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    El secreto del Señor Vela

        Marito Amando era el hijo mayor de Mario Vela. Tenía el pelo claro y los ojos de niño. Estaba con Tomás y Mateo en la casa cuando entró su padre enfundado en un chubasquero cubierto por el agua. Los niños, sentados en la mesa comían en silencio, pero cuando entró Mario, todos se dieron la vuelta para ver el semblante oscuro como la prenda que llevaba. Igual que un perro rabioso, pasó como una exhalación, si ver, sin pararse a saludar y extrajo unas varas metálicas de unas fundas aterciopeladas. Eran las palancas que utilizaba en su trabajo. Ninguno de sus hijos fue capaz de decir nada mientras se movía impulsado por fuertes convulsiones. Pero Marito lo acompañó armado de uno de los dos metales.
     
        Bajo la lluvia, esperaron en silencio. Las gotas no eran ruido para sus músculos fríos y tensos, sin embargo, su hijo mayor estaba llorando. Se abrió la puerta de la casa y salió un hombre con sombrero y gabardina. Todo de tela, de la seda cara de las tiendas en donde el olor del pobre  se percibía a kilómetros de distancia. Mario Vela lo miró en esos ojos de niño con sus párpados áridos, sus determinación seca y salvaje. Con la barba sin afeitar y el rostro chorreante de agua. Fueron los dos, uno al lado del otro. El hijo mayor había entendido ya y su padre había visto muchas veces que se levantaba sobre los músculos como un artista de la armonía anatómica. Ambos tenían la fuerza brutal de los viejos remeros como una memoria genética. Andaron tras él y la voz de Mario sonó ronca: ¿Es usted Marcelo Puerta? Y se dio la vuelta y vio esos espectros con varas y tuvo miedo. Marito bajó la punta sobre su cabeza.
     
        Las últimas lágrimas de lluvia se habían secado dos días después. El sol abrasador caía como una bofetada desde el cielo.
        -¿Y qué dices que le ha pasado a tu esposo?
        - Ha muerto. Ha muerto de forma natural.
        - Qué raro.
        Estaban acostados y él llevaba un cigarrillo en la mano. Desnudos frente al balcón que había tenido las persianas subidas toda la noche. El inspector siempre se dejaba las persianas subidas y ella acudió a sus aposentos con una frecuencia algo irregular los últimos meses. Se llamaba José Juan José y ella Esmeralda. Un nombre del que se mofaba el antes nombrado.
        - Me refiero a que murió de la única forma que podía morir; fue asesinado.
        - Ah, eso ya es otra cosa, nena.
        Ni siquiera le dio una calada, ya que nunca fumaba. Mientras hablaban no se miraban a la cara, como si los momentos de cariño se hubieran consumado ya, y sólo quedara la indiferencia e impersonalidad de la conversación que estaban teniendo.
        - Haré lo que pueda.
     
