Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore Tools Help

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    Cosas que Simplemente No pasan

      Para compartir son malos tiempos, ya lo decía mi padre.

      Era una época en la que la ficción se debatía en términos alejados de la verosimilitud. Llegó a mi pueblo creado, cerca del lago y el valle que yo escribía poco a poco, una especie de monstruo. No es que quisiera matar (como todo monstruo que se precie), por lo que pude leer de mis propias manos, sino que lo necesitaba. A veces la vida de monstruo no es muy cómoda y el hecho de que la gente huya de ti dificulta la normalización de las relaciones sociales. Y cada uno es como es. ¿Tú respiras? Yo mato a la gente. No es que sea yo quién para juzgar, pero el pueblo sobre el que estaba escribiendo no entendía esa costumbre tan atípica y la tolerancia tiene ciertos extremos. El caso es que existen los colores, pero a uno no le puede gustar el color... casa, pongamos el ejemplo.

      Se trataba de un pueblo pequeño, con habitantes normales, vestidos, que trabajaban. De entre todo el pueblo existían muchos muchachos jóvenes, entre ellos, yo. Antes de que escribiera sobre la llegada del monstruo yo se había enamorado de una joven preciosa. Tenía unos ojos enormes, eso sí, sin salirse de los límites de la cara, entre otras virtudes no menos destacables. El día en que se conocieron yo y ella era verano, y el calor y la brisa encontraron sus miradas. Yo se quedó tan sumamente perplejo que el tiempo se detuvo. Se detuvo del todo todo. Ni tan siquiera al tiempo le dio tiempo de darse cuenta de que se había parado. Al tiempo, unas voces de coros celestiales sonaron tras de ella y un halo proyectado alrededor de sus cabellos la destacó de entre todo el mundo. Oh, pasión, oh corazón. Templa sereno que clama el cielo los sonidos roncos de tu despertar. Era ella la mujer de la vida de yo. Sólo faltaba un dedo gigantesco que saliera del cielo con un cartel: "Ella es, idiota". Pero no salió.

      Yo, que tenía mil palabras que contarle, en iluminadas noches en vela, dichas a rostros que se esfumaban con la imaginación ansiosa; yo estaba... nervioso. Para cuando el tiempo había recompuesto su devenir, se acercó a ella y ella lo miró con una sonrisa. Tantas palabras ardiendo en su pecho... ¿mil dije? Y todas ellas revoloteando en un mismo lugar, jugando con su lengua. Mil palabras son demasiadas, así que más o menos salió un murmullo ininteligible y aparentemente estúpido de su boca. Claro, ella cambió la expresión de su cara. Levantó la ceja, frunció el ceño y levantó el labio inferior. Se dio la vuelta en dirección al pantano donde le esperaban sus amigas que, para el caso, sólo tenían por objeto joder la marrana al personaje protagonista, poner interesante la trama y acelerar innecesariamente el desencadenamiento de los hechos (véase en La Regularidad de la Función que cumplen siempre las amigas de Ella en la vida real, libro necesario para todo estudioso de la vida). Yo gritó entonces: ¡No!¡No te vayas!

    -¿Por qué?

    -Joder... porque eres la Mujer de mi Vida y aún no me ha dado tiempo a decírtelo.

    -La... mujer de tu vida.

    -No, no: la Mujer de mi Vida.

    -Pero... ¿por qué?

    -No lo sé... pero lo eres. Y pienso hacer todo lo posible porque te des cuenta de lo mucho que me quieres.

    -¿Que me de cuenta? De eso una no se da cuenta.

    -Ya verás como sí.

      Ella lo miró de arriba a abajo.

    -Qué chico tan raro.- y se dio la vuelta para irse.

      Él le tomó la mano para que se diera la vuelta.

    -No me has dicho tu nombre.

    -Me llamo Sara... Sara de Santos.

      Y yo se puso las manos en la boca y gritó.

    -¡AMO A SARA DE SANTOS!¡AMO A SARA DE SANTOS!

    -¡Calla!

    -¿Por qué?

    -Porque es mentira.

    -¿Por qué iba a ser mentira?

    -Sólo estás demostrando que eres un infantil y un idiota.

    -Si para ser quien soy tengo que ser infantil e idiota lo seré. No te quepa la menor duda.... ¿me quieres?

    -¿Cómo te voy a querer si eres idiota?

    -¿Entonces no quieres a los que son idiotas?

    -No.

    -¿Ni aunque lo sean sólo un poquito?

    -No.

    -¿Por qué?

    -Porque si no yo también sería idiota.

    -¿Y si te convenciera de que ser idiota es lo mejor que te puede pasar en la vida?

    -Buf... qué pesado...

