Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Historia en Mientes La reacción más normal al coger una hoja en blanco es pararse a pensar, pero bueno, hay gente que escribe ya antes de tener el papel delante. Ése tipo de persona era yo, dibujando letras en el aire, en las manos, en la piel de la chaqueta al esperar a ver si de una maldita vez esta... uf... vaya... ¡muere!¡muere!.... Ya.
Les iba diciendo que yo era una persona que actuaba impulsivamente en muchas de las facetas de mi vida, en otras no. Me refiero a que si ves ropa encima de la silla, te la pones, y que si no hay nada mejor que hacer, escribes para matar el desánimo. Sin embargo hoy, un día nublado, gris como pocos y ya algo oscuro, para qué negarlo, tenía algo que contar y lo estaba haciendo. El presente era algo confuso hoy, porque no paraba de pensar y no soy capaz de detenerlo letra a letra mientras suena my God de Jethro Tull en el reproductor de Windows Media. Sobre mí, los mechones de pelo que hay que apartar con la mano... Lo cierto es que en este día me había levantado algo raro, pero bueno, el tiempo pasa, aunque queramos disimular. "¡Una creación increíble!¡Ya lo tengo!" Yo iba tecleando enfurecido, atrapando los pensamientos a manos llenas. Pero claro, aquí es donde empieza la historia y acaba nuestro héroe. Entremos en las letras y captemos la esencia de lo que pretende transmitir. Porque tengamos en cuenta que yo no era ni mucho menos alguien que se dejara intimidar porel futuro de sus escritos, por el final ni por el principio. El pensamiento es el sentido, donde realmente reside lo que somos. Si queremos contar una vida el nacimiento y la muerte son detalles del escenario, pero nada a lo que dar importancia. En eso estoy de acuerdo conmigo. "Una casa enorme en donde las ventanas cabían en sus huecos" empezaba a escribir para luego borrar "un hombre sólo delante de todo lo que había soñado; con cara de no saber muy bien qué narices hacía allí". Pero la historia empezó así:
Una casa enorme y un hombre en medio de una colina. La casa llueve y el hombre es llovido, chup, chup; de arriba a abajo, como una manzana consciente de que la muerden. Tenía una cara triste tras las lágrimas que a gotas se deslizan desde lo alto, pero lo cierto es que no sabía qué estaba haciendo allí. El edificio era gigante y amenazaba desde lo alto. Se le vino a la cabeza una montaña, erosionada poco a poco, aguantando lo que le echen. "La diferencia es que en el interior de las montañas, las piedras no se mueven; ahí sí". Y ya veis que nadie lo escuchaba. Pronunció ésas mismas palabras en voz alta y se quedó escuchándolas, sabiendo que no se volvería a acordar de ellas. Sólo el que vive para las palabras recibe algo de ellas, la mayoría de veces somos nosotros los que pretenden comprender el mundo antes siquiera de saber lo que cojones estamos diciendo.
Un hombre con una gabardina marrón oscuro, hasta los tobillos, de barro y agua. Al mirar los muros se mesa impaciente la barba incipiente y piensa en lo que le ha llevado hasta ahí, en lo que deja atrás, en lo que nunca más tendrá; porque cuando decides que estás equivocado sólo te queda la convicción de que así es, no que dejarás de estarlo. Un reloj, regalo del viejo; las botas que se compró el día antes de que le operaran de corazón por tercera vez; la cicatriz del accidente de coche, su gabardina vieja del pueblo; el pelo, después de tanto tiempo, un maletín negro de su primer empleo. Todo son cosas muy importantes para él. Le dicen algo, por eso las lleva consigo; incluso el colgante con su nombre. Allí amenazante, que no consigue palidecer el rostro ya blanco, ofreciendo un lugar donde dormir; y detrás, lo que nunca le dejará. Pero ¿y si dentro se encuentra la oportunidad de su vida?¿Y si más allá de estos muros, la felicidad?
