo de lesión. El joven obedeció sin contestar- parecía un niño amaestrado, a pesar de que ganara en altura a la mujer y ya tuviera la mayoría de edad-, tirado de la mano por delante de unos jardincitos floridos, alguna casa descolorida y dos calles residenciales. Allí estaba: una casa blanca y alta sobre un césped corto y una valla roja. La mujer lo sentó en la mesa de su cocina, le preguntó su nombre, le dijo que ella se llamaba Emily, que el conductor se había dado a la fuga, que parecía que estaba el chico bien, que de dónde era. Él contestaba con monosílabos, cortos y contundentes. Le era desconocida la amabilidad de la señora Emily, y a pesar de que le fuera agradable esta disposición, no podía corresponderle del mismo modo, ya que era un iletrado en las artes de la relación social.
De repente, la señora Emily llamó a su hija entre pregunta y pregunta y apareció bajo el quicio de la puerta. Serían las palabras del mismo Marcos Amador en papel. Ese figurín de blanca y tersa, de pureza límpida, inmaculada y bañada en luz. Despertaba absorto del orden sordo e incoherente del ruido que, en su crepitante cesar reactivado al instante, contagiaba de su pecado. Volvía esta Afrodita del jardín encantado. De su prisión y su hogar raptado después de mil años de soledad y vida leve, arrancaba la melancolía casi vidriosa de sus ojos azorados, llameantes y salvajes; por esa nívea presencia, coronada de oro y tirabuzón. Ella se acercó a la orden de Emily, acercó esa fragancia de azahar, de magnolia y hierba fresca, y cuando puso su delicada mano de seda- suave y dulce como el murmullo de las hojas sobre las aceras- sobre su pecho desnudo, un estremecimiento le recorrió cada prolongación de su ser y más allá de su cuerpo. Nunca una mujer le había tocado piel con piel, salvo la señora tan amable, unos minutos antes. El temblor causó risa en la joven que lo auscultaba y Emily procedió a presentarlos. Se llamaba Anne. Parecía que había descubierto una hemorragia interna a la altura del tórax, una herida que, cada vez con mayor insistencia, lo arremetía con una intensidad creciente. Emily ofreció al joven su casa para descansar esa noche y asegurarse de que la herida no era grave, así que Marcos se dejó llevar hacia la habitación de invitados como se había dejado llevar tantas veces por su padre- como si apenas un día lo separara del jardín de infancia, de la despreocupación por lo que realmente es importante o parece que tiene que serlo- de la mano de Anne. Oh, esa mano. Oh... qué inaguantable sensación, qué escandaloso ruido el de su corazón.
Estaba tumbado y sin dormir debajo de la gran cantidad de mantas perfumadas cuando abrió los ojos y vio a Anne espiándole muy de cerca. Por un momento se asustó, pero de repente, todas esas sensaciones que lo acechaban al mismo tiempo; la vida fuera de lo que había sido su casa durante tanto tiempo, la ciudad y el atropello, la amabilidad y la belleza, el dolor y la tragedia del padre perdido, le llevaron a sus ojos una húmeda protección al tiempo que se le escapaba un gimoteo apagado pero profundamente triste. Ella le preguntó que qué le pasaba. - No sé qué pasa que no sé lo que me pasa.- respondía cansado.- Las luces y el color de todo me dañan los ojos, así que los cierro, pero entonces me vuelvo ciego. Todo esto es demasiado nuevo para mí y ya estoy agotado de que me ofrezcan cosas que no soy capaz de entender, ¿o es que no hay nada que entender? No necesito saber contar para tener presente que me sobra el dinero para vivir toda una vida de placeres, pero tengo tanto miedo de volver a mi casa como de quedarme fuera para que me atropellen o me dejen anonadado. ¿Qué es lo que quiere la gente?¿No se puede ser más feliz estando solo? De modo que nadie te abandone, nadie se muera, ni te ataque, nadie te decepcione. Sin sobresaltos y sin juegos, sin trampas en las que caen los necios como yo. Ésa era la filosofía y la moral que me transmitió Ricardo sin apenas hablarme, ¿no es más fácil dejar que un niño vea lo que hay alrededor y extraiga lo que significa para él que mentirle, encauzar y restringir su visión? Supongo que no, porque entonces acaba sin tener los principios adecuados, las normas y las leyes y todo lo que entendemos por normal que nos permite sobrevivir y coexistir con otras normalidades extranjeras. La vida es tan fácil como sobrevivir y a la vez tiene la dificultad de llenar el tiempo que tenemos entre las manos.¡Qué desgraciado me siento ahora que sólo necesito sonreír para ser feliz!
Y brotaba el manantial, las gotas cristalinas y redondas, como brillantes diminutos, inocentes y vírgenes. Necesitaba una palabra para expresar ese dolor, el mal, un fuego abrasador que lo estaba matando, que le daba la vida para ver cómo creaba la lluvia desde sus entrañas. Levantó los brazos al aire y gritó con todas sus fuerzas, arañándose la piel al intentar sacarse esa infección mortal y perniciosa que se cebaba con crueldad sobre él. -¿Es que me estoy muriendo? A su lado suspiraba silenciosa con un aire ensoñado por las palabras que acababan de emanar en cadencia deliciosa de los labios de Marcos. - No. Estás llorando. Al descubrir el lugar en el que se escondía la sensación, fue gritando su nombre por toda la extensión del lugar, como si de ese modo espantase al traicionero y cobarde. ¡No chilles, loco! Pero estuvo llorando un rato más antes de parar.
