Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Finalmente el que anda Sólo es UnoUna buena mañana, Ernesto Amador fue descubierto muerto en su habitación. Después de tanto tiempo encerrado en su casa, administrando sus ingentes cantidades de dinero, salió tumbado y frío camino del cementerio. Todo el mundo lo recordaría ante su único y joven descendiente como el más loable de todos los hombres; mientras, él mismo tenía muy presente, mirando al cielo despejado, que era la primera vez que veía la luz del sol fuera de los grandes muros del majestuoso palacio donde vivía.
Al día siguiente, el pequeño Marcos despertaba como de un sueño. Pensaba que encontraría de nuevo a su padre encerrado en el escritorio; haciendo cuentas, escribiendo las órdenes que tanta gente estaba esperando. Pero no lo encontró. Se pasó un rato más dando vueltas por los oscuros pasillos antes de abrir- como un animal enjaulado que teme lo que puede pasar- con cuidado la puerta de su propia casa. Oh, Marcos ya era libre. Cuando se vio fuera echó a correr con todas sus fuerzas y dejó la puerta abierta. Llegó al camino verde, silvestre; a las piedras del río estrecho que navegaban o embadurnadas en lodo se hundían en el lecho helado. Estaba ansioso como nunca lo había estado antes y el corazón intentaba escabullirse de él y hundirse en las aguas vivas para ahogar la llama que lo estaba abrasando. El humo ya estaba muy cerca, el humo de la ciudad y los ruidos ajenos. Pues la ciudad era un lugar extraño- no singular, sino extraño-; tanto por las casas cerradas, las puertas y esos ojos como salidos de otro mundo que gritaban canciones codificadas por un murmullo lastimero y desgarrador. Ni siquiera sabría decir por qué esa sensación extravagante de falta de familiaridad hogareña, agradable a la vista y, por qué no decirlo, al gusto; ese gusto destilado y entrenado en los vapores de las cocinas desde hacía ya tantos años; le asaltaba como si se tratara del producto de una premonición. Era una pesadilla que le golpeaba en el rostro y lo dejó ahí tumbado boqueando en mitad de todos sin que nadie lo percibiera.
Desde la oscuridad comenzaba a distinguir las cosas que tenía a su alrededor. Estaba tumbado con el hedor pestilente de alquitrán pegado a la nariz. Recordaba que un hombre lo había empujado hacia la calzada y un destello anaranjado lo había golpeado con violencia tirándolo al suelo. Estaba temblando y una mujer de avanzada edad lo estaba inspeccionando; le tenía la cabeza con ambas manos y lo miraba con aire de profesional. “Chico, ¿me ves?¿me oyes?”. Marcos creía que la mujer bromeaba; pero contestó: “Claro. Claro que la veo, claro que la oigo. ¿O acaso es que no está ahí y no está hablando?”. La mujer pareció alegrarse mucho y le dijo que fuera a su casa para que pudiera ver si había tenido algún tipo de lesión. El joven obedeció sin contestar- parecía un niño amaestrado, a pesar de que ganara en altura a la mujer y ya tuviera la mayoría de edad-, tirado de la mano por delante de unos jardincitos floridos, alguna casa descolorida y dos calles residenciales. Allí estaba: una casa blanca y alta sobre un césped corto y una valla roja. La mujer lo sentó en la mesa de su cocina, le preguntó su nombre, le dijo que ella se llamaba Emily, que el conductor se había dado a la fuga, que parecía que estaba el chico bien, que de dónde era. Él contestaba con monosílabos, cortos y contundentes. Le era desconocida la amabilidad de la señora Emily, y a pesar de que le fuera agradable esta disposición, no podía corresponderle del mismo modo, ya que era un iletrado en las artes de la relación social.
De repente, la señora Emily llamó a su hija entre pregunta y pregunta y apareció bajo el quicio de la puerta. Serían las palabras del mismo Marcos Amador en papel. Ese figurín de blanca y tersa, de pureza límpida, inmaculada y bañada en luz. Despertaba absorto del orden sordo e incoherente del ruido que, en su crepitante cesar reactivado al instante, contagiaba de su pecado. Volvía esta Afrodita del jardín encantado. De su prisión y su hogar raptado después de mil años de soledad y vida leve, arrancaba la melancolía casi vidriosa de sus ojos azorados, llameantes y salvajes; por esa nívea presencia, coronada de oro y tirabuzón. Ella se acercó a la orden de Emily, acercó esa fragancia de azahar, de magnolia y hierba fresca, y cuando puso su delicada mano de seda- suave y dulce como el murmullo de las hojas sobre las aceras- sobre su pecho desnudo, un estremecimiento le recorrió cada prolongación de su ser y más allá de su cuerpo. Nunca una mujer le había tocado piel con piel, salvo la señora tan amable, unos minutos antes. El temblor causó risa en la joven que lo auscultaba y Emily procedió a presentarlos. Se llamaba Anne. Parecía que había descubierto una hemorragia interna a la altura del tórax, una herida que, cada vez con mayor insistencia, lo arremetía con una intensidad creciente. Emily ofreció al joven su casa para descansar esa noche y asegurarse de que la herida no era grave, así que Marcos se dejó llevar hacia la habitación de invitados como se había dejado llevar tantas veces por su padre- como si apenas un día lo separara del jardín de infancia, de la despreocupación por lo que realmente es importante o parece que tiene que serlo- de la mano de Anne. Oh, esa mano. Oh... qué inaguantable sensación, qué escandaloso ruido el de su corazón.