Sentado sobre su maletín vacío, en medio del barro, dejando que el agua lo empape más y más, le inunde el frío por la espalda y callado. "Lo que más me jode es que de veras quiero volver al pueblo que me vio nacer... y que no me importa en absoluto lo que ha pasado, lo que puede seguirme pasando" Pero claro, las decisiones precipitadas no son tan fáciles de tomar como aparentan.
Aquí es donde yo cogió la botella de Whisky escocés y le echó un traguillo de más.
La puerta se abre. El hombre mira... no hay nada. Pero parece todo tan perfecto para empezar una historia que merezca la pena. Quizá influya el hecho de que tenía las manos manchadas de sangre. Cambiar de vida nunca fue sencillo. Pedirle a un niño pequeño que camine con las manos después de años de técnica podal, tampoco. En sus ojos refulge una especie de fuego que no se puede apagar, y tiene fuerza para cambiar de idioma, de patria y de pasión. Desde el fango y con los puños al cielo se ve más capaz, de derrumbar los propios muros de la gran mansión que no le dejaba ver el camino delante de él.
Se cayó de la silla y seguía con los dedos.
Se habían cerrado las puertas por el aire, pero él ya estaba ahí y de una patada las tiró al suelo. "Cientos diré, que ni los vientos ni nada, retengan la ira y hagan del apocalipsis calma. Que resuenen los cañones de mis brazos al partir en la resistencia de las rocas y su indiferencia, la codicia de esos seres que persiguen, arruinar mi vida y hacer de mi paciencia un bonito lugar para sus leyes". Así gritaba enloquecido, rompió los muros que caían, y el techo sin sangrar su cuerpo "¡Oh!¿Que no es esto lo que siento, lo que amo? Aquello que forma parte de mí es también dictado por todo mi ser. Sí que me encantaría estar como hasta ahora; abandonarme a mis vicios y olvidar que pude ser algo en otro lugar. Pero ni aún así quiero seguir siendo quien era, porque algún día me gustaría poder decir que tuve el coraje de enfrentarme a mí mismo. Y haber vencido." En medio de un hueco formado por la destrucción. Ahora, delante de él se encontraba el camino, oscuro y solitario
A un lado, una casita pequeña y una mujer de pelos dorados y un traje azul estaban mirándolo. Ella tenía cara de conseguir entender idioteces como aquella, así que él se dirigió hasta ahí, con una sonrisa tranquila en la cara.
-Discuple, hermosa señorita. No he podido evitar verla en la inmensidad de este lugar y quedar sorprendido de vuestra hermosura. Siendo que vos tenéis tanta, y los demás tan poca, pensé que quizá gustarais de compartirla conmigo.
Él no quería haber dicho eso, pero lo había hecho; porque querer abandonar aquello que no forma parte de nosotros, el vicio y el desengaño, pase; pero jamás los sentimientos y los impulsos más impredecibles.
Ella se miró a las manos con timidez.
-Bueno. Había que intentarlo antes de no volver a tener la oportunidad de decirlo.- dijo él.
Yo sonrió.
La mujer lo besó en la boca antes de que se diera la vuelta.
Esa forma de terminar. Era esa manía por intentar sorprenderse la que determinaba cada letra, cada impacto. Bueno... qué sueño. Las ocho y cuarto ya. Yo recoje alguna cosa aquí y allá y se tumba en la cama. Un invento increíble, por cierto.Con una cara tranquila, descansada, porque ya ha dicho precisamente lo que tenía que decir antes de abandonarse a otros menesteres. Uno tan sólo encuentra la paz cuando se alcanza una tregua en su interior, pero bueno, las mientes es un lugar muy concurrido y siempre hay conflictos. Sólo cabe esperar que estos den a luz historias y no cosas mucho peores.