Mientras aún estaba con la piel erizada por la rabia desatada, Anne se acercó a la cama, lo arropó con cuidado con todas las mantas que se habían caído y le deseó las buenas noches con un beso en los labios al que no se resistió- como no se había resistido a la muerte de su padre- antes de alejarse por la puerta. Todavía saboreaba el delicado tacto de la saliva de Anne cuando estaba amaneciendo y marchó dando vueltas por las calles de la ciudad completamente absorto pensando en todo lo que le quedaba por hacer y lo lejos que todavía estaba de las garras de la muerte. Ahora veía a las personas todas ellas como una infinita prolongación de posibilidades, como un paisaje inexplorado; pero conforme se alejaba de Anne, del recuerdo de su padre, y la mansión repleta de dinero, más se daba cuenta de lo poco que necesitaba a ninguno de los tres. El secreto del Señor Vela Marito Amando era el hijo mayor de Mario Vela. Tenía el pelo claro y los ojos de niño. Estaba con Tomás y Mateo en la casa cuando entró su padre enfundado en un chubasquero cubierto por el agua. Los niños, sentados en la mesa comían en silencio, pero cuando entró Mario, todos se dieron la vuelta para ver el semblante oscuro como la prenda que llevaba. Igual que un perro rabioso, pasó como una exhalación, si ver, sin pararse a saludar y extrajo unas varas metálicas de unas fundas aterciopeladas. Eran las palancas que utilizaba en su trabajo. Ninguno de sus hijos fue capaz de decir nada mientras se movía impulsado por fuertes convulsiones. Pero Marito lo acompañó armado de uno de los dos metales.
Bajo la lluvia, esperaron en silencio. Las gotas no eran ruido para sus músculos fríos y tensos, sin embargo, su hijo mayor estaba llorando. Se abrió la puerta de la casa y salió un hombre con sombrero y gabardina. Todo de tela, de la seda cara de las tiendas en donde el olor del pobre se percibía a kilómetros de distancia. Mario Vela lo miró en esos ojos de niño con sus párpados áridos, sus determinación seca y salvaje. Con la barba sin afeitar y el rostro chorreante de agua. Fueron los dos, uno al lado del otro. El hijo mayor había entendido ya y su padre había visto muchas veces que se levantaba sobre los músculos como un artista de la armonía anatómica. Ambos tenían la fuerza brutal de los viejos remeros como una memoria genética. Andaron tras él y la voz de Mario sonó ronca: ¿Es usted Marcelo Puerta? Y se dio la vuelta y vio esos espectros con varas y tuvo miedo. Marito bajó la punta sobre su cabeza.
Las últimas lágrimas de lluvia se habían secado dos días después. El sol abrasador caía como una bofetada desde el cielo.
-¿Y qué dices que le ha pasado a tu esposo?
- Ha muerto. Ha muerto de forma natural.
- Qué raro.
Estaban acostados y él llevaba un cigarrillo en la mano. Desnudos frente al balcón que había tenido las persianas subidas toda la noche. El inspector siempre se dejaba las persianas subidas y ella acudió a sus aposentos con una frecuencia algo irregular los últimos meses. Se llamaba José Juan José y ella Esmeralda. Un nombre del que se mofaba el antes nombrado.
- Me refiero a que murió de la única forma que podía morir; fue asesinado.
- Ah, eso ya es otra cosa, nena.
Ni siquiera le dio una calada, ya que nunca fumaba. Mientras hablaban no se miraban a la cara, como si los momentos de cariño se hubieran consumado ya, y sólo quedara la indiferencia e impersonalidad de la conversación que estaban teniendo.
- Haré lo que pueda.
Marito Amando tenía las manos manchadas de sangre. Como todos los que tienen una experiencia inolvidable, se debatía entre la soledad a la sombra y los gritos de madrugada. Cuando apenas se alejó unas semanas de sus fantasmas, ya vociferaba con sus amigos en algún bar, agarrado a las cervezas vacías. Su padre nunca le dijo nada, a pesar de verlo llegar desde su sofá viejo, sin tenerse sobre las piernas; y a pesar de eso, su hijo no podía evitar mirarlo con odio desde la embriaguez, echándole en cara todo, mofándose de él, destruyendo esa especie de pureza que había trabajado sobre él como si fuera mármol durante tanto tiempo. Esperó tantas veces sin dormir una explicación que terminó por odiarlo y por hablar solo. En esa casa se había tejido una red oscura e inquebrantable de silencio. Fue una noche como esas en las que el hijo mayor volvía a la madrugada, cuando llegó un hombre alargado con la camisa abierta por el pecho y unas gafas de sol antiguas. Mateo y Tomás eran gemelos, y tan pequeños, que no se había enterado todavía de que las cosas en casa habían cambiado. Era un bajo de un edificio cincuentón y las paredes de la fachada tenían la pintura desconchada por la humedad. Parecía una mueca de dolor hacia el parque, a sus flores muertas y vegetación disecada.
