Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore Tools Help

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    Punto y seguido

    El Ojo Grande, el Grande Sol.

    Él pone el fuego.

    Así, su luz también puede hacer de mi rincón

    la nocturnidad.

    Es el cobijo donde pienso,

    mi lugar en este lugar

    y una sombra negra, oscura,

    donde soy el sueño pequeño y negro

    punto. Nada más.

    Aplastado en un silencio eterno

    solo, de inquietud inaprensiva,

    se escapa de entre la punta de los dedos

    y todos esos únicos versos

    se hacen pequeños a su vez,

    al mismo tiempo que descienden y se desvanecen

    frente al abismo que es

    la Inmensidad.

    El Universo.

    Es lo infinito que crea la mortalidad,

    el negro lo blanco, lo real el sueño;

    y ese tiempo, infame,

    desliza los segundos en segundos,

    susurra suavemente y junto al viento

    para arrebatarnos el blanco y el papel.

    Es el tiempo

    que me destruye,

    que me aniquila,

    que me está matando

    y me ha hecho tal como soy.

    Y tú,

    ¿Quién eres?¿Y qué?

    ¿nos queda?

    Seguir respirando hasta que no tenga sentido

    ¿Y el sentido?

    Paseo lento, y dormido miro al techo,

    conjugo los verbos en los que hoy nunca más

    es participio.

    El sentido del tiempo, la supervivencia de un ser insignificante

    Reside en eso mismo.

    La única razón de vivir

    es que sólo haciéndolo

    habremos vivido.

     

    Carlos.

    El poema no seleccionado para el concurso.