    -Oh. No me digas eso... yo sólo te he dicho cosas buenas y ¿tú te dedicas a insultarme? Te aseguro que si esta noche me acabo suicidando caerá sobre tu conciencia.

    -¿Vas a suicidarte?

    -No sé, no sé... ya veré... dependiendo de cómo te portes.

    -Me estás tomando el pelo. No te vas a suicidar... ¿o sí?

    -Como tú digas...

    -¡Ey!¡Te estoy hablando!

    -Tuturúturúuuuuuuu.

    -¡Dime que no te suicidarás!

    -¿Estoy oyendo algo? Será mi imaginación...

      Y claro. Entonces fue cuando hice que llegara el monstruo en acción. No fue exactamente entonces, pero sí un mes más tarde. Por aquél entonces, Carlos y Sara ya estaban dedicándose a oler las nubes en esta apartada orilla donde más clara la luna brilla. Entonces llegó el monstruo al centro de la plaza con sus aires de humildad y dijo muy amablemente: Ciudadanos del respetable pueblo. Hasta que no me derrote alguien, me comeré a una persona cada día. El listado del nombre de las personas lo he colgado en la puerta del ayuntamiento. Muchas gracias. Don Benito que fue uno de los primeros en llegar, protestó levemente con un carraspeo: Vaya hombre, mañana me toca a mí, con la de cosas que tenía que hacer sólo me faltaba morirme. Claro, para asegurarse de que le tuvieran que derrotar, el monstruo había cortado todas las salidas del pueblo. A los lectores imaginativos seguro que se les ocurren muchas formas de escapar, pero el monstruo siempre se habrá adelantado, ¿vale? Porque es muy listo y muy fuerte. Y el listado no se podía quemar.

      Yo, que es el protagonista, tenía muy claro que quería derrotar al monstruo y salvar a su pueblo. Pero una cosa es tenerlo claro y otra cosa es hacerlo. Primero dejó tiempo para que el monstruo se cargara unos cuantos personajes secundarios sobre los que no añadiré más que provocaron el incremento proporcional del odio por parte de los ciudadanos, entre ellos nuestro héroe, que es yo. Luego dejó un poco más de tiempo para que se presentaran dos o tres a intentar vencerle en combate que fueron deshonrosamente derrotados; porque sino no tiene mérito, y luego fue él para allí. Suponía que tenía que llevar algo en las manos, pero se le había olvidado, así que mientras iba de hacia el hogar del monstruo tomó una piedra del camino y una ramita. El hogar del monstruo estaba al final del sendero que subía por la colina y tenía una puerta enorme, así que llamó. Le contestó la voz del monstruo; ¡La puerta está abierta! Así que pasó. ¿Puede hacer el favor de esperar en la salita?¡Me estoy duchando! Se sentó en el sofá de la salita y yo se puso a observar el cuarto. Estaba claro que no se trataba de un monstruo cualquiera, tenía clase. Un televisor de al menos 52 pulgadas, unos cuadros con paisajes y fotos de familia, perfectamente dispuestos, creaban una armonía agradable a la vista; y ese olor que impregnaba el ambiente relajaba el cuerpo y excitaba los sentidos al mismo tiempo. Parecía una casa de ensueño. Se notaba que era un monstruo de mundo. Pero... tantas fotos que tenía. Bueno...

      De repente dejó de sonar el agua y salió el monstruo de la ducha. Tenía una toalla desde la cintura a los pies y el pelo mojado hacia atrás.

    -No te importará que te coma así, ¿verdad?

    -No, no, no he venido por eso.

    -Entonces, ¿qué?¿Es el del gas?

    -No.

      Se hizo un silencio tenso en el que se oía hasta la última mosca comentar ¿cuánta gente hay en esta habitación? Es que veo muchas veces lo mismo y aún no me he acabado de acostumbrar.

    -¿Entonces quién eres y qué quieres?

    -¿Puedo responderle con una adivinanza?

    -Claro.

    -Soy tu hijo Aranda.

    -¿Qué?

    -Papá... soy tu hijo Aranda.

    -Pero... yo no tengo hijos...

    -Sí. Tienes uno.

    -¿Sí?¿Y quién es?

    -Soy yo.

    -Ah... claro... las piezas comienzan a encajar.... ¿y cómo te llamas?

    -Me llamaron Aranda la gente que me encontró.

    -Claro... es cierto.

    -Pero ya me estoy acostumbrando a que pases de mí, ¿sabes?

    -Pero... ¡hijo mío!¡puedo cambiar!

    -Y además ahora querías comerme... no te habría importado si yo no te hubiera dicho nada, ¿me equivoco?

    -...

    -No has cambiado nada, padre.

    -¿Cómo podría hacer para compensarte?

    -Pues si te mataras en mi nombre te perdonaría, desde luego.