Y ya está. El Mañana me puede Encima y a los pies de un escenario de bar, la voz cansada del borracho resuena más allá de las paredes de mi cabeza. Es tan triste econtrarme siempre en el mismo lugar. Pero tampoco tengo nada mejor que hacer. Prefiero matarme poco a poco que rendirme ante la evidencia de que hace ya mucho tiempo que estoy muriendo. Cerveza... pero ahí son unos pequeños jóvenes que se ríen de las bromas de un amigo. La escena ya está demasiado marchita como para definirla. Los párpados me pesan como una losa y consigo levantarlos. Mis ojos grises, diluídos me devuelven la mirada, con su mancha de whisky... ¿de qué sirvió cantar y dar la vida?
Somos nosotros los responsables de nuestra destrucción, de la muerte. Tuve en mis manos todo. Tuve la capacidad de burlar el destino y aquí estoy. Pero el mundo es demasiado grande como para soportar tus aspiraciones, y alguien tiene que estar jodido para que el gilipollas de turno sonría por la televisión.
¿Qué es lo que soy?¿Qué es lo que quería ser? Al distinguir entre el humo que no es mío, mis arrugas en el crital, siento como si me devolviera la mirada un rostro desconocido. Demasiado viejo para el Rock and Roll, demasiado joven para morir, porque le cuesta aceptarlo. Estás acabado. Y la máscara ajada mueve la boca con ironía, los rasguños sobre un mármol demasiado dúctil, se adapta a los nuevos creyentes. Una vez triunfaste, aquello que hagas será siempre grande... es lo jodido. Acostumbrarse a que la gente te vea como le gustaría que fueras. Pero yo no soy más que una mierda, que intenta mirar el mundo y sacar conclusiones. Alguien más. Todos beben, pues yo también; todos piensan, yo igual. Y una vez que ves que el recodo del camino te estrecha el paso, te mueres. Lo que pasa es que al final, te miras las manos y no ves nada. Sigue sin importarte que pases a la historia. Que en los libros haya falsas biografías que expliquen tu pasado, que predigan tu futuro y te hagan sentir una mierda.
Fotos de momentos inmortalizadas en la memoria son apuñalados, reinterpretados... destripada la pasión... el verdadero significado de lo que yo he pretendido ser para mí... para el mundo... para la música.
Allá arriba la bóveda de las estrellas y la copa de un árbol recoge el canto. Aún no ha empezado y el humo ocupa la esplanada. Cinco mil personas respiran al tiempo de un foco que apunta a la prolongación de sus manos. Y la guitarra estallará. Sus manos se quiebran en un segundo, crispadas por la tensión, el placer resbala en sudor por sus manos, entrando en su cuerpo, impregna su piel y ahora sus ojos ya están vivos. La voz que hace ya mucho tiempo sonaba clara, se gasta día a día.
El espectáculo de una vida, porque no ofrece sino todo aquello que es. Dice al público mucho más que al mejor amigo que murió de un disparo en la gira de 2002. Pero solo, en el bar de una carretera que atraviesa Texas como un alfiler hiere la carne impúber.
Desde más arriba se ve al público gritando, pero es un murmullo.
En la cumbre, la ciudad de Londres y el Albert Hall son dos puntos en la inmensidad, y la vida es un grano de arena que se pierde y no se puede encontrar.
Quizá no importe lo grande que seas, porque nadie te volverá a encontrar jamás.
O el rock me quitó la vida, o yo se la di. Viene a ser lo mismo. La vida vuelve a acabar y no importa cómo lo hayas hecho, si no lo que has conseguido. Y en el momento de cerrar los ojos, sigue teniendo un valor para ti.
Porque Lou Reed es también un ser humano. Mortal.
A todos los que persiguen sueños y se encuentran donde empezaron,
con más años, más desconfiados, los ojos vacíos
y volverían a hacerlo. IncompletoLa marcha de esas manos que cubrían la piel
me abandonaron incompleto .