    Alabanda

      -Hay tres cosas en esta vida únicamente, Lécido: Yo, lo que no soy yo, la relación reflexiva y con el resto: pensamiento. Todo nos diferencia a unos de otros, querido amigo; ni mi carácter, mis aptitudes son tuyas, ni mi trozo de realidad en la que he vivido y tampoco lo que me une a ellas. Quizá no todo sea tan aparentemente sencillo como te lo planteo; las relaciones son tan cambiantes que encasillarlas sería un error; si bien, estructurarlas según códigos de conducta comunes, puede ser producto de la necesidad de obtener conocimiento propia del ser humano.- Alabanda aspira por la boca el humo de una pipa alargada.- Pues bien. Parece increíble que viaje donde viaje, y a pesar de las raras pretensiones de los viejos filósofos que me atormentan con sus abruptos y desazonados planteamientos, observo y saco mis conclusiones, ¿no te parece? Mirando, hablando. Es curioso que vaya a donde vaya me encuentro con más de lo mismo. Fíjate, mi querido Lécido, que al hablar con un hombre de color en Etiopía (eso que en el Ática llamáis allá), pude comprender una situación que no desconocía en absoluto. El pobre hombre vivía para con sus dioses en armonía, les rezaba, ofrecía el producto de sus manos desgarradas por el trabajo; y yo lo admiro, no he dicho otra cosa. Sin embargo, una cosa era su disposición religiosa, otra la que ofrecía a su gente, lo que realmente hace de su vida algo suyo, ¿y sabes? Me dio la impresión de que eran como dos personas dentro de un mismo cuerpo que sabían compartir los momentos de aparición: un actor del teatro que cumplía dos papeles diferenciados y sabía en qué momento debía de ser quién. ¿Sabes de lo que te hablo? No me refiero a la falsedad e hipocresía del hombre en las diferentes relaciones sociales. No. Yo iba más hacia el punto de cómo conseguimos hacernos con las cosas sin que ellas se apropien de nosotros. Seguro que has sentido esa sensación. Se trata de conocer a alguien y entablar una conversación en la que los dos se parcializan; lo que se conoce como diglosia, personalidad múltiple. Yo te lo explico, no te preocupes. No es otra cosa que la habilidad de hablar varias lenguas delimitando su competencia en nuestras vidas; utilidad pragmática ¿qué te parece?¿Sorprendido? No lo creo.- Lécido lo mira, Alabanda sostiene esos ojos claros.- La otra relación que nos une al mundo es la directa; siguiendo con el símil lingüístico que nuestros queridos especialistas elaboran. El bilingüismo supone trazar tú mismo, según los conocimientos adquiridos, el rumbo; tener en una mano tu pasado y no desecharlo con el desparpajo de alguien al que no parece importarle. Y sí, puede que la persona prudente, y por prudencia entiendo saber distinguir lo que nos conviene o no en cada momento, tenga ambas cosas. En unas relaciones impersonales, una vida en la que no todo es la intensidad de lo sincero, hace falta ser habilidoso; no engañar, deshacerse de la posibilidad de lo falso y alzarse con la permisividad de un hombre comprensivo.- se mira las manos oscuras y vendadas.- Es el listo el que sobrevive, no el inteligente... y con esto no acuso a nadie de nada, no suspires así. ¿Qué es lo que queremos? Todos queremos estar bien, compañero; es difícil conseguirlo.- se oyen los pasos de hombre que pisan sus pies calzados de sandalias de piel.- Y ahora, que siento que llegó el final, no siento ese rubor de culpabilidad que debería de crecer en mi interior.- toma la mano a su amigo.- Siento que he sido idiota, y lo soy. Ahora tienes que saber que si quieren algo de ti.... tendrán que pasar por encima de mi cadáver. Porque tiene que ser así... porque no pienso librarme de cuanto soy... ni podría, así que no me lo pidas.- toma la espada y se levanta lentamente.- No habrá dios, no habrá ley ni hombre que me impida luchar por lo que he sido. ¡Si alguien quiere comprobarlo!¡Que venga!
      Ya se ven los guerreros con yelmos pasando el recodo del la última curva que lleva hasta ese rincón oculto, tocado por la hiedra verde, arrimada a la escena iluminando el sol los cabellos rubios de Alabanda. Es joven y tiene el rostro afeitado, una piel clara y los ojos oscuros, desafiantes hacia un lugar en el que no es capaz de escrutar su destino. Una toga ligera de pliegues blancos, sujeta a la altura de la cintura estrecha por un cinturón de tela y una hebilla de metal bañada en oro; los brazos, las piernas, el cuello casi adolescente, blancos, con alguna marca en la frente, la presión de todo su cuerpo sobre el arma, cicatrices de momentos que ya no se borran, pues hay errores que te persiguen toda la vida, los llevas siempre puestos, como una prenda que te faltó por quitar antes de introducir la piel sanguinolenta en un baño de agua caliente. Entre las columnas, esa seda transparente, del tacto que tienen que tener los sueños; frágil, inexistente, dulce. Quiso haber estado muy lejos de allí y tener la oportunidad de beber corriendo por los frescos pastos de las laderas orientales de Macedonia ese fresco manjar que la despreocupación brinda a las almas felices. Pero ni siquiera un paso dio hacia atrás. Muy dentro de él y hasta su boca subió el fuego. Levantó la espada corta por encima de su cabeza y con una finta rápida y ligera desciende sobre el primer guerrero que se acercaba. Alabanda ocupaba la salida del pasillo con los brazos abiertos y tan sólo uno podía caber entre las paredes con esos pesados escudos, se derramó la sangre como de una vasija rota en el suelo y una herida profunda se formó en el cuello del guerrero, caído en el suelo. Una lanza provocó un sonido metálico al encontrar el arma de Alabanda. Otro intento lateral obligó al joven abalanzarse al suelo, agarrando la lanza del moribundo sangrante atacó a las piernas desnudas del guerrero y gritó al clavar su aguijón en medio del pecho y manchar su blanca túnica con ese barro emponzoñado que es la sangre del corazón. Otra lanza pasó rozando su cabeza, tuvo que retroceder y permitir la entrada de los soldados en ese cuarto sin techo. Cuatro. Entre ellos, Él, parando, devolviendo las arremetidas, armado de una lanza y una espada. Notaba subir y bajar el pecho descontrolado y los reflejos en la punta de cada dedo. En un hueco entre las defensas tan orgullosas hendió la punta de la lanza al arrojarla con todas sus fuerzas; alcanzó la parte inferior de la mandíbula y vomitó rojo.
      Y una saeta alcanzó su vientre. Una lanza la pierna derecha, otra atravesó la carne de sus pómulos. Dejaron las armas en su cuerpo mientras con unas espadas cortas le hicieron suficientes heridas en el torso. Manando el elixir. Muerto lanzó un grito.
      Quizá hubiera intentado decir que ni siquiera la muerte fue capaz de arrebatarle la libertad. Si fue eso, no se entendió nada. Tendido boca arriba sobre una toga ya granate y sus propias heridas.