    -¡Pues así se hará!

    -¡Vale!

    -¡Bien!

      El monstruo cogió un cuchillo y se lo clavó en la garganta.

    -Hale, ¿contento?

    -Pues sí.

      El monstruo sonrió de satisfacción. Después pensó un rato y miró extraño al joven. Luego se miró la sangre de su garganta.

    -¡Hijo puta!

      Se cayó al suelo por la pérdida de sangre.

    -Por lo menos... sigue mi trabajo, hijo mío... acaba lo que yo empecé.

    -Esto... monstruo, siento decepcionarte, pero no soy tu hijo.

    -¿No?

    -Se trataba de un acertijo.

    -¿Ah, sí?

    -Sí. Soy tu hijo Aranda, el que miente más que habla.

    -Vaya por dios. Pues un hijo mío no debería de mentir tanto, ¿vale Aranda?

    -Eh... claro...

      Por aquel entonces el oxígeno debía de llegar escasamente a su cerebro, porque si no, no se explica.

    -¿Quieres una piedra o una ramita?

    -No, hombre. Las necesitarás en el futuro. Para compartir son malos tiempos, hijo.

      Y es que ya lo decía mi padre.

    Las hojas Verdes del Árbol seco

      Él era una persona normal, como todas las demás. Vivía en una ciudad lo suficientemente grande como para que nadie agachara la cabeza si te estabas muriendo en la esquina de al lado, cerca de un río que se llamaba Manzanares.

      A pesar de que hubiera nacido en una carretera, entre una ciudad que nadie conoce y Huesca, ya hablaba del trabajo cuando le preguntaban qué tal el día y no tenía tiempo para mirar silenciosamente las gotas al caer en su chop chop, en su triste melancolía. 

      Un día se fue al mar en una barca no muy grande con dos o tres personas más. De repente, sin previo aviso, se presentó la tormenta como salida de la nada y volcó la barca. Él, que aprendió a nadar cuando no subía por encima de la mesa en altura, estaba acostumbrado a llegar a la extenuación y mucho más. Pero se habían alejado demasiado de la costa y no veía a los que fueron con él. En las arrugas que rayaban escasamente, perfilando la unión entre las comisuras y la nariz, estaba escrita ya la frase, en su propia boca, en su lengua, de sentido universal: "Si luchas contra todo lo que se te pone por delante; no puede salir mal". Pero nunca se ha dicho que las leyes físicas giren en torno a nuestros principios o designios. Por desgracia también él había madurado lo que permiten los años y se había dado cuenta de que el ser humano es limitado y nadie puede hacer nada para remediarlo. Es el efecto secundario de la fiebre de la rutina y la afección práctica por las cosas que hacen la vida.

      Continuó braceando con regularidad hasta que perdió el conocimiento. Así se fue su cuerpo a la deriva, como querían las olas.

      A las dos semanas, se dio cuenta de que oía algo a su alrededor, como un zumbido raro, un murmullo desfigurado; las palabras de personas. Abrió los ojos con esfuerzo y se encontró con un grupo de personas que estaba congregado a su alrededor. Ellos estaban desnudos y él también, no sabía muy bien por qué. Así que acudió a taparse sus atributos viriles, como haría todo hijo de vecino. Al ver que se despertaba, una mujer joven del grupo, se adelantó y comenzó a señalarle tocándole el pecho para luego señalarse a sí misma y hacer como una especie de abrazo con las manos. A él no se le pudo escapar un sonoro qué, pero no sirvió de nada. Le molestaba que la gente que andaba desnuda le tocara a él cuando también lo estaba. No le había dado tiempo siquiera de estar contento de seguir vivo (a pesar de que no se necesite mucho tiempo para estarlo). Todo el grupo ya había reparado en la mano advenediza, pero nadie dijo nada. ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? Lo preguntó como se grita a la oscuridad cuando te invade el miedo, como se rasga el cielo con el llanto a la muerte de un ser querido. Y sin embargo, fue respondido.

      -Somos nosotros los que deberían de hacerte esa pregunta. Pues nosotros no te hemos llamado. 

      La joven tenía una voz dulce. Unas palabras contundentes. Un silencio que abrumaba.

      -Soy Israel. Caí de mi embarcación e intenté nadar, pero perdí el conocimiento. Supongo que he llegado a esta costa de casualidad.

      -Nosotros somos parte del pueblo que se sitúa cerca de aquí. No creemos en las posesiones porque todo se acaba y la tierra vuelve a la tierra. De entre la infinitud de la costa has acabado en ésta. No creemos en las casualidades y en el azar que rige los destinos.

      Él suspiró. Ya estaba cansado de escuchar lo que dicen todos los visionarios, predicadores de mitos estúpidos.

      -¿Y mi ropa?