A lo largo de todos estos años
de mirar todo, de observar
y hacer mi mundo entre tanta inmensidad,
pretendí alcanzar las palabras.
Ahora la vida merece el respeto,
el Amor, la consciencia
y los segundos el tiempo.
A pesar de que sea incapaz de vivir así;
lo haré.
Porque dentro del vacío de la vida,
está todo lo que tengo.
No digo poco ni mucho;
he dicho todo.
Y ahora mírame.
Estoy roto.
Contento de volver a necesitar todo aquello,
loco por no dormir y soñar despierto,
feliz de estar en el lugar equivocado
en el preciso momento
en el que el destino y el azar
se juegan a unos dados mi Vida.
Incompleto y vivo a la vez;
porque ya encontré mi sentido.
Saiph
Pescando en un río de Madrid.
Supongo que esperando a que lo encontrara,
porque peces no hay muchos. Un MundoEmpujaba en el metro a las ocho de la mañana y no conseguí ver en los ojos siquiera un brillo de ilusión. Bajando de las escaleras y luchaban por ser los primeros, conseguir asiento para reposar sin mayor intención para levantarse y volver a empujar. Las facciones reflejan asco, cansancio, hastío; en contornos simiescos de sus calvas hediondas a la punta de los zapatos de uso diario. Un ruido. Constante. Y poco más. Los cascos resuenan en un pabellón estrecho y ajado y muere la música distorsionada. Es ese tipo de entretenimiento involuntario que nos priva de la necesidad de pensar, para no meternos poco a poco y aún más en el pozo oscuro de la mediocridad. El día más perfecto. Las únicas de las veinticuatro horas que pasan por no parar. Así cada uno tiene su propia excusa para sobrevivir. Pero yo a eso no le encuentro el sentido. No se lo encuentro, no. Una informe masificación de pies, pelo, ahí los brazos colgados de un pecho y está prohibido sonreír. Es salvaje como una tuerca y alevoso, si mecanismo o artificio, superpuestos argumentos al gran y todopoderoso fin común. Parece que las convenciones, producto de una búsqueda, sean más justificaciones en sí mismas que medios, útiles y herramientas. Me mece el traqueteo, no puedo evitar estremecerme porque me siento minúsculo, vulnerable, débil. Sabemos bien que luchar es una opción en la que tus segundos se ponen al servicio de algo en lo que crees; pero no hay derecho a pensar por los demás. Hay que aprender a estar solo y a luchar por tus convicciones y no habrá nunca nada tan importante como lo que cada uno valora. El movimiento ya cesó pero el ruido continúa. Un paso y otro y otro. Empuja. Sube. Entra. Oye lo que hay a tu alrededor. Es un espino con garras, que se aferra a la piel y ni siquiera la corta. Al final el cuerpo se acostumbra al veneno, como cianuro en pequeñas dosis, y ni siquiera la muerte consigue torcer el gesto. La selva de edificios no contiene ya animales; son robots. Máquinas y metal. Es mi mundo. Pero de todos modos soy feliz, para qué negarlo.