    12 M

      -¿Cómo lo quieres?
      Con las manos sujetaba unas tijeras y un peine. A un lado se sentaba con el periódico como alguien que no necesita mirar para estar observando.
      -Pues... no sé.- resolpa, Yo sí que no sé, con las tijeras y el peine.- Un poco por aquí y otro por allá, ya sabe...
      -¿Entonces así?.- pues...- ¿O así?
      Los momentos que se producen en el interior de la cabeza responden a una medida distinta de tiempo y pueden cambiarnos la vida. El que está sentado a este lado se gira hacia el muchacho del periódico, y sonríe.
      -¿Ve a ese chico de ahí?.- la mujer se gira dejando deslizarse los mechones de entre sus dedos. Sí.- Pues como lo lleva él.
      Tenía el pelo cortito y ligeramente oscuro. Peinado cuidadosamente hacia arriba, una cadena de plata, ese jersey blanco a rayas oscuras y un pantalón vaquero. La chaqueta de cuero estaba doblada sobre sus piernas.
      Cuando el sonido de la maquinilla, las voces, se miran y ríen pareció que nadie se estaba cortando realmente nada; pero él seguía leyendo el periódico detrás de sus manos y el otro miraba su cara en el espejo. Mordisco genético la muesca, ojillos dulzones y redondos, en su cejas quizá algo espesas; por fin la frente blanca, libre, al aire, con sus expresiones curiosas, ese entrecejo fruncido casi en una sornisa... no le da tiempo a mirar todos los cambios a un mismo tiempo: por una vez hacía mucho tiempo se está viendo el rostro entero: Carlos.
      Ya fuera, se concetra en no reírse demasiado al mirar el cambio: Las orejillas pequeñas a cada lado fuera de los mechones. ¡Joder!¡No me mires tanto el pelo!¿tan cambiado estoy? Caminan por el sol un poco más, el pelo rubio de Carlos y la mirada verde y a la vez azul de Jorge. Te queda bien, joder. No te quejes tanto. Ya claro, ya claro. Un poco más allá ya no hay polución, y desde el balcón de Debod asoma una ciudad gigante y hermosa. Han hablado poco; lo suficiente como para saber que queda todo por decir. No será por Joey... él es tan hablador...
      Una barandilla negra a trozos. Un humo emana allá a lo lejos y se extiende como la miel por el cielo, quita el color a esos ladrillos, arrebata la vida y fluye más allá de la vista, como un veneno que usurpa nuestro lugar en el mundo. Es el momento de hablar en serio. Nadie llama a nadie sólo para cortarse el pelo, o bien a ese alguien le falta algo en la cabeza. Van a hablar, van a elegir y a darse cuenta de cómo sólo en un pasado se encuentra todo... todo menos lo que está entre nuestras manos. Sólo si luchamos por lo que aún merece la pena, seguiremos vivos. Sólo si sonreímos seremos felices. Se miran el uno al otro. Tan diferentes y tan parecidos, ¿no? y miran hacia delante al mismo tiempo.
      -¿Ves todo eso, hijo?.- con una voz forzada de ancianidad, Jorge, señalando lo que tenían delante de ellos.
      -Sí, lo veo.
      -Pues algún día será tuyo.

    El Pequeño Regalo del Destino

      -Ey... shhhhhhhhhhh. ¿Qué te pasa, pequeña?.- movía una manita arrugada, roja, en medio de unas mantitas blancas.- Oh... no me mires así... yo no tengo la culpa de que no puedas dormir, no no.- con unos ojillos redondeados como canicas; abiertos a un mundo nuevo que se acerca y se aleja a cada segundo, con una inocencia tan pura, que el hombre joven no podía apartar la mirada.- Jejejeje.
     
      Tenía un cuellecito ancho, poca barbilla desparramada y unos mofletes hinchados; la frente redondeada acababa en un escaso pelo ralo. Jejejeje. Unos ojos azabache, pequeños como dos puntitos en medio de una página en blanco. Picoteaban aquí y allá sin reconocer nada, y quizá eso es lo que los hacía especiales. Jejejejeje. A un lado, a otro, jejejeje; ¿qué miras, princesita?. Se movía como se mueven los recién nacidos, intentando caminar por el aire, sacudiendo las patitas y los brazos en círculos, gateando en su imaginación, pues no conocen aún el peso del cuerpo que habrá de aguantar. El joven tenía la cara embobada de idiota al quedársela mirando; nunca le había pasado, era un sueño en un refugio tan pequeño, el espacio entre ella y él. Un inglés nacido en España; todos lo llamaban Charley y en su casa Carlitos. Al oír la noticia de que era tío, una vez más, acudió a ver a su nueva sobrina: Jamás llegó tan pronto a ver a alguien de su propia familia, diminuta; cabía entre las palmas de las manos.
     
