Carlos's profileEl Club de los Poetas Vi...PhotosBlogListsMore ![]() | Help |
Conversación por la mañanaAl bajar por las aceras la calle del río, los abetos de hojas verdes sobre el empedrado de piedras como puños, de puños como piedras. Al distanciarme más y más del recodo oscuro donde esperaba a que el sol se levantara sobre las rocosas y me regalara esa especie de sonrisa áurea, de saludo ígneo y sagrado. Fue entonces cuando me di cuenta de que sentía algo extraño en mi interior. Me escarbaba una especie de desazón perversa en el sudor frío de la frente y hasta lo más hondo de mi cuerpo. Pero me dije que no debía de ser nada. Hasta hacía poco había guardado el reposo de mi estado inconsistente, siempre febril y débil, ahora casi quebrado. Y como quien despierta de esa especie de sueño emponzoñado que es el que lleva a la muerte; tenía los ojos tan oscuros como la piel cetrina. Y por esa razón andaba con paso leve, susurrante y esmerado de un niño ignorante que aprende a andar. Apoyado a cada rama, asegurando los pies al suelo. En realidad no estaba yendo a ningún lugar. Era un día de esos en que puedes permitirte el lujo de respirar el aire, de sentir el viento, de palpar la hierba, de sentir sin más. Recuerdo ese mismo sitio de los árboles verdes de la vereda, donde caí al suelo vano, como en una bolsa de aire inmaterial. Después de dar tantas vueltas, me sentí morir; y quizá esa desagradable perspectiva me provocó la visión de una especie de mundo paralelo, de un lugar en donde realmente sí hay justicia, donde todos aprenden de sus errores pasados y son capaces de borrar la huella meticulosa de las palabras erradas. Un lugar en que se podía ser feliz, y ser feliz era el oficio. Una situación algo angustiosa, pero hemos de reconocer el fuego enfermizo, la huella de la enfermedad en mi mente. Jamás mundo tal podría ser imaginado siquiera. No hay tiempo, ni merece la pena el esfuerzo. Levantándome con un brazo de la humedad esponjosa del césped mojado, me vi levantado por mi amigo Cándido Fauza, con un rostro entre preocupado y triste. Tenía un sombrero de ala corta y unos ojos vidriosos. Sentados ya al calor de un fuego apacible, de las llamas ondeantes, me preguntó por mi salud, por mis problemas y por mi vida. Al no saber qué contestar con claridad y firmeza, le comenté lo que había visto, y le pregunté por el significado que para él tenía. "¿Alguna vez te planteaste aquello? Eso de que hay una forma de que la gente sea feliz en realidad", "Oh, bueno, ¿desde cuándo tiene importancia si yo lo pensase o no?", "Bueno. No estaba preguntándome por la importancia o no de tus pensamientos", "No sé, es que lograr mundos, cambiar las formas en que la gente se relaciona es cosa de los que toman decisiones", "¿Te refieres a los políticos?", "¿Quiénes son si no los que toman decisiones?", "¿Y qué quieres decir con eso?", "Estarás de acuerdo conmigo en que hay poco tiempo en esta vida, ¿no es así?", "Más o menos", "Pues bien, realmente un mundo feliz tendría que ser muy diferente a éste. Habría que pensar mucho en cómo hacerlo y luego hacerlo. Pero no hay tiempo suficiente. Uno puede dedicar todo lo que tiene al estudio de un mundo ideal, y cuando lo hallara, estaría tan sencillamente envejecido que no sería capaz de llevarlo a cabo. O piensas en qué hacer, o lo haces. Aunque en ocasiones la elucubración es precisamente la que labra la perdición de una persona al sellar su propio camino en la inactividad. De todos modos, no me gustaría que pensaras que me encanta caer en afirmaciones gratuitas y omniabarcantes", "Y qué me dices de la transmisión. Con este tipo de negaciones, poco menos que contradices los principios de la educación", "Convendrás con que hay cosas que no se pueden enseñar. Es como dar el resultado de un problema, o contar el desenlace de una historia: el proceso aporta el sentido, así como el valor de la solución", "¿Y no se podría llevar a cabo un plan a partes?", "Y es lo que se supone que se pretende, así que los políticos son los encargados de hacerlo. Yo nunca pretendí meterme en sus afanes, en la pretensión de hacer creer a los demás que soy capaz de canalizar sus aspiraciones o encontrar respuestas a las eternas preguntas que me martirizan y me van destruyendo poco a poco", "En ese caso, si la gente como tú se entrega a la pesimista destrucción de su propia personalidad, ¿crees que obran bien?", "Nunca dije tal cosa. En todo caso, te he preguntado yo a ti primero acerca del particular", "Cierto. Me parece una forma bien curiosa de responder a mis preocupaciones por tu salud, tus problemas y vida. Me parece que eres el claro ejemplo del que hablas, y que andas por las calles como un pordiosero porque no has sabido jamás hacer nada, a pesar de ser capaz de embaucar y aturdir con tus palabras. Tienes la inteligencia de los hombres, pero también su estupidez más incomprensible", "¿Pero es que ahora el hombre vive del deber?¿Es que no se necesitan ya a las personas locas, necias, desgraciadas?", "La inteligencia no tiene por qué devenir en desgracia; no justifiques tus pesadumbres de ese modo tan burdo", "No deberías de haberme levantado", "Ay... yo sin embargo pienso que sí". Seguimos en silencio unos segundos más, con el crujido de los troncos quemados con el beso de las llamas. Nos miramos como se deben mirar dos troncos de madera que se han golpeado, con el mismo tipo de silencio o la misma soledad de los pollos que comen cerca, pero no juntos. - De todos modos, tanto da. Aún es por la mañana, ¿dónde te van a llevar hoy tus pasos? Sky, Blue Sky -No sé cómo decirlo, Nico. Cómo decir que no siento que hoy sea un día como ayer, como mañana... no sé cómo expresar que siento tanto que no sé cómo decirlo.