        Marito Amando tenía las manos manchadas de sangre. Como todos los que tienen una experiencia inolvidable, se debatía entre la soledad a la sombra y los gritos de madrugada. Cuando apenas se alejó unas semanas de sus fantasmas, ya vociferaba con sus amigos en algún bar, agarrado a las cervezas vacías. Su padre nunca le dijo nada, a pesar de verlo llegar desde su sofá viejo, sin tenerse sobre las piernas; y a pesar de eso, su hijo no podía evitar mirarlo con odio desde la embriaguez, echándole en cara todo, mofándose de él, destruyendo esa especie de pureza que había trabajado sobre él como si fuera mármol durante tanto tiempo. Esperó tantas veces sin dormir una explicación que terminó por odiarlo y por hablar solo. En esa casa se había tejido una red oscura e inquebrantable de silencio. Fue una noche como esas en las que el hijo mayor volvía a la madrugada, cuando llegó un hombre alargado con la camisa abierta por el pecho y unas gafas de sol antiguas. Mateo y Tomás eran gemelos, y tan pequeños, que no se había enterado todavía de que las cosas en casa habían cambiado. Era un bajo de un edificio cincuentón y las paredes de la fachada tenían la pintura desconchada por la humedad. Parecía una mueca de dolor hacia el parque, a sus flores muertas y vegetación disecada.
        - ¿Una copa?
        - Por favor.
        Mario Vela estaba pensando en lo que le llevó a actuar como hizo, a lo que significaba la vida y lo que todavía merecía el respeto, el riesgo o la vida. Sus hijos hacían ruido en el cuarto de al lado.
        - Supongo que sabe por qué he venido, ¿verdad?
        Al inspector no le latía el corazón, o eso dijo su madre una mañana cuando le puso el oído sobre el pecho. Hacía mucho que no sentía nada, que caminaba sin que le importara que una bala le quitara la vida. Para él habría sido lo mismo morir allí que en cualquier lugar. Y por eso hablaba con su voz de cínico desencantado y paseaba a un perro que llevaba años sin ladrar. No dormía por las noches y tenía la piel blanca. Las sutiles arrugas recordaban las grietas de las paredes del manicomio. Mario Vela esperaba mientras sudaba.
        - ¿Cómo se llama, detective?
        - Me llamo José Juan José.
        - ¿Y por qué le pusieron ese nombre?
        - Supongo que porque mi padre se llamaba Juan José y nací el día de San José.
        - ¿Y cuánto sabe, José?
        - Emmm- el inspector estaba preguntándose si había sido por el José que correspondía a Don Juan José Riviera o era hacia su origen beatífico la referencia- Lo suficiente como para que usted pueda cambiar las cosas haciendo algo.- ni siquiera le importaba una mierda que el otro le mirara a la cara. Él estaba jugando con un mechero, echando un vistazo a su alrededor.
        - Yo lo hice. Sólo yo maté a ese hombre.
        José Juan José de repente lo miró. Parecía gracioso con la sombra recortada, esparcida por su cara. Tenía los ojos alargados y la voz grave. No sonreía, tampoco nadie recordaría años más tarde que hubiera tristeza o melancolía en su rostro. Sencilamente no había nada. La mano de Mario Vela estaba tan quieta como sus ojos esculpidos con una brutalidad carente de calor humano. Eran secos como las grietas secas de la tierra arcillosa en verano. No tembló jamás, ni temblaría.
        - Es curioso, por las heridas juraría que hubo dos hombres atacándolo al mismo tiempo.
        - Llevaba dos varas cogidas por cada una de mis manos.
        Los ojos del inspector, negros, negros.
        - ¿Seguro?
        - Del todo.
     
        Marito Amando llegó a su casa y, borracho. Al no ver a su padre en el sofá, lo odió con más fuerza y se fue a dormir. A partir de entonces, nadie lo volvió a llamar Marito, a pesar de que terminara perdonando a su padre y siguiera teniendo ojos de niño y nunca supo el motivo por el que tantas noches tuvo que lavarse las manos de sangre. Nunca supo por qué había matado a ese hombre.

    La Tierra dorada

        Recordaba haberse acostado después de estar largo tiempo dando vueltas en la cama; lavarse las manos, cepillarse los dientes, pero se despertó en un lugar muy diferente. Todo era demasiado grande; más de lo que lo recordaba. Una playa inmensa se extendía a lo lejos, las hojas de una palmera a penas tapaban la luz sobre él. Se puso a andar con las manos en los bolsillos. Si alguien lo hubiera visto desde lejos, le hubiera parecido un niño que jugaba a pensar. Tenía los ojos oscuros y la piel clara. A pesar de que fuera todavía muy joven, la melena lisa le llegaba hasta los hombros y era rubia como el dorado de la tierra que trae el mar. El joven se llamaba Aquiles.
     
        Una vez, hacía ya por lo menos un año, cuando su padre aún le contaba historias a la hora de acostarse y no paraba de hacer preguntas, le dijeron que los sueños eran el planeta al que los niños iban cuando dormían; pues una persona realmente no puede estar tan dentro de sí misma que no esté en ninguna parte. Lo recordaba siempre, como tantas otras cosas que la gente dice para salir al paso; pero, ¿qué pasaría si...? En las sombras de la habitación, artificiales, la bombilla y la lámpara. Detrás de las persianas se oía un murmullo desalentador, la lenta máquina que pone en funcionamiento el mundo: ese rugir de coches como una respiración anquilosada, un ronquido enfermizo y muerto. Allí estaba la playa.
     
        Se encontró con un hombre anciano que contaba granitos de arena. En una mano tenía una botella de agua y Aquiles preguntó:
    AQUILES: ¿Qué hace señor?
    SEÑOR: Estoy contando el número de gotas que tiene un litro de agua.
        El joven se quedó mirando el plástico y vio como de repente caía una gota minúscula y entonces el otro pasó un grano de arena de la playa a su mano.
    AQUILES: ¿Y le gusta mucho contar?
    SEÑOR: ¡Qué estupidez! Contar sólo me sirve para saber cuántas gotas tiene un litro. Contar en sí no significa nada. La pregunta debería de ser para qué necesito saberlo.
    AQUILES: Ah... disculpe.
    SEÑOR: Hay muchos que se creen muy inteligentes no sabiendo nada. Y cuando yo lo sepa tendré el poder de decidir quién puede saber y quién no.
       