La TragediaEs un algoritmo complejo. Oscuridad. Y un leve susurro despunta con un movimiento circular; lágrimas. Olía a naranja y azahar cuando lo tocabas. Vuelvo de la guerra para morir, porque nada me queda, nada tengo. La puerta es la inmensidad del mundo conocido, y no se abre a la vuelta de sus hijos. ¡Mentira!¡Para qué he hecho todo esto!¿Es lo que me merezco?¿Es justo? Al caer lo tocan las flores con gotas del rocío y miraba al pájaro levantar el vuelo. Primero despega las plumas de su cuerpo. Una, otra. A su alrededor el tiempo ya se ha parado. El tiempo sacude su pico, mueve sus patas. A bocajarro salta. Ya vuela. Está arriba y contempla el suelo. Planea. Sobre su cuerpo, se deja llevar por las sacudidas, gobernando hasta el extremo de sus laureadas. Poco a poco. ¡Ya nada queda!¡Y todo pasa! Para nunca volver a descender al mundo de la mortalidad. ¿Nunca obrar según en lo que creemos asegurará el futuro? -No. Nunca. Quien ama la vida, y vive en sentido propio, tiene instintos y deseos, no valores. Desgarrará el cielo en millones de partes su grito. Allí su garganta, junto a la sangre escarlata y sus entrañas. Las palabras sólo sirvieron para los necios que pudieron escuchar, y la verdad es que yo he sido un iluso toda mi vida. Engañado, seducido, soñador del néctar que sacia la sed, que nubla la vista, el sentido. Es una selva frondosa y oculta. Luz de vida también. El soldado se desquita dejando correr las lágrimas que guardaba dentro de la bolsa de viaje. Luchó contra sus indecisiones, pero en tierra extrajera. Su vida estaba aquí y no se quedó a esperar. Y vuelve a sentirse como un pájaro, que desprende de su cuerpo las alas, que pretende alejarse de lo que le mata, pero es incapaz. Levantado, grita de nuevo. A su lado un amigo callado. Acierta a ver la luna entre las nubes y está llena, gran ojo eterno. -Y lo peor de todo es que no hay nada que no se pueda superar.- se calla y agarra un grito con el corazón.- ¡NADA!...-la mirada al destino yerra una puñalada.- Me gustaría que pasaran años en tan sólo un segundo; me gustaría morir... para no pasar por la puerta que los segundos tienden delante de mí. Me gustaría poderlo todo con tan sólo un esfuerzo imposible; fruto del dolor, del sentimiento, de una emoción más fuerte que lo que dio vida a todo lo que vive.-acercándose a la casa a pasos se aferra con sus manos al gran portón por el hueco que tiene con el suelo. Se le han hinchado las venas y los brazos blancos por la tensión. Arremete una vez y desiste. Empuja y no puede. Llora. Le resbala el desánimo a través de su piel, para llegar al suelo; y ataca. Ahora grita, incapaz de mover los brazos. Sus manos están sangrando.- Es inútil...- tirado en el barro intenta abrazar su rostro.- ¡ES INÚTIL!¡NO SIRVE PARA NADA!.- de nuevo la luna.- ¡QUÉ ES LO QUE ME QUEDA!¡POR QUÉ! Más allá el paisaje comienza a temblar y se marchita. Acabará entrando en la casa de aquél que pretende, como un bombero, apagar las llamas. Observa la escena callado pero con un cuchillo bien clavado a manos de su vida, el amigo. Y luego murieron todos. Porque de algo hay que morir. Hueco La noche es oscura y opaca. Sobre las cabezas, sobre mis manos, negra o azulada y con pequeños ojos que bizquean brillando. Un hombre mira, soy yo. Un hombre que una cazadora marrón claro, y con un jersey verde de las hojas escondidas en la sombra, y un pantalón vaquero, pasea quieto.
De entre todas las cosas, elige un punto y se queda observando. Desde lejos parece que está contento, con los dedos entrando en los bolsillos traseros del pantalón. La cabeza alzada al viento. Le ha guiñado el ojo una vez más. Ella. La estrella más preciosa de todas. Rojiza y hundida a través del espacio de la eternidad, que se convierte en un segundo, más aquí que allá. Significa tanto y no significa absolutamente nada. Vuelve para retroceder en una danza de la distancia, espectáculo de luz, de sangre y fuego, como un foco que acaricia su pelo y toca su piel, en la sonrisa se dibujan los dientes, definidos los ojos fijos en el punto, en la pureza o su vida. Ser capaz de obviar el mundo, el universo en un abrazo corredizo, y saltar al rincón reservado para ti en el mundo.