- ¿Una copa?
- Por favor.
Mario Vela estaba pensando en lo que le llevó a actuar como hizo, a lo que significaba la vida y lo que todavía merecía el respeto, el riesgo o la vida. Sus hijos hacían ruido en el cuarto de al lado.
- Supongo que sabe por qué he venido, ¿verdad?
Al inspector no le latía el corazón, o eso dijo su madre una mañana cuando le puso el oído sobre el pecho. Hacía mucho que no sentía nada, que caminaba sin que le importara que una bala le quitara la vida. Para él habría sido lo mismo morir allí que en cualquier lugar. Y por eso hablaba con su voz de cínico desencantado y paseaba a un perro que llevaba años sin ladrar. No dormía por las noches y tenía la piel blanca. Las sutiles arrugas recordaban las grietas de las paredes del manicomio. Mario Vela esperaba mientras sudaba.
- ¿Cómo se llama, detective?
- Me llamo José Juan José.
- ¿Y por qué le pusieron ese nombre?
- Supongo que porque mi padre se llamaba Juan José y nací el día de San José.
- ¿Y cuánto sabe, José?
- Emmm- el inspector estaba preguntándose si había sido por el José que correspondía a Don Juan José Riviera o era hacia su origen beatífico la referencia- Lo suficiente como para que usted pueda cambiar las cosas haciendo algo.- ni siquiera le importaba una mierda que el otro le mirara a la cara. Él estaba jugando con un mechero, echando un vistazo a su alrededor.
- Yo lo hice. Sólo yo maté a ese hombre.
José Juan José de repente lo miró. Parecía gracioso con la sombra recortada, esparcida por su cara. Tenía los ojos alargados y la voz grave. No sonreía, tampoco nadie recordaría años más tarde que hubiera tristeza o melancolía en su rostro. Sencilamente no había nada. La mano de Mario Vela estaba tan quieta como sus ojos esculpidos con una brutalidad carente de calor humano. Eran secos como las grietas secas de la tierra arcillosa en verano. No tembló jamás, ni temblaría.
- Es curioso, por las heridas juraría que hubo dos hombres atacándolo al mismo tiempo.
- Llevaba dos varas cogidas por cada una de mis manos.
Los ojos del inspector, negros, negros.
- ¿Seguro?
- Del todo.
Marito Amando llegó a su casa y, borracho. Al no ver a su padre en el sofá, lo odió con más fuerza y se fue a dormir. A partir de entonces, nadie lo volvió a llamar Marito, a pesar de que terminara perdonando a su padre y siguiera teniendo ojos de niño y nunca supo el motivo por el que tantas noches tuvo que lavarse las manos de sangre. Nunca supo por qué había matado a ese hombre. La Tierra dorada Recordaba haberse acostado después de estar largo tiempo dando vueltas en la cama; lavarse las manos, cepillarse los dientes, pero se despertó en un lugar muy diferente. Todo era demasiado grande; más de lo que lo recordaba. Una playa inmensa se extendía a lo lejos, las hojas de una palmera a penas tapaban la luz sobre él. Se puso a andar con las manos en los bolsillos. Si alguien lo hubiera visto desde lejos, le hubiera parecido un niño que jugaba a pensar. Tenía los ojos oscuros y la piel clara. A pesar de que fuera todavía muy joven, la melena lisa le llegaba hasta los hombros y era rubia como el dorado de la tierra que trae el mar. El joven se llamaba Aquiles.
Una vez, hacía ya por lo menos un año, cuando su padre aún le contaba historias a la hora de acostarse y no paraba de hacer preguntas, le dijeron que los sueños eran el planeta al que los niños iban cuando dormían; pues una persona realmente no puede estar tan dentro de sí misma que no esté en ninguna parte. Lo recordaba siempre, como tantas otras cosas que la gente dice para salir al paso; pero, ¿qué pasaría si...? En las sombras de la habitación, artificiales, la bombilla y la lámpara. Detrás de las persianas se oía un murmullo desalentador, la lenta máquina que pone en funcionamiento el mundo: ese rugir de coches como una respiración anquilosada, un ronquido enfermizo y muerto. Allí estaba la playa.
Se encontró con un hombre anciano que contaba granitos de arena. En una mano tenía una botella de agua y Aquiles preguntó:
AQUILES: ¿Qué hace señor?
SEÑOR: Estoy contando el número de gotas que tiene un litro de agua.
El joven se quedó mirando el plástico y vio como de repente caía una gota minúscula y entonces el otro pasó un grano de arena de la playa a su mano.
AQUILES: ¿Y le gusta mucho contar?
SEÑOR: ¡Qué estupidez! Contar sólo me sirve para saber cuántas gotas tiene un litro. Contar en sí no significa nada. La pregunta debería de ser para qué necesito saberlo.
AQUILES: Ah... disculpe.
SEÑOR: Hay muchos que se creen muy inteligentes no sabiendo nada. Y cuando yo lo sepa tendré el poder de decidir quién puede saber y quién no.