      -Las personas dan la importancia a las cosas que comparten con unos pocos. En la sociedad de la que tú vienes, el cuerpo se ha hecho objeto de culto en el patetismo de la ritualización. Se engaña a través de tapujos y se ensalza lo que está vacío. Aquí no queríamos caer en el mismo error.

      Todos los demás se fueron marchando mientras la mujer hablaba. Tenía la piel morena, tostada por el sol; el pelo negro como la noche, los ojos oscuros, los pechos turgentes y estaba fresca como el agua de río. Estuvieron hablando largo rato. Israel aprendió a dejar de cubrirse como si los demás fueran extraños y comenzó a meterse en ese aroma embriagador de la naturaleza. Tocado por la brisa, alguna gota de lluvia perdida que, de entre la superficie del globo, eligió sus ojos. Ella no dijo cómo se llamaba, pero todos se dirigían a ella con una palabra parecida a Edindya.

      Acompañó a Israel por todo el bosque, le enseñó la playa, las olas, las montañas. Le dio de comer frutos desconocidos que le dieron fuerzas. Le presentó al pueblo, en el que no había líder y lo llevó a un rincón del bosque en donde manaba el agua de un agujero escondido. Arrancó dos hojas verdes de un arbusto; hojas como cuencos, y los llenó del agua. Cogió una seta y exprimió su jugo en cada una de las hojas. Bebieron los dos sin hablar mirándose directamente a los ojos. Ambos tan oscuros y salvajes. Israel notó cómo el líquido le recorría hasta cada punto de su cuerpo, potenciaba sus sentidos.

      -Tú no te llamas Israel. Tú te llamas Jaguar.

      Edindya le contó la historia de cómo se acordaba de cuando era niña y fue de viaje a una selva con sus padres. De cómo un animal enorme se le había quedado mirando con esos grandes globos. Eran los suyos. Después de tanto tiempo los había reconocido. Y sabía que él se iba a acabar marchando.

      -Porque eres un animal sin hogar y no eres capaz de hallar la calma en este mundo: sentado ni levantado.

      -Edindya...- susurró Él mientras acercó sus labios y la besó.

      Después de tanto tiempo... quizá tuviera razón, quizá todo fuera tal como ella había dicho. Suavemente la apoyó contra la hierba para verla mejor, para probar el sabor del agua de su boca, para acariciarla con sus manos y hacerle el Amor en un éxtasis profundo. Volvía a estar en su hogar después de tanto tiempo, y no sabía si nada tenía sentido. No podía pensar salvo en esos cabellos de noche y la respiración que subía y bajaba en sus oídos. Valía la pena creer en imposibles y en interpretaciones irracionales de la realidad; escapar del mundo en su propio regazo. Por crear, el mundo creaba hasta su propia destrucción. Alcanzó un orgasmo tan extraño como salvaje.

      -Jaguar.- le dijo al oído antes de que se durmieran sobre el tacto de la hierba.

      Al día siguiente, Él ya no estaba ocupando su lado. ¿Por qué? Ella ya lo había dicho. Es muy fácil alcanzar la felicidad absoluta, quizá fuera por eso. No quería vivir así, se decía mientras remaba en la barca que le habían regalado los del pueblo; ni así ni de ninguna manera. Tampoco quería atarse al destino de nadie.

      Edindya salió a despedirle desde un peñasco del acantilado cercano.

      -¡Jaguar!- gritaba y sonaba el eco.- ¡Has venido a acabar lo que no hiciste en el pasado!¡Me has matado, Jaguar!

    El sentimiento hace resurgir de las cenizas la vida; y ahora hay hojas verdes en el Árbol seco.

    El método nomológico-deductivo

    Sobre las cenizas que siembran
    un mundo, que es grande,
    extiendo la mano que sangra la vida
    y lloro al pensar lo que las flores
    se llevan.
     
    Son el rocío o mis lágrimas. Tal vez una sonrisa.
     
    Despierto con los pies abiertos
    planos contra el duro suelo
    y he trabajado la tierra
    entre las ramas verdes del alba.
     
    Oh, tiempo.
     
    La razón del ser naciente,
    del ser dormido, acuna la verdad
    la certeza de un loco,
    que sobre los nidos de los nichos muertos
    sólo está la transparencia del cristal
    ¿dónde el joven y valiente?
    La honra de llevar a puerto el barco
    se ha desvanecido.
     
    Quizá todo haya sido vano.
     
    Falto de sustancia y de entidad
    me acumulo en excremento
    y durante muchos años
    soy el cáncer que matará los sueños
    que movieron las montañas en donde me mezco.
     
    La media, la voz y lamento de la regularidad inventada.
     
    Saiph
    y cuando digo todo
    aún no he dicho nada.