      Un ruidito: la enfermera tropezó ligeramente con la cuna y ella se puso a llorar, con unos párpados sobre los ojos y unas lágrimas del tamaño de sus puñitos a medio cerrar. Carlitos miró hacia un lado, hacia otro: Mierda, mierda, mierda, mierda. Sintió la necesidad de hacer algo, joder, no sé, apaciguar su llanto. Y no se le ocurrió otra cosa que zarandear con suavidad la cunita y: no hombre, que no merece la pena llorar, y menos por esa tontería; si fuera porque soy feo, o porque mi voz suena rara... pase, pero porque una enfermera roce tu cuna... hombre, ¡por favor! El bebé había dejado de llorar y estaba mirando atenta la boca del joven Carlitos, como si realmente estuviera esperando que le desvelara el secreto del lenguaje, de la vida, y con su cara de persona acostumbrada a no saber muy bien lo que ocurre a su alrededor, dijo; ¿no te parece?, ella se puso a reír, todavía con una humedad que tocaba el perfil de sus canicas, un rocío en las hojas quietas y serenas de los árboles que huelen precisamente al rincón más buscado del mundo. Y ahora su boquita rosada dejaba asomar una lengüita pequeña y graciosa, unos sonidos dulces, mmmmm, una canción, una promesa. Ante la camisa a rayas de Carlitos, de sus pantalones marrón claro, cinturón negro de una gran hebilla, mocasines oscuros y un reloj desgastado y digital; delante de su pelo poco peinado, con el flequillo deslizándose hacia un lado de la frente, un pelo un tanto claro con el destello de un sol que ya amanecía; su piel blanca o medio tostada, tocada por unas ojeras de unos cuantos días de vigilia; la niña alzó los brazos hacia su cara, sonriendo con sus labios estrechos.
     
      -¿Yo?.
     
      El bebé se puso a llorar. Shhhhhhhhhhhhhh, shhhhhhhhhhhhhhhh. Vale, vale, te cojo, te cojo. Y puso sus grandes manos por debajo de los brazos de ella, la levantó como levantaría un jarrón de cristal, pero al notar el calor que desprendía, sonrió y suspiró, notando vida entre sus manos; un algo en potencia que le quitaba sus preocupaciones, su vida, y se la entregaba toda a ella. Dentro del bebé notaba una ebullición de sangre, un movimiento lento e irregular. Oh, dios, no puede estar pasando. Joder. Se la colocó entre los brazos entrecruzados y Carlitos seguía aguantando la respiración al mirarla tan de cerca, al tocarla con su propia piel y sostener la mirada de esas canicas azabache que nunca se cansaría de admirar. El rubor de ella, el rubor de él al notarse una especie de cama, de refugio. Su princesita. Estiró una manita y le comenzó a palpar la cara, la nariz, los labios, toda la piel; luego, se abrazó a su torso cuando él la bajó porque le hacía cosquillas. Al estar así, sentado en una silla; comenzó a cantar una letra que brotaba de su corazón: en un inglés que desenterró entre los brazos de una mujer. En un suave y cariñoso inglés que en sus labios se convertían en una lengua internacional.... un estremecimiento le corría por la espalda al compartir con el bebé un momento único en su vida, un amanecer y una canción que ahora formaban parte del recuerdo, de su vida, de sus manos y su voz. Era precisamente una ambrosía que se deslizaba por su lengua y a través de sus blancos dientes.
     
      -I don't know all of you, baby...
       but I love you so, too...
       And the sea may look warm to ya, babe...
       And the sky may look blue.
       Oooooooooooooooooooh, baby...
       Ooooooooooooooooooh, baby blue
       If only I can, everything you want, little babe...
       A piece of world, a moon will be done by my own,
       but I have a special price for you, babe,
       and you have to take me in your life,
       because my life will always be for you.
       My little babe, my princess, my faith.
     
    [No lo sé todo sobre ti, nena...
    pero te quiero tanto, también...
    y el mar puede parecerte caliente, nena...
    como el cielo azul.
    Oooooooooooooooh, nena...
    Ooooooooooooooh, nena azul...
    Si pudiera, todo lo que quieres, pequeña..
    Haría un pedazo de mundo, la luna con mis manos,
    pero tengo un precio especial para ti, nena,
    y tú tendrás que meterme en tu vida,
    porque mi vida será siempre para ti.
    Mi pequeña, mi princesa, mi fe.]
     