        Desde que sus padres se divorciaron, Aquiles se fue distanciando más y más del exterior. Se inventaba historias, cuentos. Estaba seguro de tener el control; nada era real. Ahora se encontraba pisando las mismas aceras, y todo fluía fuera de sus manos. Era más que un sueño, un universo paralelo en el que había creado vida. Marta, que había guardado todos los papeles que había trabajado el niño, comparaba, y se daba cuenta de que, cada vez más, las rayas que al principio eran una sugerencia, la abstracción, la idea del referente, abandonaban la ambigüedad y se convertían en representaciones tan detalladas que, su madre llegó a dudar de que los monstruosos dibujos no tuvieran referentes reales. La literatura había dejado de ser interpretación para convertirse en un grito desesperado. Y quién dice que un dibujo no es literatura. Pero no podía haber visto nada parecido.
     
        Sentado y con las rodillas cogidas entre los brazos, esperaba el muchacho las preguntas del doctor.
    FRANCISCO: Y cuántas veces has visto esa playa, Carlos.
    AQUILES: [murmullo] Me llamo Aquiles.
    FRANCISCO: Vale, vale. ¿Cuántas veces, Aquiles?
    AQUILES: Muchas.
    FRANCISCO: ¿Estuviste en alguna playa antes de perder la vista, Aquiles?
    AQUILES: Sí.
    FRANCISCO: [anotando en su libreta] Háblame de ese lugar.
    AQUILES: La tierra es dorada, el agua transparente, y hay gente que me habla.
    FRANCISCO: ¿Y qué te dice esa gente?
    AQUILES: [molesto] Cosas.
    FRANCISCO: ¿Qué tipo de cosas?
    AQUILES: No sé, ya sabe. Lo mismo que la gente normal. Hablan, hablas...
    FRANCISCO: Entiendo [hace una pausa] ¿y de dónde viene lo de Aquiles?
    AQUILES: Es así como me llamo.
    FRANCISCO: ¿Así te llama esa gente?
    AQUILES: [resoplando] No.
    FRANCISCO: ¿Por el personaje de la Ilíada?
    AQUILES: No...
    FRANCISCO: Entonces... ¿por qué?
     
        Después de serpentear por los caminos que rodeaban los troncos negros del bosque, llegó a la ciudad. Todos los edificios estaban adornados con pan de oro y los habitantes estaban fuera de sus casas. Sonrientes, hablando. Después de miles y miles y miles de kilómetros, seguía sin ser ese el lugar que había estado buscando. Estaban con él el perro guía Bobby, también Lucas y Manuel. Subiendo a lo más alto de la cresta rocosa, frente al lago de lava en las profundidades de la tierra. Y ahora de nuevo entre muros, junto a la ficción social y las conversaciones de las gentes. Ahora estaba cansado.
    AQUILES: En la cultura griega puede significar gloria. En la lengua brahamánica tenía un origen distinto. Es tierra de oro.
        Cansado de buscar respuestas dentro de sí mismo. De vivir en el planeta de los sueños y andar entre su oscuridad completa hacia ningún lugar, con ningún objeto y solo.
    AQUILES: Y oro es el destino del viaje. El sentido.
    FRANCISCO: ¿Entonces qué es Aquiles?
        Pero ya no había nadie en torno a él. Los edificios sucumbieron a la oscuridad y el suelo no se hundió a sus pies. Ni siquiera se cayó. Ahora se observaba con interés en un espejo de la habitación del psicólogo. Giró la cabeza para mirar a Franciso a los ojos.
    AQUILES: Aquiles soy yo.
     
        El doctor escribió antes de irse a dormir y con un temblor que le recorría el cuerpo. "Si el niño está ciego [pausa] daría igual que no lo estuviera. Me ha fijado con esos puntos negros y por un momento he pensado que veía una cosa de mí que yo tampoco quería enseñar". Esperó un poco más, releyendo sus propias palabras: "Ese Aquiles se hace el ciego para llamar la atención". Y si no se pudiera comprobar médicamente que no veía nada, se lo habría creído.
     
        Demos gracias de que hay cosas que la ciencia no es capaz de demostrar.
    AQUILES: ¿No va a decir nada?
    FRANCISCO: Claro que sí.