Le ahoga una sensación, pero desde fuera no se me nota. Justo entre el medio de la mitad de edificios de hormigón, con sus ventanas fulgurantes de luz artificial, y una luna llena; con sus árboles gigantes, hojas que casi lo tocan. El río, las nubes, la hierba fresca y el asfalto quemado. Más allá las montañas, pero también alrededor. Como si la realidad estuviera dispuesta en círculos a lo que da sentido a su futuro y fueran cosas distintas: él y el mundo, la naturaleza y su perspectiva. Me alejo de todo ello y soy capaz de abstraerme en el hueco reservado para mí: Mi estrella. Ella. La más preciosa de todas. Como una danza en la que desaparece sabiendo que volverá: yo también vuelvo.
Saiph. Es su juego y el mío también.
Allí parado no me creo que yo exista, ni tampoco el tiempo, ni el espacio, ni lo que he vivido. Estoy seguro de que no hay nada más real que esa luz salga de tu interior y no sea una sola estrella, perdida entre muchas; entre la mitad del medio del universo, donde nada es importante; donde no es necesario destacar para darte cuenta de que seguirás siendo siempre tú. Quieras o no. Llueva o nieve.
Me deshice de mi vida sin darme cuenta. Ahora me toca recuperar todo aquello que es importante. Porque no puedo hacer otra cosa. El Guiño del Ojo Algunas veces, la gente se recoge en sus casas depués de una larga noche. Destruidas oscuridades que mueren en el alba: espectáculo astral y se mece a pocos en la luna vacía de luz, como un foco apagado en medio de un escenario que espera. Cuando se van a dormir y piensan que la vida fue eso y no otra cosa, y se dan cuenta de que todo calla a su paso; entonces se apaga en una noche diurna, su habitación. Y mañana amanece después de mediodía, sobre las cinco de la tarde.
Pero hay un rincón, entre las calles, donde hay alguien. Son los que beben al amanecer, miembros de un colectivo que se enfrentó tradicionalmente al arbitrio de un convencionalismo: el imán nocturno. No tienen miedo a esconder sus rostros, o quizá tengan demasiado. El caso es que hace mucho tiempo fueron cientos, miles, repartidos en ciudades, momentos, bares... y ahora eran tres. Tan sólo tres que seguían manteniendo la fiebre del sábado matinal; porque en el mundo hay imbéciles, pero no tantos. Ese bar se llamaba El Guiño del Ojo y... lo cierto es que no significaba nada. Si nos pusiéramos a buscar razones de las cosas que nos rodean, que hacemos, seguramente repararíamos en que el pasado parece no existir. El del bar era un tío calvo, gordo, grasiento y tenía una piel siempre sudorosa; poblada papada llena de granos, su típico delantal manchado de algo que nunca se llegó a identificar, una faja que recogía en los entresijos esos kilitos de más: coronado por su cara de mala ostia. Todos lo llamaban por Bill y lo cierto es que se llamaba Bill. Orgullo propio la estabilidad de su matrimonio, de la que hacía gala siempre que podía. La esposa se fue después del día de la boda y no había vuelto a saber nada de ella; pero bueno... llevaban ya treinta años de duradera relación sin ni una discusión, ni malentendido. Es difícil malentenderse solo. La cara de mala ostia la heredó en un accidente que tuvo con un camión... era así... como producto de una ostia mala por necesidad. "¿Bill estás cabreado hoy?" "Ya sabes que no, soy así." Y era así, para qué negarlo. ¿Por qué había llegado ahí? Supongo que porque nadie iría a un bar con un tío tan poderosamente repelente. Habría que ser muy gilipollas, pero es que en el mundo tiene que haber de todo. No es que el morado estuviera esperando a que alguien lo escogiera; hubo un individuo lo suficientemente idiota como para desvelar el horrendo secreto de los colores para minorías. Pues eso es lo que pasaba con El Guiño del Ojo.