    A Alison... mi sobrina.
    A Jacob... mi hermanoooooooooooo.
    Porque la vida merece la pena el esfuerzo.

    Buenos días

      Cerró los dedos entre el cuerpo del caballo y se lo pensó unos segundos.
      -Al ver esa cara, estoy seguro de que algo vas a decir. Lo estoy.
      Al otro lado de la mesa, escondida la frente tras el pelo, los ojos abiertos y oscuros; como un secreto.
      -Te iba a pedir que movieras de una vez. Llevamos media hora así.
      -Y quizá sea mejor aguardar que acabar con este suspense.
      Tranquilo pero nervioso; tenía los leves músculos insinuados en una contracción que sólo pueden tener los hipertensos. De forma contínua, una galería excavada en la piedra, estrías desgarradas, violentas sobre una roca de piel. El que había hablado tenía unas gafas de varillas gruesas, medio gris celeste, y parecía más susceptible de lo que en realidad era. Acostumbrado a aguantar el golpe de las olas, bajo la marea de la vida. Un rayo de sol se filtraba atravesando el aire donde humeaba el polvo como la miel, deslizándose cadencioso según los suspiros de uno y otro.
      -A veces esperar es la única solución que no soluciona nada.- el de ojos oscuros.
      -Quizá sea porque en realidad la espera es el estado en el que ya no hay nada que queda por solucionar.- su mirada gris y sus lentes.- ¿No?
      -No.
      Aguanta el caballo en el aire. Un caballo blanco de marfil perlado, en su brillo, en su expresión hierática y constreñida por los límites de su propia existencia. Más allá de esa piel no es nada, en el interior tampoco.
      -Ahora mismo no me refería al ajedrez, Carlos.
      -Tampoco yo he dicho que te estuvieras refiriendo a un juego, Javier.
      -¿Entonces me podrías explicar por qué la espera no es lo que yo he dicho?
      -¿Qué es lo que has dicho?
      -Que quizá sea el lugar al que llega alguien que busca una solución a lo insolucionable.
      -No lo creo.
      Los segundos pasaron, pero las dos caras se mostraban pacientes. El caballo saltó por encima de los peones colocándose en un cuadrado blanco también.
      -No has respondido a mi pregunta.
      El chaval tenía un aire ausente, como si su cuerpo estuviera sentado delante de una mesita, en el sillón grana de un saloncito oscuro y con un punto de misterio y exotismo innegable. Crecían de las paredes desnudas unas ramas de sombras, como árboles salvajes, enredándose a los habitantes que las contienen, cobrando vida, gracias a los hombres; que dan sentido al tiempo.
      -¿Estás intentando captar mi atención para decirme algo que realmente te importa?¿O es mi ligera impresión?
      El moreno se echó a reír, con sus ojos grises fijos en la risa de su amigo, no pudo evitar sino esbozar una sonrisa de un lado de la comisura.
      -La única situación insalvable es la muerte, querido amigo.
      -Ciertamente, aunque coincidirás conmigo en que...
      -Hablando de muerte. Jaque Mate.
      Cogió un peón y derribó al rey.
      -¡Pero si llevamos dos jugadas!
      -Bueno, en ese caso queda demostrado algo más. Que la muerte prematura se sale de las reglas que el ser humano ha establecido. ¿Existe, no?
      -Sí.
      -Entonces no le demos más vueltas.
      -Sí, claro; necesitas un poco de revisión médica, amigo.- bueno, una partida no tiene por qué ser algo normal y corriente.- ¿Un paseo?
     