Estaba tumbado y sin dormir debajo de la gran cantidad de mantas perfumadas cuando abrió los ojos y vio a Anne espiándole muy de cerca. Por un momento se asustó, pero de repente, todas esas sensaciones que lo acechaban al mismo tiempo; la vida fuera de lo que había sido su casa durante tanto tiempo, la ciudad y el atropello, la amabilidad y la belleza, el dolor y la tragedia del padre perdido, le llevaron a sus ojos una húmeda protección al tiempo que se le escapaba un gimoteo apagado pero profundamente triste. Ella le preguntó que qué le pasaba. - No sé qué pasa que no sé lo que me pasa.- respondía cansado.- Las luces y el color de todo me dañan los ojos, así que los cierro, pero entonces me vuelvo ciego. Todo esto es demasiado nuevo para mí y ya estoy agotado de que me ofrezcan cosas que no soy capaz de entender, ¿o es que no hay nada que entender? No necesito saber contar para tener presente que me sobra el dinero para vivir toda una vida de placeres, pero tengo tanto miedo de volver a mi casa como de quedarme fuera para que me atropellen o me dejen anonadado. ¿Qué es lo que quiere la gente?¿No se puede ser más feliz estando solo? De modo que nadie te abandone, nadie se muera, ni te ataque, nadie te decepcione. Sin sobresaltos y sin juegos, sin trampas en las que caen los necios como yo. Ésa era la filosofía y la moral que me transmitió Ricardo sin apenas hablarme, ¿no es más fácil dejar que un niño vea lo que hay alrededor y extraiga lo que significa para él que mentirle, encauzar y restringir su visión? Supongo que no, porque entonces acaba sin tener los principios adecuados, las normas y las leyes y todo lo que entendemos por normal que nos permite sobrevivir y coexistir con otras normalidades extranjeras. La vida es tan fácil como sobrevivir y a la vez tiene la dificultad de llenar el tiempo que tenemos entre las manos.¡Qué desgraciado me siento ahora que sólo necesito sonreír para ser feliz!
Y brotaba el manantial, las gotas cristalinas y redondas, como brillantes diminutos, inocentes y vírgenes. Necesitaba una palabra para expresar ese dolor, el mal, un fuego abrasador que lo estaba matando, que le daba la vida para ver cómo creaba la lluvia desde sus entrañas. Levantó los brazos al aire y gritó con todas sus fuerzas, arañándose la piel al intentar sacarse esa infección mortal y perniciosa que se cebaba con crueldad sobre él. -¿Es que me estoy muriendo? A su lado suspiraba silenciosa con un aire ensoñado por las palabras que acababan de emanar en cadencia deliciosa de los labios de Marcos. - No. Estás llorando. Al descubrir el lugar en el que se escondía la sensación, fue gritando su nombre por toda la extensión del lugar, como si de ese modo espantase al traicionero y cobarde. ¡No chilles, loco! Pero estuvo llorando un rato más antes de parar.
Mientras aún estaba con la piel erizada por la rabia desatada, Anne se acercó a la cama, lo arropó con cuidado con todas las mantas que se habían caído y le deseó las buenas noches con un beso en los labios al que no se resistió- como no se había resistido a la muerte de su padre- antes de alejarse por la puerta. Todavía saboreaba el delicado tacto de la saliva de Anne cuando estaba amaneciendo y marchó dando vueltas por las calles de la ciudad completamente absorto pensando en todo lo que le quedaba por hacer y lo lejos que todavía estaba de las garras de la muerte. Ahora veía a las personas todas ellas como una infinita prolongación de posibilidades, como un paisaje inexplorado; pero conforme se alejaba de Anne, del recuerdo de su padre, y la mansión repleta de dinero, más se daba cuenta de lo poco que necesitaba a ninguno de los tres. |
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