Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
La llamada Ñieeeeeeeeeeeeek [puerta al abrirse], pum [puerta al cerrarse]. Kj, kj, kj, kj [los pies del sujeto contra el parqué]. Shhh, pum [el sujeto se deja caer en el diván y cae en él]. Frip, frop, frap [el sonido de la ropa del sujeto al moverse. Teóricamente está cambiando de postura, colocando sus brazos por encima de la cabeza, apoyados sobre el cojín que se encuentra en el diván]. Aaaaaaaay, doctor, doctor [su supuesta voz cuando pronuncia estas palabras que transcribo]. Es una vida muy difícil ésta.- Lo es [pregunta] [el profesional mencionado responde con una entonación que lo diferencia lejos de toda duda del anterior] - Aaaaaaaaay, sí, sí [una vez más, el sujeto] - Y, por qué lo es [pregunta] [voy a proceder a poner doctor cuando se trate del doctor y sujeto cuando se trate del sujeto para ahorrarme intervenciones innecesarias y superfluas al contenido del documento] [doctor]: la intensidad del trabajo, acaso el estrés [pregunta] - [sujeto]: Llámame por mi nombre, joder. [me gustaría recalcar el hecho de que el sujeto no tiene por nombre Joder. Por ese motivo he pasado con una letra minúscula el vulgarismo] No lo sé, Javier. Si lo supiera ya te habría dicho por qué. No crees [pregunta] - [doctor, que es Javier en realidad]: Sí, Car [insisto en adelantar que el sujeto en cuestión no se llama tampoco de ningún modo Car. No obstante lo incluyo, pues se me ha pedido que transcriba literalmente el contenido de la entrevista que tuvo lugar entre Javier López y Carlos Naval el pasado día 16 de Abril en el lugar en el que sucedió tal eventualidad]. Ya me extrañaba que todo estuviera tan claro de entrada [pausa] entonces qué te ha llevado a decir lo que has dicho. Algo. O nada [pregunta] [Carlos Naval]: Pues, te sería sincero con un mero no lo sé, pero no serán esas palabras que salgan de mis labios. No lo serán. [Javier López]: Ajá [pausa, que en literatura convencional vendría sustituida por unos tres puntos] ya veo [pausa][Carlos Naval]: Vaya, hombre. Me alegro que lo entiendas. [Javier López]: Pues yo me alegro de que te alegres de que lo entienda. [Carlos Naval]: Entonces todos contentos. [Javier López]: Sí. Por el momento sí. [Carlos silba durante unos segundos] [de ahora en adelante nombraré a los personajes por el nombre propio tan solo, pues la diferencia radical entre estos apelativos hace superflua la aparición del nombre completo y mi deseo es que la transcripción sea lo más breve y accesible posible] [Javier]: De dónde ha venido esa estúpida costumbre de llamarme doctor [pregunta] [Carlos]: Supongo que el hecho de que lo seas me ha condicionado por completo a la hora de tomar esa decisión. [Javier]: Ja [pausa] ja [pausa] ja [pausa][se trata de una risa forzada y sarcástica] Qué es lo que te pasa, Car [refiriéndose a Carlos Naval] [Carlos]: A mí [pregunta]. [Javier]: Claro, a quién si no [Carlos]: No lo sé, Xavi [refiriéndose a Javier] yo ya te dije que lo de ser médico acabaría conmigo. Ese olor, esa actividad tan falta de calor, tan inhumana. [Javier]: Mmmmm, he de recordarte que tanto yo como mis padres ejercemos la medicina [pregunta] [Carlos]: No sé, joder, se te quitan las ganas de vivir. Desearías mandarlo todo a tomar por saco. Medicina es sinónimo de cáncer. Seguramente si los hospitales dejaran de existir la vida sería mucho más sencilla [pausa] y lo digo por experiencia. [Javier]: Claro [pausa] Veo que no has escuchado nada de lo que te he dicho. [Carlos]: Sí que lo he oído. [Javier]: En eso estamos de acuerdo [pausa] y si tú fueras un profesional en el campo del que hablas con tanto desprecio, quizá podría tenerlo en cuenta. Pero [pausa] ni has estudiado, ni trabajas en un hospital. [Carlos]: Bien cierto, lo que no deja de ser un acierto por mi parte. - ris, ras [supuestamente el doctor está cruzando las piernas en la