Desde que sus padres se divorciaron, Aquiles se fue distanciando más y más del exterior. Se inventaba historias, cuentos. Estaba seguro de tener el control; nada era real. Ahora se encontraba pisando las mismas aceras, y todo fluía fuera de sus manos. Era más que un sueño, un universo paralelo en el que había creado vida. Marta, que había guardado todos los papeles que había trabajado el niño, comparaba, y se daba cuenta de que, cada vez más, las rayas que al principio eran una sugerencia, la abstracción, la idea del referente, abandonaban la ambigüedad y se convertían en representaciones tan detalladas que, su madre llegó a dudar de que los monstruosos dibujos no tuvieran referentes reales. La literatura había dejado de ser interpretación para convertirse en un grito desesperado. Y quién dice que un dibujo no es literatura. Pero no podía haber visto nada parecido.
Sentado y con las rodillas cogidas entre los brazos, esperaba el muchacho las preguntas del doctor.
FRANCISCO: Y cuántas veces has visto esa playa, Carlos.
AQUILES: [murmullo] Me llamo Aquiles.
FRANCISCO: Vale, vale. ¿Cuántas veces, Aquiles?
AQUILES: Muchas.
FRANCISCO: ¿Estuviste en alguna playa antes de perder la vista, Aquiles?
AQUILES: Sí.
FRANCISCO: [anotando en su libreta] Háblame de ese lugar.
AQUILES: La tierra es dorada, el agua transparente, y hay gente que me habla.
FRANCISCO: ¿Y qué te dice esa gente?
AQUILES: [molesto] Cosas.
FRANCISCO: ¿Qué tipo de cosas?
AQUILES: No sé, ya sabe. Lo mismo que la gente normal. Hablan, hablas...
FRANCISCO: Entiendo [hace una pausa] ¿y de dónde viene lo de Aquiles?
AQUILES: Es así como me llamo.
FRANCISCO: ¿Así te llama esa gente?
AQUILES: [resoplando] No.
FRANCISCO: ¿Por el personaje de la Ilíada?
AQUILES: No...
FRANCISCO: Entonces... ¿por qué?
Después de serpentear por los caminos que rodeaban los troncos negros del bosque, llegó a la ciudad. Todos los edificios estaban adornados con pan de oro y los habitantes estaban fuera de sus casas. Sonrientes, hablando. Después de miles y miles y miles de kilómetros, seguía sin ser ese el lugar que había estado buscando. Estaban con él el perro guía Bobby, también Lucas y Manuel. Subiendo a lo más alto de la cresta rocosa, frente al lago de lava en las profundidades de la tierra. Y ahora de nuevo entre muros, junto a la ficción social y las conversaciones de las gentes. Ahora estaba cansado.
AQUILES: En la cultura griega puede significar gloria. En la lengua brahamánica tenía un origen distinto. Es tierra de oro.
Cansado de buscar respuestas dentro de sí mismo. De vivir en el planeta de los sueños y andar entre su oscuridad completa hacia ningún lugar, con ningún objeto y solo.
AQUILES: Y oro es el destino del viaje. El sentido.
FRANCISCO: ¿Entonces qué es Aquiles?
Pero ya no había nadie en torno a él. Los edificios sucumbieron a la oscuridad y el suelo no se hundió a sus pies. Ni siquiera se cayó. Ahora se observaba con interés en un espejo de la habitación del psicólogo. Giró la cabeza para mirar a Franciso a los ojos.
AQUILES: Aquiles soy yo.
El doctor escribió antes de irse a dormir y con un temblor que le recorría el cuerpo. "Si el niño está ciego [pausa] daría igual que no lo estuviera. Me ha fijado con esos puntos negros y por un momento he pensado que veía una cosa de mí que yo tampoco quería enseñar". Esperó un poco más, releyendo sus propias palabras: "Ese Aquiles se hace el ciego para llamar la atención". Y si no se pudiera comprobar médicamente que no veía nada, se lo habría creído.
Demos gracias de que hay cosas que la ciencia no es capaz de demostrar.
AQUILES: ¿No va a decir nada?
FRANCISCO: Claro que sí. Debe ser cosa de la resaca Se llamaba Luis, y lo primero que pensó al incorporarse es que no conseguía acordarse de nada. Era de noche cuando se levantó y todo estaba negro a su alrededor. Las sábanas blancas eran un amasijo desgarrado en varias partes a un lado de la cama y cuando se sentó en el colchón tuvo que agarrarse la cabeza con las dos manos por el dolor que sentía. Era como si una aguja se le hundiera en el cuerpo y rebuscara en su interior el camino sobre el que tanto tiempo había estado trabajando. Al incorporarse parecía un estúpido, tanteando todo con las manos, en un entorno indómito. No es que no viera las cosas, sino que creía tener clavados sus ojos sobre él. Procuraba no enfadar al jarrón para que no se le abalanzara. El misterio de la oscuridad era apoyado por el olvido, que como una bruma lo separaba de todo a la vez que lo acercaba a su esencia. Podríamos decir que al confiar en los ojos de las paredes, era capaz de mirarse a sí mismo y juzgar como si fuera otro que, desde fuera en realidad, observa. Acababa de acceder a un mundo extrañamente mágico; quizá por casualidad, pero así fue. Ahora nada era nada en sí mismo, y todo estaba tan unido que era difícil determinar el comienzo de la existencia o la pasividad inerte.