      Sol. Es el arcoiris atravesando las nubes, haciendo de lo natural un espectáculo sorprendente, magnífico, incomparable. Era un accidente majestuoso el encontrarse justo delante del acantilado y notar las gotas rozar tu cara, las manos extendidas hacia delante y el alma intentando desprenderse del flujo de la sangre, al contacto de algo desconocido siempre. La felicidad es como un hogar nuevo cada vez que entras a él; un suelo aterciopelado y la luz a raudales, empujado por ella, acariciado por su suave, su brutal tacto. Entonces sí que merece la pena; estar donde debieras estar con los segundos atrapados en el reloj. Ahora ya brota una sonrisa a lo largo de toda la cara; como algo que estuvo allí desde el principio. No es una grieta desproporcionada, sino un contorno que crea luz a su alrededor; un mero hecho que ya ama todo lo que le rodea. En esos momentos no existe una causa o una justificación, no debe de existir. Porque una sonrisa ya lo es todo en sí misma. Lo es. ¿O no lo es?
      -De todas las cosas que has dicho desde que nos hemos visto, ésta es la única que no has pronunciado para desquiciarme.
      -¿Y qué hay del buenos días?
      -Ah, eso... Bueno, vale, también el buenos días.

    I got a Little Black Book with my poems in.

    ¿Hay alguien aquí
    que recuerde a Carlos Naval?
    Si no lo conocía mal,
    era un hombre un tanto alegre, un tanto sombrío;
    Y si el brillo de sus ojos no tenía nada que ver
    con su forma de ver el mundo,
    no seré yo quien diga que es suficiente mirar a una persona,
    para saber perfectamente que le daría la luna
    si tan sólo me lo pidiera.
    ¿No es difícil?
     
    Camina una mañana,
    por el fino hielo, la capa invisible de los sueños modernos,
    y si no consigue sorprenderte el crack debajo de tus pies,
    es porque no te importa hundirte en el frío de la muerte;
    tu suelo y fuera de tu mente.
    ¿Qué dirías?
    ¿si nos encontrásemos dentro de un tiempo
    en la fresca mañana de un día de verano?
    Espero ese día escuchar mi nombre
    y decir que tengo otra vez fuerzas para volar:
     
    Tengo un pequeño y negro libro con mis poemas,
    todavía,
    un compás, una regla, una foto de un momento;
    sigo guardándola,
    y en mi pecho está tatuado un mapa
    que no ha de llevarme a ningún sitio.
    Tengo mil lágrimas en mis ojos,
    todavía,
    y marcas de una herida en mis labios.
    Es ya todo suficiente para empezar un viaje;
    pues esta misma mañana cogí el teléfono,
    y nadie me contestó.
     
    Esto significa lo que he dicho:
    que quizá el Amor sea más sencillo,
    que soñar implica la existencia de una realidad
    y que tan sólo pocas cosas y sencillas pueden crear un mundo para nosotros
    en el que merezca la pena vivir:
    si nadie contesta,
    es porque quizá ni fuera ni en el pasado no se encuentra la respuesta
    a nuestras preguntas.
     
     