dirección contraria a la que tenían hasta este momento] [Javier]: Bien, bien. El caso es que querría saber cómo has llegado a esas conclusiones sin experimentar siquiera lo que se siente al hacerlo. - Ñiej [Carlos se incorpora sobre el diván de piel] [Carlos]: Ha sido tan sencillo como ser consciente de ello. [Javier]: Me lo temía. [Carlos]: Y por ello quería adevertirte, mi buen Javier. [Javier]: Oh. Gracias de todos modos. [Carlos]: De todos modos [pregunta]. [Javier]: Me refería a que agradezco tu tiempo. [Carlos]: Nada de eso, nada de eso. No ha supuesto ningún tipo de esfuerzo para mí. [Javier]: Entonces, es eso todo [pregunta] [Carlos]: No. Todo no. Ahora mismo podría hablarte de lo magnífico que ha sido el día. [Javier]: Ah, sí [pregunta][pausa] Vamos a verlo. [Carlos]: He empezado despertándome y aquí estoy. Nadie me habría dicho que así sería, pero así es. [Javier]: Maravilloso, sin lugar a dudas. [Carlos]: Y el tuyo [pregunta] [Javier]: Pues he estado esta mañana con mis padres [Carlos]: Joder [pausa] - fum [el doctor ha descruzado las piernas, yo creo que por la consternación que le produjo la intervención de su interlocutor] [Javier]: Qué pasa [pregunta] [Carlos]: Que te saltes lo que no es importante. [Javier]: Bien [pausa] vale. Pues estaba viendo el televisor cuando. [Carlos]: Roooooong- fiiiiiiuuuuu [hace unos ruidos con la garganta parecidos a lo que sería un ronquido] Vale [pausa] bien. Te quería contar, de todos modos, que hoy en el trabajo [Carlos]: Rooong-fiiiuuuuuuuuu [el interlocutor vuelve a repetir la misma secuencia de sonidos con una variante sencilla en el tema anterior] [Javier]: Carlos [exclama] Vale, pues dime lo que quieres que diga, porque a cada segundo me interrumpes. [Carlos]: No era mi intención [voz más bien lastimera, aunque no cabría descartar un sarcasmo bien camuflado dado el contexto en el que se produce] [pausa] [Javier]: Oh, claro [pausa] No era ésa tu intención, claro [aquí el eufemismo es claro, pues el doctor no quiere sino dar a entender que sabe perfectamente lo que Carlos le pretende hacer llegar, lo cual no deja de ser a todas luces evidente]. Ziuuuuu-splash [el sujeto está pasándose una bola de cristal de una mano a otra].
Señor intendente de policía. La conversación continúa mucho rato más, pero mi trabajo lo finalizo aquí. No consigo entender qué puede tener de interesante una conversación tan absurda e incoherente como lo es ésta. Al no poder obtener ningún tipo de conclusión a partir del contenido del diálogo sostenido por los personajes que antes le he expuesto, he intentado no omitir detalle alguno, pero aún así se necesitaría mucha imaginación para sacar algo en claro. Lo que no se me escapa es que tanto uno como otro precisarían de atención profesional lo antes posible. La salud mental de ambos es más que dudosa; y esto se lo digo porque he me he pasado horas y horas a lo largo de mi vida escuchando conversaciones ajenas (para la policía, por supuesto), extrayendo siempre el sentido, el origen y la finalidad de la conversación.
Sin más, le envío mi más sincero agradecimiento por la confianza que ha depositado usted en mí para la cumplimentación de esta labor confidencial.
Alejo Lascuentas Zerrote.
-Y ¿quién dices que le envió espiar al imbécil éste estos dos tipos?
-Jajajajaja. ¡Señor intendente!¡No esté así, hombre! Será porque no ha leído el informe. Es de lo mejorcito que hay ahora mismo guardado en las estanterías de la comisaría.
-¿Ni el chiste de Mariano el patatas?
-Ni siquiera mil chistes del borracho ése que traemos para que nos cuente su vida y poder así pasar mejor la noche.
-Pues habrá que leerlo... lo que me preocupa es que las conversaciones privadas puedan comenzar a estar siendo escuchadas sin una orden judicial siquiera. Es una violación de los derechos del ciudadano... y por un simple y tonto descuido.
-¿Y eso le preocupa?