Debió de ser la luz, el fuego, la propia sabiduría y el conocimiento los que desvelaran las sombras que se extienden tras las estacas. Al apretar el interruptor del pasillo, se encendió la bombilla. En sus sueños febriles, había supuesto tantas cosas que, de pronto, perdió la perspectiva y consiguió ver a través de la intercesión de este nuevo compañero. Se planteó si fue ese momento en el que realmente comenzó a ver de verdad, pero no supo responderse. Las ideas y los recuerdos lo empezaban a asediar mientras todavía se tambaleaba: el coche, la sangre, el cuchillo, ún niño que decía hola, el cuarto de un baño en el que empujaba una pared, los faros de un coche, el almacén, la carretera. Como fogonazos de cámaras impertinentes. A penas pudo evitar caerse de espaldas contra la moqueta del suelo, aunque acabó derribándose y golpeándose con fuerza en la cabeza.
Ahora notaba como cada parte de su cuerpo le acariciaba suavemente; las puntas de los dedos de sus pies le cosquilleaban levemente así como su lengua, sus ojos y su nariz. Recordó a la señorita Diana, que prefería a los hombres con las cosas claras y el atasco que le había retenido durante varias horas en la entrada de la A-6 en Madrid. Se levantó de un salto y abrió la nevera. Ahí estaba el agua. Cogió un vaso, lo llenó y se lo llevó a los labios con fuerza descargando todo por la garganta y su pecho desnudo. Y una vez más. Ahora lo veía más claro. Sentado detrás de la mesa en su despacho, rellenando unos papeles para la universidad, repartiendo cajas, leyendo Cien años de Soledad. Comenzó a caminar, desandando el pasillo. Las llaves, las manías de Laura, el sofá de los domingos y la comida precocinada. Sentía de nuevo el dolor a la altura del vientre y fue encajando todas las piezas: Sabía que llegó borracho en su coche, que acabó de cenar con el cuchillo aún en la mano, y se lo clavó ya en la cama. Al llevarse la mano a la herida, aún encontró ese color rubí tibio.
Todo estaba teñido de rojo en la habitación. Se acabó durmiendo mientras todavía se desangraba. Se sonrió al sentarse y rebuscó en la brecha que tenía con el dedo índice.
Ha sido como volver a nacer, pensó. Nunca pensé que ser un ignorante diera tantos beneficios, porque ya lo entiendo todo. Si hasta ahora no he sido capaz de recordar algo que me hace realmente yo mismo, es que en el fondo no me importa en absoluto. Todo lo que acabo de ver eran momentos que no dicen nada, razón de más para abrirse una brecha; estupideces incoherentes. Quizá es que, como ser humano, dependo más de lo prescindible. Pero si el amor y la amistad han sido sólo palabras, sigo confiando en que sea el suicidio la forma más eficaz de matar el tiempo. As Lembrazas do MarLlegan tarde el lamento y el crujido como de pisadas de las saetas que tras el cristal pasan, miden el tiempo.
Pero no son sus ojos los que miran ya. Fijaos en que la cristalina luz del destello de una estrella, también desaparece.
Al atardecer la luz se muere, brota el sepulcro limpio de su recodo infame para recordar a los vivos la oferta secreta en un minúsculo cuerpo de plata, o quizá nada. O tal vez la oscuridad ha vuelto a jugar a su juego predilecto; engañando, dando prisa a la razón por aparecer con cualquier invento que sacie esa sed que llevamos dentro.
Sólo sé que el Sol sólo es Sol si lo parece y que en la caricia del silencio nocturno las palabras cortan el cielo como navajas.
En estos versos, en mis ojos todavía creo estar tocando el agua de la playa. Cosas que Simplemente No pasanPara compartir son malos tiempos, ya lo decía mi padre. Era una época en la que la ficción se debatía en términos alejados de la verosimilitud. Llegó a mi pueblo creado, cerca del lago y el valle que yo escribía poco a poco, una especie de monstruo. No es que quisiera matar (como todo monstruo que se precie), por lo que pude leer de mis propias manos, sino que lo necesitaba. A veces la vida de monstruo no es muy cómoda y el hecho de que la gente huya de ti dificulta la normalización de las relaciones sociales. Y cada uno es como es. ¿Tú respiras? Yo mato a la gente. No es que sea yo quién para juzgar, pero el pueblo sobre el que estaba escribiendo no entendía esa costumbre tan atípica y la tolerancia tiene ciertos extremos. El caso es que existen los colores, pero a uno no le puede gustar el color... casa, pongamos el ejemplo. Se trataba de un pueblo pequeño, con habitantes normales, vestidos, que trabajaban. De entre todo el pueblo existían muchos muchachos jóvenes, entre ellos, yo. Antes de que escribiera sobre la llegada del monstruo yo se había enamorado de una joven preciosa. Tenía unos ojos enormes, eso sí, sin salirse de los límites de la cara, entre otras virtudes no menos destacables. El día en que se conocieron yo y ella era verano, y el calor y la brisa encontraron sus miradas. Yo se quedó tan sumamente