Un tío se llamaba Jeff. Sin más. Y bueno. Llegó hasta allí porque tuvo una infancia demasiado buena, como suele ocurrir. Si los problemas pueden asentar las bases de una fuerte personalidad, los mimos destruyen el cerebro. Este chaval era más o menos así. Sin más. Un tío que hacía las cosas y no sabía muy bien lo que hacía. Un día se puso a beber por la mañana para intentar olvidar ese algo que lo atormentaba, que no le dejaba ser feliz. Bebiendo y bebiendo se dio cuenta de que era incapaz de recordar eso que pretendía haber olvidado; así que ahora se daba al alcohol porque era un desgraciado al no recordar su pasado. Vamos, que bebía sin más, pero que sabía darse motivos. Lo mejor de tener un vicio es que se le pueda sacar una justificación; y por muy difícil que sea, por muchas vueltas que hayas de dar y cabezas que tengas que pisar; se justificará. No es que el ser humano sea así, que no os quepa la menor duda, es que Jeff... bueno, dejémoslo ahí. Era joven, alto, guapo y un conjunto de desastres marinados en whisky.
Red era muy agradable, pero sólo cuando bebía. Tuvo una extraña patología de doble personalidad que ya se le había curado, pero gustaba de refugiarse en ella con la convicción de que el resto de mortales no debían de conocerlo jamás. También llevaba unas gafas sin cristales y el pelo largo. Estaba allí porque había aprendido a no creer todo aquello en lo que luchaba. La diferencia entre él y los demás es que él al menos sí sabía que nunca conseguiría lo que quería, aunque no quisiera realmente aquello en lo que luchaba. Esa misma mañana mientras hacía un crucigrama se dijo que tampoco había que darle tantas vueltas al asunto. Las cosas son más claras de lo que parecen a primera vista; somos nosotros los que añaden al nudo una cuerda por aquí, otra por allá, para dificultar el desenlace o crear interés.
Había otro más que se hacía llamar Priscila. Priscila era un hombre. El más alto de todos, con barba y vello a partes iguales dispersado por todo su cuerpo. Un típico tío que ves pasar por la calle y te apartas de acera para que pueda pasear bien a sus anchas. Olía mal, muy mal, y hablaba como lo hacen los chimpancés en el momento en el que comienzan a aprender esos ruidos que se supone que significan algo. Quería ser mujer, por la sencilla razón de que deseaba alejarse lo más posible de sí mismo. Pero, claro, las operaciones no pueden hacer milagros. O al menos no pueden conseguir algo desde cero. Priscila no quería ser cualquier tipo de mujer; se presentó ante el cirujano y le mostró un ejemplo a seguir: rubia, bajita, ojos azules, curvas sugerentes, pechos marcados y un culo al que poder agarrarse. Podría haberle mentido. No obstante, ni el dinero puede cambiar toda la realidad que tenemos ante nuestros ojos. Para poder hacer ficción tenemos en cuenta la delimitación propia de la materia definible, uno no se puede saltar a la torera la ley de gravitación universal.
Tenemos un desgraciado, un borracho, un desengañado y un completo idiota. También estaba el perrito viejo de su difunto dueño, llamado Serafín (el dueño muerto, no el can), se pasaba las horas mirando y escuchando. Entró una vez a las diez de la mañana un sábado, para siempre volver a partir de entonces. Por solidaridad con el animal, Bill le ponía un platito con whisky, de modo que también era uno de los suyos. El perrito se llamaba Rafa.
-¿Y qué hacemos mirando a esta gente, sargento?
-Bueno... ¿es que acaso hay algo que hacer a estas horas de la mañana?- tenía acento gallego y respondía con preguntas, Antón Garaloces.- ¿o sí?
-Como usted diga mi sargento...
-Escuche, escuche... parece que van a comenzar a hablar...
El silencio se hizo en el pequeño espacio del coche patrulla. El policía utilizaba un cacharro raro que se supone que amplifica el sonido para escuchar conversaciones ajenas: el material de las fuerzas del orden. Y..... no se oyó nada.