-Bueno... en realidad no. Érase de una HistoriaUna vez existió una historia. Un relato precioso de cinco párrafos y medio. Mediante unas líneas que entrecruzadas dibujaban el paisaje más precioso, enmarcaba un cuento el autor. Esas filigranas de tinta, de carbón y de paja seca, mataban una ausencia y llenaban como llena la jarra un vaso vacío, vernáculo visorio para el vasto vulgo, la soledad oscura de la habitación. El moribundo moría descansado, el burlón jaleaba entusiasmado a la orilla del río que proyectaba la historia, más allá de las manos, de los dedos. El fluir era continuo, era pausado. Sonaba sobre las rocas la historia, delimitaba la forma de dos personas que andaban tranquilas. Ella tenía la piel clara contra la luz fluctuante de los reflejos, unos ojos claros y los cabellos de Sol. La falda blanca que llevaba cogida con la mano izquierda bailaba dulcemente y su deliciosa sonrisa rosada dibujaba una curva leve, pura, blanca como el paraguas que delicadamente sujetaba con su guante, su mano derecha. A su lado un hombre joven y exultante paseaba con un furor apasionado unos zapatos negros; asomado a las orillas, subido a un árbol. Impaciente. Era un libro de tapas gruesas y rojas y el autor tenía pocos años como para triunfar. Pero de hecho mucha gente consiguió descifrar el enigma y encontrar sentido al disparate de un joven arrogante, que dirán los veteranos; a un adalid sin rey; un niño sin principios o el perdido sirviente de un sentimiento sin razón. A veces no es todo fruto del deseo instantáneo, casi infantil, de un poeta. De alguien que sabe lo que quiere, y lo quiere ya. Se llama Cecil Dufau, francés como los hombres que hablan con la boca medio cerrada, será la razón por la que sus palabras en castellano siempre suenan a u. Su protector, Rodrigo del Castillo se lava las manos con jabón de Marsella, el lugar en donde nació el muchacho, donde se aprende a amar la mar y a fijar la mirada en un punto del horizonte, encotrando el hogar y el refugio que el resto de mortales acaso sólo sabría encontrar en la ondulación seductora de las lenguas de fuego. Rodrigo se había enamorado de Cecil en Ávila. Daba patadas a la hermosa muralla con ese desparpajo que no mermaba su pasión y su locura. Rodrigo lo miró durante largo rato, casado, padre de cinco niñas y con cincuenta inviernos encima de su encorvada espalda. No pudo evitar sonreírse, disfrutar del espectáculo, y amarlo; acabar amándolo, porque era lo más perfecto, inmaculado; era la belleza en su definición. Era tan precioso... que habría renunciado a todo. Le latía la sangre hasta las sienes, su rostro se tornaba claro como al amanecer de la vida. Al ir a verlo, le preguntó, con un sudor perlado su frente; con la inseguridad que experimentan en su interior los enamorados, ¿Qué es lo que haces muchacho?¿Acaso crees que se caerá la muralla? Y sus mechones, su mirada, las manos grandes y los labios sensualmente rellenos, No creo que la muralla sea capaz de caerse, mi señor. Pero estoy seguro de que si quiero que se caiga, lo hará. Porque nada hay peor que la impertinencia del romántico. ¿Eres un romántico? Sí. Soy un enamorado. Las letras, rotas o compuestas, en curvas y rectas, trazadas con una brutalidad inhumana. Conseguía quemar miles de vidas, la historia, su pluma. El río se convertía en montaña, los árboles en murallas, el castillo alto, altivo, alojaba en su interior la imaginación esquiva. El color castaño claro de su pelo se retorcía entre la crispación de sus dedos, una historia tan preciosa que se contaba en cada momento, que tenía sentido en la fragua de sus rúbricas. Rodrigo enloquecía, pero Dufau dedicaba el aire de sus pulmones a un Amor imposible. Hablaban, reían, comían juntos. Rodrigo invirtió miles y miles de pesetas. Su mujer: ¡estás loco!, sus hijas: ¡padre! Y él estaba loco, sí lo estaba. Se había pasado demasiadas horas contemplando la serenidad de su frente, el pétalo de su tacto. Olía como si se tratara de una flor. Y lo amaba por ser como era; porque era perfecto, porque no deseaba sino darle todo a él. Todo lo que fuera suyo, lo que pudiera ser de su propiedad. Entregárselo. Pero Cecil Dufau terminó su historia una mañana. Su protector lo mandó encuadernar en una piel rojiza, imprimir en lengua castellana quinientas veces. Esa misma noche, el joven marsellés estuvo mirando el horizonte, en un punto lejano, escondido de las garras de ese impúdico sinsabor que es el desencanto. Estuvo durante más de diez minutos observando allá a lo lejos y a este lado del cristal un hombre se desvanecía. A la mañana siguiente, Cecil anunció su marcha, Rodrigo en el despacho, amarillo. Vete, muchacho, si ése es tu deseo. Pero llévate este sombrero contigo, llévatelo lejos. Se puso su camisa blanca y los tirantes, una maleta y se marchó. Nunca nadie más, en la ciudad de Madrid, supo de él. Pero, esas líneas. El prodigio que se deslizaba por sus dedos desde la médula y en el fondo de unas pupilas iluminadas por la llama interna. Por lo visto, su rabia y dedicación habían hecho de las páginas un triunfo, una honra que merecía el respeto. Si ya lo decía el señor Rodrigo, pero no dijo muchas cosas más. Se pasaba el día en su despacho, con su calva lechosa al aire esclavo del polvo espeso. A veces leía el libro, la mayoría del tiempo lo pasaba pensando en lo que había sido su vida hasta entonces, y en lo que le quedaba después de tanto tiempo. Cuando el médico le anunció al viejo Rodrigo que iba a morir. Él, simplemente dijo que no Como todo hijo de Vecino De paso a las tumbas. De ladrillo, de sombras y rincones. El taconeo insistente de unas botas ceñidas, botas altas sonaban por toda la calle. El recorrido serpenteaba como nervioso, fruto del más puro de los espasmos nerviosos experimentado por una línea firme, ahora corvada en latigazos crueles y azarosos. Era el organismo que, desde el barro del suelo a los tejados, se entrelaza como una raíz, nace, y muere. La ciudad aplastada.