perplejo que el tiempo se detuvo. Se detuvo del todo todo. Ni tan siquiera al tiempo le dio tiempo de darse cuenta de que se había parado. Al tiempo, unas voces de coros celestiales sonaron tras de ella y un halo proyectado alrededor de sus cabellos la destacó de entre todo el mundo. Oh, pasión, oh corazón. Templa sereno que clama el cielo los sonidos roncos de tu despertar. Era ella la mujer de la vida de yo. Sólo faltaba un dedo gigantesco que saliera del cielo con un cartel: "Ella es, idiota". Pero no salió. Yo, que tenía mil palabras que contarle, en iluminadas noches en vela, dichas a rostros que se esfumaban con la imaginación ansiosa; yo estaba... nervioso. Para cuando el tiempo había recompuesto su devenir, se acercó a ella y ella lo miró con una sonrisa. Tantas palabras ardiendo en su pecho... ¿mil dije? Y todas ellas revoloteando en un mismo lugar, jugando con su lengua. Mil palabras son demasiadas, así que más o menos salió un murmullo ininteligible y aparentemente estúpido de su boca. Claro, ella cambió la expresión de su cara. Levantó la ceja, frunció el ceño y levantó el labio inferior. Se dio la vuelta en dirección al pantano donde le esperaban sus amigas que, para el caso, sólo tenían por objeto joder la marrana al personaje protagonista, poner interesante la trama y acelerar innecesariamente el desencadenamiento de los hechos (véase en La Regularidad de la Función que cumplen siempre las amigas de Ella en la vida real, libro necesario para todo estudioso de la vida). Yo gritó entonces: ¡No!¡No te vayas! -¿Por qué? -Joder... porque eres la Mujer de mi Vida y aún no me ha dado tiempo a decírtelo. -La... mujer de tu vida. -No, no: la Mujer de mi Vida. -Pero... ¿por qué? -No lo sé... pero lo eres. Y pienso hacer todo lo posible porque te des cuenta de lo mucho que me quieres. -¿Que me de cuenta? De eso una no se da cuenta. -Ya verás como sí. Ella lo miró de arriba a abajo. -Qué chico tan raro.- y se dio la vuelta para irse. Él le tomó la mano para que se diera la vuelta. -No me has dicho tu nombre. -Me llamo Sara... Sara de Santos. Y yo se puso las manos en la boca y gritó. -¡AMO A SARA DE SANTOS!¡AMO A SARA DE SANTOS! -¡Calla! -¿Por qué? -Porque es mentira. -¿Por qué iba a ser mentira? -Sólo estás demostrando que eres un infantil y un idiota. -Si para ser quien soy tengo que ser infantil e idiota lo seré. No te quepa la menor duda.... ¿me quieres? -¿Cómo te voy a querer si eres idiota? -¿Entonces no quieres a los que son idiotas? -No. -¿Ni aunque lo sean sólo un poquito? -No. -¿Por qué? -Porque si no yo también sería idiota. -¿Y si te convenciera de que ser idiota es lo mejor que te puede pasar en la vida? -Buf... qué pesado... -Oh. No me digas eso... yo sólo te he dicho cosas buenas y ¿tú te dedicas a insultarme? Te aseguro que si esta noche me acabo suicidando caerá sobre tu conciencia. -¿Vas a suicidarte? -No sé, no sé... ya veré... dependiendo de cómo te portes. -Me estás tomando el pelo. No te vas a suicidar... ¿o sí? -Como tú digas... -¡Ey!¡Te estoy hablando! -Tuturúturúuuuuuuu. -¡Dime que no te suicidarás! -¿Estoy oyendo algo? Será mi imaginación... Y claro. Entonces fue cuando hice que llegara el monstruo en acción. No fue exactamente entonces, pero sí un mes más tarde. Por aquél entonces, Carlos y Sara ya estaban dedicándose a oler las nubes en esta apartada orilla donde más clara la luna brilla. Entonces llegó el monstruo al centro de la plaza con sus aires de humildad y dijo muy amablemente: Ciudadanos del respetable pueblo. Hasta que no me derrote alguien, me comeré a una persona cada día. El listado del nombre de las personas lo he colgado en la puerta del ayuntamiento. Muchas gracias. Don Benito que fue uno de los primeros en llegar, protestó levemente con un carraspeo: Vaya hombre, mañana me toca a mí, con la de cosas que tenía que hacer sólo me faltaba morirme. Claro, para asegurarse de que le tuvieran que derrotar, el monstruo había cortado todas las salidas del pueblo. A los lectores imaginativos seguro que se les ocurren muchas formas de escapar, pero el monstruo siempre se habrá adelantado, ¿vale? Porque es muy listo y muy fuerte. Y el listado no se podía quemar. Yo, que es el protagonista, tenía muy claro que quería derrotar al monstruo y salvar a su pueblo. Pero una cosa es tenerlo claro y otra cosa es hacerlo. Primero dejó tiempo para que el monstruo se cargara unos cuantos personajes secundarios sobre los que no añadiré más que provocaron el incremento proporcional del odio por parte de los ciudadanos, entre ellos nuestro héroe, que es yo. Luego dejó un poco más de tiempo para que se presentaran dos o tres a intentar vencerle en combate que fueron deshonrosamente derrotados; porque sino no tiene mérito, y luego fue él para allí. Suponía que tenía que llevar algo en las manos, pero se le había olvidado, así que mientras iba de hacia el hogar del monstruo tomó una piedra del camino y una ramita. El hogar del monstruo estaba al final del sendero que subía por la colina y tenía una puerta enorme, así que llamó. Le contestó la voz del monstruo; ¡La puerta está abierta! Así que pasó. ¿Puede hacer el favor de esperar en la salita?