    Debe ser cosa de la resaca

        Se llamaba Luis, y lo primero que pensó al incorporarse es que no conseguía acordarse de nada. Era de noche cuando se levantó y todo estaba negro a su alrededor. Las sábanas blancas eran un amasijo desgarrado en varias partes a un lado de la cama y cuando se sentó en el colchón tuvo que agarrarse la cabeza con las dos manos por el dolor que sentía. Era como si una aguja se le hundiera en el cuerpo y rebuscara en su interior el camino sobre el que tanto tiempo había estado trabajando. Al incorporarse parecía un estúpido, tanteando todo con las manos, en un entorno indómito. No es que no viera las cosas, sino que creía tener clavados sus ojos sobre él. Procuraba no enfadar al jarrón para que no se le abalanzara. El misterio de la oscuridad era apoyado por el olvido, que como una bruma lo separaba de todo a la vez que lo acercaba a su esencia. Podríamos decir que al confiar en los ojos de las paredes, era capaz de mirarse a sí mismo y juzgar como si fuera otro que, desde fuera en realidad, observa. Acababa de acceder a un mundo extrañamente mágico; quizá por casualidad, pero así fue. Ahora nada era nada en sí mismo, y todo estaba tan unido que era difícil determinar el comienzo de la existencia o la pasividad inerte.
     
        Debió de ser la luz, el fuego, la propia sabiduría y el conocimiento los que desvelaran las sombras que se extienden tras las estacas. Al apretar el interruptor del pasillo, se encendió la bombilla. En sus sueños febriles, había supuesto tantas cosas que, de pronto, perdió la perspectiva y consiguió ver a través de la intercesión de este nuevo compañero. Se planteó si fue ese momento en el que realmente comenzó a ver de verdad, pero no supo responderse. Las ideas y los recuerdos lo empezaban a asediar mientras todavía se tambaleaba: el coche, la sangre, el cuchillo, ún niño que decía hola, el cuarto de un baño en el que empujaba una pared, los faros de un coche, el almacén, la carretera. Como fogonazos de cámaras impertinentes. A penas pudo evitar caerse de espaldas contra la moqueta del suelo, aunque acabó derribándose y golpeándose con fuerza en la cabeza.
     
        Ahora notaba como cada parte de su cuerpo le acariciaba suavemente; las puntas de los dedos de sus pies le cosquilleaban levemente así como su lengua, sus ojos y su nariz. Recordó a la señorita Diana, que prefería a los hombres con las cosas claras y el atasco que le había retenido durante varias horas en la entrada de la A-6 en Madrid. Se levantó de un salto y abrió la nevera. Ahí estaba el agua. Cogió un vaso, lo llenó y se lo llevó a los labios con fuerza descargando todo por la garganta y su pecho desnudo. Y una vez más. Ahora lo veía más claro. Sentado detrás de la mesa en su despacho, rellenando unos papeles para la universidad, repartiendo cajas, leyendo Cien años de Soledad. Comenzó a caminar, desandando el pasillo. Las llaves, las manías de Laura, el sofá de los domingos y la comida precocinada. Sentía de nuevo el dolor a la altura del vientre y fue encajando todas las piezas: Sabía que llegó borracho en su coche, que acabó de cenar con el cuchillo aún en la mano, y se lo clavó ya en la cama. Al llevarse la mano a la herida, aún encontró ese color rubí tibio.
     
        Todo estaba teñido de rojo en la habitación. Se acabó durmiendo mientras todavía se desangraba. Se sonrió al sentarse y rebuscó en la brecha que tenía con el dedo índice.
     
        Ha sido como volver a nacer, pensó. Nunca pensé que ser un ignorante diera tantos beneficios, porque ya lo entiendo todo. Si hasta ahora no he sido capaz de recordar algo que me hace realmente yo mismo, es que en el fondo no me importa en absoluto. Todo lo que acabo de ver eran momentos que no dicen nada, razón de más para abrirse una brecha; estupideces incoherentes. Quizá es que, como ser humano, dependo más de lo prescindible. Pero si el amor y la amistad han sido sólo palabras, sigo confiando en que sea el suicidio la forma más eficaz de matar el tiempo.

    As Lembrazas do Mar

    Llegan tarde el lamento

    y el crujido como de pisadas

    de las saetas que tras el cristal

    pasan, miden el tiempo.

     

    Pero no son sus ojos los que miran ya.

    Fijaos en que la cristalina luz del destello

    de una estrella, también desaparece.

     

    Al atardecer la luz se muere,

    brota el sepulcro limpio de su recodo infame

    para recordar a los vivos la oferta secreta

    en un minúsculo cuerpo de plata,

    o quizá nada.

    O tal vez la oscuridad ha vuelto a jugar

    a su juego predilecto;

    engañando, dando prisa a la razón por aparecer

    con cualquier invento

    que sacie esa sed que llevamos dentro.

     

    Sólo sé que el Sol sólo es Sol si lo parece

    y que en la caricia del silencio nocturno

    las palabras cortan el cielo como navajas.

     

    En estos versos, en mis ojos todavía creo estar tocando el agua de la playa.