El caballero estaba silbando alegremente. Con un sombrero de ala ancha colocado sobre sus cabellos claros, una pluma larga y roja realizaba una curva en el aire, caminaba. No tenía bigote, ni barba, su piel ligeramente rosada asomaba tras la tela, por encima del pañuelo rojo atado a su cuello. El chaleco era marrón, la camisa blanca, negros los pantalones como esos ojos que miraban sin ver, pues estaba pensando en otras cosas. Dije caminaba, pero más bien corría, pues se trataba de un hombre nervioso, incapaz de aplacar la ansiedad que siempre le acompañaba. Tuturúuuuu-turúuuuu. Precioso amanecer, pensaba, y la carta, ¿qué hay de la carta? A ver si encuentro a, ójala esté... Hay que ver, maravilloso día. Y las nubes blancas a penas eran motas de polvo que se esconden en un rincón.
Fue entonces, cuando cruzaba una especie de puentecillo formado por una casa que unía los dos lados de la calle, las viviendas por el piso superior, cuando se abrió una ventana, cuando cayeron todos los desperdicios corporales en forma de micción y hez de unos cuantos ciudadanos que, como todo hijo de vecino, preferían fuera que dentro, en el sombrero, en la preciosa capa que nuestro caballero llevaba enrollada en su guante. Al instante se oyó la exclamación: "¡Agua, va!". Él, tirado en el suelo, con el barro calándole los pantalones, las botas, no pudo evitar mentar a la puta madre del ciudadano que acababa de servirle con tan buenas intenciones. Pero el caso es que el infierno está lleno de buenas intenciones, como se suele decir, y parece que nadie ha aprendido la lección.
Se levantó el caballero. Intentó desprenderse de los fluidos que se le habían adherido a las ropas pero, como bien puede entenderse, no lo consiguió. Obviamente, el mal olor de los mismos no hizo sino minar su sonrisa y sus buenas maneras. De ahí que la puerta más cercana saltara con sus bisagras incluidas. De ahí y de la patada que le había propinado el héroe al que constantemente nos referimos. No hay que sacar conclusiones precipitadas, el caballero quería hacer saber a la persona dueña de la propiedad únicamente el incidente desencadenado por su desatenta conducta, en vistas a que ésta no se volviera a repetir.
-¡Oh!¡Muy señores míos!¡Ah de la casa!¿Hay alguien entre estos muros?¿El señor, la ama, el sirviente o la criada?
Bajó por las escaleras el estrépito de un hombre gordo, obeso. El pelo le asomaba por entre la camisa vieja y rota. Varón poco idiota, distinguió sus desperdicios que durante tanto tiempo lo habían acompañado en las ropas del caballero, o eso pensaba nuestro héroe. Así que retornó por el mismo camino que al lugar lo había llevado.
-¡Mi señor!¡Preciso de hablar con vos!¿Adónde os dirigís como llevado por el diablo?
El joven se acercó a las escaleras de un salto y pudo observar cómo el obeso acababa de armarse con una pistola de considerables proporciones. Y todo indicaba que él iba a ser el blanco de una bala.
Aunque los presupuestos son odiosos, el caballero se apartó de la vista y esperó junto al chaflán. Los pasos irregulares, inquietos y miedosos del gordo se oyeron por las escaleras de piedra. Suavemente, el caballero sacó su fina daga y cuando éste estuvo a la vista se la aplicó repetidas veces en el vientre, hasta que la sangre, que inicialmente manaba dulcemente, empezó a brotar de una forma violenta, viscosa y oscura como la noche. Después, lo dejó en el suelo y, pasando los pies por encima del cadáver se dirigió a la puerta. La apoyó contra el marco y siguió silbando mientras andaba.
Detrás de él, desde la ventana, se oyó un suspiro. Era el hombre que había causado el estropicio. Era yo. Y es que a veces es divertida la confusión que desata este tipo de malentendidos. A mi casa se accede por una puerta al otro lado de la calle y, bueno, el hombre de grandes proporciones era el herrero que se había retrasado en uno de sus pedidos: una pistola. Así es de sencillo. Ahora, ¿qué es justo y qué no?¿Quién ha actuado mal?¿Yo? No, hombre... Yo no... Es inútil dar la vuelta a las cosas que no se pueden cambiar... Sí... es eso... mejor todo como está. |
|
|