    Un camino, una carreta y un Caballero

      El recorrido serpenteaba cerca del río durante unos segundos, para perderse. Si querías volver al principio había que bajar al camino. Porque ahora sí tenía que hacerlo. Empolvando el aire con su respiración, el movimiento al pasar de una carreta descompuesta, leprosa; unas tablas aquí deshechas por el tiempo, pero seguía rodando con el ruido del metal al chocar con las piedras. Tan sencillo como eso. Como eso y un hombre echado delante de un susurro suave y regular que son las gotas al rozarse. Puede verse la forma de una nube, de un rostro, de unos labios, el contorno de un árbol, en las gotas; fuego, espadas y muerte. Sólo se necesita imaginación. Como la imaginación de que todas las letras pueden hacer palabras, o que las palabras significan realmente algo. Tenía el pelo moreno y los reflejos de los rayos del sol, unos ojos oscuros, intensos, impacientes. La piel que le asomaba detrás de los mechones desparramados por su frente, de los antebrazos, era ligeramente morena y brillante; los músculos levemente insinuados debajo de una camisa blanca, casi transparente. Tenía tras él un caballo igualmente blanco, atado a un árbol de gruesas ramas; en la silla de montar relucía el mango de un sable.
      Y cogió una flor y la deshojó. Tenía el ceño un poco fruncido, y su cara alegre, parecía una mota de polvo, una mácula ínfima en el infinito de sus destellos. Parece imposible enseñarlo a odiar. Pero es un ser humano como otro cualquiera, sin nada más propio que los actos que salgan de sus manos, las palabras de su boca. Escucha el riachuelo al caer sobre el agua, intenta olvidarse y desaparecer. No puede hacerlo, le vibra el corazón en las entrañas.
      Al oír el ruido de unos cascos de caballo allá a lo lejos, más allá del camino, por encima del polvo espeso y seco, se levantó; pero los segundos pasaron en cuestión de segundos, los minutos como segundos también; desplazándose delante de sus narices, de sus ojos incrédulos o inocentes.
      Un grupo de mujeres pasaba cerca del arroyo, al verlo de pie, se pararon y esperaron a que algo sucediese.
      -¿Quién son ustedes, señoritas?.- una voz clara como el sonido del agua, un susurro de amor de la nube frente al abrazo de la brisa. Gracioso, sonriente, amable.
      Ellas iban armadas con arcos.- Elena de Santos, hija de Rodolfo de Santos.- con el pelo recogido de un color castaño claro, los labios que pronunciaban con educación son dos petalitos rosados, rojizos, recogiditos.- Éstas son mis acompañantes.- Lucía y Ana, doncellas de la señorita baronesa, para servirle.
      -Mi honra en conocerlas, señoritas mías. Yo soy Romeo de Arán y Pacebo, para servirlas en lo que necesiten.
      -Quisiéramos saber el modo de llegar al campamento de Rodolfo, mi padre.- bajó el arma, una ballesta que tenía fijada en su pecho y ya se escapa la ansiedad del peligro, porque escapa siempre que puede .- Usted sabrá seguramente dónde está.
      Una inclinación de la cabeza, sus cabellos, y se irguió de nuevo, Y así es, señora mía.
      -He de advertirles, no obstante, antes de indicarles el camino, que hay un asesino pagado por el señor Cordón buscándola a usted y dos señoritas preciosas como las que a usted acompañan.
      Las mujeres se rieron por fin, cansadas de tan largo camino, reflejado en el barro de las patas de los caballos, la espuma viscosa que se les escapaba de entre los dientes. Se rieron deliciosamente y el caballero no puede sino unirse a la risa con unos tonos sinceros, imperecederos.
      -Pero eso ya lo sabíamos, señor Romeo.- señaló Ana.
      -Se pensará usted que sabe más que unas mujeres como nosotras, ¿es eso?.- ya con una sonrisa que busca la broma de Elena.
      Romeo negó con la cabeza mientras poco a poco se extingue su risa.
      -No, no, señoritas.- se cruzó de brazos sonriendo inocentemente.- Lejos de mi intención.- en su rostro algo cambió, ¡zas! como un golpe brusco en una roca firme, los ojos no miraron como antes.- Me alegro entonces de que no sea tan inesperado como debería.
      Caras de impacto, ya no hay salida; acercándose a un precipicio en el que sí se cae. Elena iba a levantar la ballesta, Ana y Lucía unas dagas pequeñas. De repente después de un silbido, Elena se desplomó y comienzó a toser con fuerza hasta que unas gotas de sangre se asomaron por su lengua, golpeando sus dientes. Tenía una saeta clavaba en medio del pecho. Al mirar, a una se le cayó el cuchillo de las manos, le temblaba el labio inferior. Él estaba andando tranquilamente hacia la silla de su caballo, agarró el mango labrado de su espada, la sacó dejando sonar el metal. Miró a las mujeres sin rastro de piedad en sus ojos, pero con una piel inmaculada.
      -El trato eran las tres. Puede ser muy sencillo o pueden ponerlo difícil. Es vuestra elección.- y cortesmente se inclinó mofándose.
      -Hijo de puta.
      -Lo soy.
      No se podían mover. Se acercó y las mató. Les cercenó el cuello. Cómo pensar que alguien podía hacer algo así. Nadie ni nada. Salvo el que lo hace. Romeo limpió la espada de sangre y se fue andando, luego corriendo hacia la carreta descompuesta. El caballo podía ser un impedimento si lo perseguían.
      Se subió al carromato con el permiso de un hombre gordo, viejo y calvo. Olía a algo extraño, como una mezcla de sudor o enfermedad. Después de un rato se atrevió a preguntar.
      -Caballero, ¿cómo os llamáis?
      -Don Romeo de Arán y Pacebo.
      -¿Y de dónde venís tan rápido?
      Romeo se lo pensó y comenzó con unas palabras suaves pero seguras.
      -El recorrido serpenteaba cerca del río durante unos segundos.- ¿segundos?.- durante unos segundos, para perderse.- ¿Y qué hacía allí usted?.- Es que si querías volver al principio había que bajar al camino.- ¿pero no ha acabado usted bajando?.- Porque ahora sí tenía que hacerlo.- Entiendo.
      -¿Es justo lo que has hecho, Romeo?.- No, pero es lo que he hecho.