-Pero sargento, ¿esto es legal?
-¿El qué?
-Escuchar conversaciones sin permiso judicial... me parece que...
-¿Quién es policía?¿Ellos o yo?
-Usted...
-¿Entonces?
-Entiendo, sargento...
-Cuántas cosas le quedan por aprender Rodríguez.- por qué será que Rodríguez siempre es apellido de subordinado...- Ante todo ley y orden.
El policía Carlos Rodríguez miró hacia un lado de la escena, tal como en los teatros, y puso cara de poner en duda que espiar a la gente en su esparcimiento personal supusiera una defensa de esa ley y orden de la que hablaba Garaloces. Después de la patrulla se iría a su casa o algo así y podría hacer como si su vida laboral fuera una bonita planta que se puede regar, mirar, pero no tocar. Y así. Qué remedio.
La escena estaba recubierta de un humo intensamente negro y nadie decía nada. Todos sabían que no había nada que decir. El sargento, sin embargo, estaba inclinado con un rostro cargado de ansiedad sobre el artefacto de espionaje.
-Seguro que ahora Jeff, dice algo, algo ingenioso que tenga que ver con su infancia; o quejándose acaba enfureciendo a Priscila. Algo como: "Dios, ¿por qué no puedo dejar de beber?" Y claro, el velludo: "Lo mío es peor, mucho peor". El barman: "La principal causa de no poder dejar la bebida es que no impides al alcohol entrar en tu cuerpo. Hecho esto, todo irá sobre ruedas" Riéndose con su papada de granos, ¿eh, agente? Ésa, ésa [señalando].
-Sí, señor... la veo bien.
-Y Jeff: "Nada es lo suficientemente fácil... si por lo menos recordara que lo que intento es olvidar... ya incluso dejo de recordar que lo que quiero es no recordar... me debió de pasar algo fatídico, horripilante.. ¿no?" y Red gritando, haciéndose el loco en medio de todos los ruidos de sus compañeros, de todas esas memeces.- se oye un suspiro detrás del sargento.- ¿y no cree usted que si el perrito pudiera pensar, pensaría?¿eh?¿no cree?
El agente estaba mirándose las manos.
-Sí, señor. Si pudiera pensar, pensaría.
La afanosa fuerza con la que el sargento se aferraba al objeto comenzó a irritar a Carlos. Por el altavoz seguía entrando el silencio como entra en las respiraciones intercaladas de un discurso político. no se oyó ni una mosca revolotear. Y si adelantamos acontecimientos, a Jeff se le ocurrió maldecir en voz alta, el camarero se rascó la barba y eructó, Red hizo como que limpiaba los cristales de sus gafas y Priscila no pudo evitar manosearse la entrepierna para calmar el picor que lo atormentaba. Rafa bebió y se fue. "No siempre la vida es intensa", pensaba Carlos. Llegado a su casa, siguió pensando y antes de acostarse obtuvo respuesta a sus devanaciones cerebrales:
¿Qué es peor?¿No poder evitar ver algo donde no lo hay? Ser capaz de sacar oro de una piedra pequeña de río ¿O quizá tener que soportar a ese tipo de gente?
-Buenas noches, cariño.
Nadie respondió.
-Yo también te quiero...
Epitafio:
La cosa es que es mucho peor hacer que otro se invente la historia que yo previamente he trazado. ¿Quién ha contado y qué es real? No creo que eso importe en absoluto. Hay un bar, gente parada y palabras que se extienden. Un lector callado lee y un Carlos Naval tiene algo que contar. ¿Eso es literatura? Disculpen, pero en ningún momento me he hecho llamar escritor.
Si en un lugar limitado se mezclan las perspectivas, llegamos al absurdo; pero eso forma parte de lo cotidiano; pues el artista es el único capaz de llegar a la Verdad a través de una mentira. |
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