¡Me estoy duchando! Se sentó en el sofá de la salita y yo se puso a observar el cuarto. Estaba claro que no se trataba de un monstruo cualquiera, tenía clase. Un televisor de al menos 52 pulgadas, unos cuadros con paisajes y fotos de familia, perfectamente dispuestos, creaban una armonía agradable a la vista; y ese olor que impregnaba el ambiente relajaba el cuerpo y excitaba los sentidos al mismo tiempo. Parecía una casa de ensueño. Se notaba que era un monstruo de mundo. Pero... tantas fotos que tenía. Bueno... De repente dejó de sonar el agua y salió el monstruo de la ducha. Tenía una toalla desde la cintura a los pies y el pelo mojado hacia atrás. -No te importará que te coma así, ¿verdad? -No, no, no he venido por eso. -Entonces, ¿qué?¿Es el del gas? -No. Se hizo un silencio tenso en el que se oía hasta la última mosca comentar ¿cuánta gente hay en esta habitación? Es que veo muchas veces lo mismo y aún no me he acabado de acostumbrar. -¿Entonces quién eres y qué quieres? -¿Puedo responderle con una adivinanza? -Claro. -Soy tu hijo Aranda. -¿Qué? -Papá... soy tu hijo Aranda. -Pero... yo no tengo hijos... -Sí. Tienes uno. -¿Sí?¿Y quién es? -Soy yo. -Ah... claro... las piezas comienzan a encajar.... ¿y cómo te llamas? -Me llamaron Aranda la gente que me encontró. -Claro... es cierto. -Pero ya me estoy acostumbrando a que pases de mí, ¿sabes? -Pero... ¡hijo mío!¡puedo cambiar! -Y además ahora querías comerme... no te habría importado si yo no te hubiera dicho nada, ¿me equivoco? -... -No has cambiado nada, padre. -¿Cómo podría hacer para compensarte? -Pues si te mataras en mi nombre te perdonaría, desde luego. -¡Pues así se hará! -¡Vale! -¡Bien! El monstruo cogió un cuchillo y se lo clavó en la garganta. -Hale, ¿contento? -Pues sí. El monstruo sonrió de satisfacción. Después pensó un rato y miró extraño al joven. Luego se miró la sangre de su garganta. -¡Hijo puta! Se cayó al suelo por la pérdida de sangre. -Por lo menos... sigue mi trabajo, hijo mío... acaba lo que yo empecé. -Esto... monstruo, siento decepcionarte, pero no soy tu hijo. -¿No? -Se trataba de un acertijo. -¿Ah, sí? -Sí. Soy tu hijo Aranda, el que miente más que habla. -Vaya por dios. Pues un hijo mío no debería de mentir tanto, ¿vale Aranda? -Eh... claro... Por aquel entonces el oxígeno debía de llegar escasamente a su cerebro, porque si no, no se explica. -¿Quieres una piedra o una ramita? -No, hombre. Las necesitarás en el futuro. Para compartir son malos tiempos, hijo.
Y es que ya lo decía mi padre. Las hojas Verdes del Árbol secoÉl era una persona normal, como todas las demás. Vivía en una ciudad lo suficientemente grande como para que nadie agachara la cabeza si te estabas muriendo en la esquina de al lado, cerca de un río que se llamaba Manzanares. A pesar de que hubiera nacido en una carretera, entre una ciudad que nadie conoce y Huesca, ya hablaba del trabajo cuando le preguntaban qué tal el día y no tenía tiempo para mirar silenciosamente las gotas al caer en su chop chop, en su triste melancolía. Un día se fue al mar en una barca no muy grande con dos o tres personas más. De repente, sin previo aviso, se presentó la tormenta como salida de la nada y volcó la barca. Él, que aprendió a nadar cuando no subía por encima de la mesa en altura, estaba acostumbrado a llegar a la extenuación y mucho más. Pero se habían alejado demasiado de la costa y no veía a los que fueron con él. En las arrugas que rayaban escasamente, perfilando la unión entre las comisuras y la nariz, estaba escrita ya la frase, en su propia boca, en su lengua, de sentido universal: "Si luchas contra todo lo que se te pone por delante; no puede salir mal". Pero nunca se ha dicho que las leyes físicas giren en torno a nuestros principios o designios. Por desgracia también él había madurado lo que permiten los años y se había dado cuenta de que el ser humano es limitado y nadie puede hacer nada para remediarlo. Es el efecto secundario de la fiebre de la rutina y la afección práctica por las cosas que hacen la vida. Continuó braceando con regularidad hasta que perdió el conocimiento. Así se fue su cuerpo a la deriva, como querían las olas. A las dos semanas, se dio cuenta de que oía algo a su alrededor, como un zumbido raro, un murmullo desfigurado; las palabras de personas. Abrió los ojos con esfuerzo y se encontró con un grupo de personas que estaba congregado a su alrededor. Ellos estaban desnudos y él también, no sabía muy bien por qué. Así que acudió a taparse sus atributos viriles, como haría todo hijo de vecino. Al ver que se despertaba, una mujer joven del grupo, se adelantó y comenzó a señalarle tocándole el pecho para luego señalarse a sí misma y hacer como una especie de abrazo con las manos. A él no se le pudo escapar un sonoro qué, pero no sirvió de nada. Le molestaba que la gente que andaba desnuda le tocara a él cuando también lo estaba. No le había dado tiempo siquiera de estar contento de seguir vivo (a pesar de que no se necesite mucho tiempo para estarlo). Todo el grupo ya había reparado en la mano advenediza, pero nadie dijo nada. ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? Lo preguntó como se grita a la oscuridad cuando te invade el miedo, como se rasga el cielo con el llanto a la muerte de un ser querido. Y sin embargo, fue respondido. -Somos nosotros los que deberían de hacerte esa pregunta. Pues nosotros no te hemos llamado. La joven tenía una voz dulce. Unas palabras contundentes. Un silencio que abrumaba. -Soy Israel. Caí de mi embarcación e intenté nadar, pero perdí el conocimiento. Supongo que he llegado a esta costa de casualidad. -Nosotros somos parte del pueblo que se sitúa cerca de aquí. No creemos en las posesiones porque todo se acaba y la tierra vuelve a la tierra. De entre la infinitud de la costa has acabado en ésta. No creemos en las casualidades y en el azar que rige los destinos. Él suspiró. Ya estaba cansado de escuchar lo que dicen todos los visionarios, predicadores de mitos estúpidos. -¿Y mi ropa? -Las personas dan la importancia a las cosas que comparten con unos pocos. En la sociedad de la que tú vienes, el cuerpo se ha hecho objeto de culto en el patetismo de la ritualización. Se engaña a través de tapujos y se ensalza lo que está vacío. Aquí no queríamos caer en el mismo error. Todos los demás se fueron marchando mientras la mujer hablaba. Tenía la piel morena, tostada por el sol; el pelo negro como la noche, los ojos oscuros, los pechos turgentes y estaba fresca como el agua de río. Estuvieron hablando largo rato. Israel aprendió a dejar de cubrirse como si los demás fueran extraños y comenzó a meterse en ese aroma embriagador de la naturaleza. Tocado por la brisa, alguna gota de lluvia perdida que, de entre la superficie del globo, eligió sus ojos. Ella no dijo cómo se llamaba, pero todos se dirigían a ella con una palabra parecida a Edindya. Acompañó a Israel por todo el bosque, le enseñó la playa, las olas, las montañas. Le dio de comer frutos desconocidos que le dieron fuerzas. Le presentó al pueblo, en el que no había líder y lo llevó a un rincón del bosque en donde manaba el agua de un agujero escondido. Arrancó dos hojas verdes de un arbusto; hojas como cuencos, y los llenó del agua. Cogió una seta y exprimió su jugo en cada una de las hojas. Bebieron los dos sin hablar mirándose directamente a los ojos. Ambos tan oscuros y salvajes. Israel notó cómo el líquido le recorría hasta cada punto de su cuerpo, potenciaba sus sentidos. -Tú no te llamas Israel. Tú te llamas Jaguar. Edindya le contó la historia de cómo se acordaba de cuando era niña y fue de viaje a una selva con sus padres. De cómo un animal enorme se le había quedado mirando con esos grandes globos. Eran los suyos. Después de tanto tiempo los había reconocido. Y sabía que él se iba a acabar marchando. -Porque eres un animal sin hogar y no eres capaz de hallar la calma en este mundo: sentado ni levantado. -Edindya...- susurró Él mientras acercó sus labios y la besó. Después de tanto tiempo... quizá tuviera razón, quizá todo fuera tal como ella había dicho. Suavemente la apoyó contra la hierba para verla mejor, para probar el sabor del agua de su boca, para acariciarla con sus manos y hacerle el Amor en un éxtasis profundo. Volvía a estar en su hogar después de tanto tiempo, y no sabía si nada tenía sentido. No podía pensar salvo en esos cabellos de noche y la respiración que subía y bajaba en sus oídos. Valía la pena creer en imposibles y en interpretaciones irracionales de la realidad; escapar del mundo en su propio regazo. Por crear, el mundo creaba hasta su propia destrucción. Alcanzó un orgasmo tan extraño como salvaje. -Jaguar.- le dijo al oído antes de que se durmieran sobre el tacto de la hierba. Al día siguiente, Él ya no estaba ocupando su lado. ¿Por qué? Ella ya lo había dicho. Es muy fácil alcanzar la felicidad absoluta, quizá fuera por eso. No quería vivir así, se decía mientras remaba en la barca que le habían regalado los del pueblo; ni así ni de ninguna manera. Tampoco quería atarse al destino de nadie. Edindya salió a despedirle desde un peñasco del acantilado cercano. -¡Jaguar!- gritaba y sonaba el eco.- ¡Has venido a acabar lo que no hiciste en el pasado!¡Me has matado, Jaguar!
El sentimiento hace resurgir de las cenizas la vida; y ahora hay hojas verdes en el Árbol seco. |
Poeta y genio
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