-Pero ya estás aquí, y no has necesitado responder a ninguna de esas preguntas. Fíjate bien. El cielo está azul, donde lo dejaste y de nada te sirve sentirte mal. Todo está tan mal... ¡dilo! Por qué no decirlo. Pero pronto te das cuenta de que no sigues viviendo como lo haces por conseguir que deje de estarlo. Si no porque es la única forma que tienes de ser. Y... la verdad es que es mejor así.
-Hace tanto tiempo... ya... que dejé tantas cosas en la memoria... y pones un gato al lado de otro y hasta que no pasa un tiempo no se quieren. Es muy triste, ¿no? Pensar que realmente eres como un animal, que no hay nada más. Que si hubieras nacido en un lugar diferente serías otra persona.
-Deja de perseguir cosas invisibles. Cosas que no se pueden ver. A mí me conoces, a mí me quieres. Eso es lo que tienes que tener claro antes de nada, Lou. Y la vida tendrá tantas vueltas como quieras darle...
-Pero si giras demasiado, te mareas, y caes. Un Paseo por aquíEl sabor prófugo y timoteado,
como de laureles y hierba buena,
de la brisa y el templar sereno,
sonoro, de la mañana;
con esas ramas de olivo
verdes; con esos pilones de escarcha,
trenzados, labrando las hojas
de las remotas horas perdidas.
Y al sonar verdes
los crujidos ansiosos de su lecho,
y esos golosos
ojos sin techo
que también la muerte tornaba a la mar
profunda, desfigurada y eterna;
a la mar sonora, de la mañana,
llegó a lomos de las alas blancas del caballero negro,
sobre los caminos; que ajados, volvían su suerte
hacia el cielo; este azul, el del firmamento,
sostenía las almas mucho antes de nacer
tú, de nacer sin más.
Para captar la voz,
la serena párbula,
el amanecer claro
de un siniestro y crápula
carnicero de dientes amarillos,
amarillos y pequeños,
como de rata.
Como de esas ratas
que no vuelven
porque no han de ser acogidas
por quienes les odien.
Saiph.
"Paseo por las calles
verde palo
de azul y sombra
entre los colores
de las calles
y del cielo."
Saiph.
Oh, y me siento tan turbado al descubrirme entre tantas cosas... Finalmente el que anda Sólo es UnoUna buena mañana, Ernesto Amador fue descubierto muerto en su habitación. Después de tanto tiempo encerrado en su casa, administrando sus ingentes cantidades de dinero, salió tumbado y frío camino del cementerio. Todo el mundo lo recordaría ante su único y joven descendiente como el más loable de todos los hombres; mientras, él mismo tenía muy presente, mirando al cielo despejado, que era la primera vez que veía la luz del sol fuera de los grandes muros del majestuoso palacio donde vivía.
Al día siguiente, el pequeño Marcos despertaba como de un sueño. Pensaba que encontraría de nuevo a su padre encerrado en el escritorio; haciendo cuentas, escribiendo las órdenes que tanta gente estaba esperando. Pero no lo encontró. Se pasó un rato más dando vueltas por los oscuros pasillos antes de abrir- como un animal enjaulado que teme lo que puede pasar- con cuidado la puerta de su propia casa. Oh, Marcos ya era libre. Cuando se vio fuera echó a correr con todas sus fuerzas y dejó la puerta abierta. Llegó al camino verde, silvestre; a las piedras del río estrecho que navegaban o embadurnadas en lodo se hundían en el lecho helado. Estaba ansioso como nunca lo había estado antes y el corazón intentaba escabullirse de él y hundirse en las aguas vivas para ahogar la llama que lo estaba abrasando. El humo ya estaba muy cerca, el humo de la ciudad y los ruidos ajenos. Pues la ciudad era un lugar extraño- no singular, sino extraño-; tanto por las casas cerradas, las puertas y esos ojos como salidos de otro mundo que gritaban canciones codificadas por un murmullo lastimero y desgarrador. Ni siquiera sabría decir por qué esa sensación extravagante de falta de familiaridad hogareña, agradable a la vista y, por qué no decirlo, al gusto; ese gusto destilado y entrenado en los vapores de las cocinas desde hacía ya tantos años; le asaltaba como si se tratara del producto de una premonición. Era una pesadilla que le golpeaba en el rostro y lo dejó ahí tumbado boqueando en mitad de todos sin que nadie lo percibiera.
Desde la oscuridad comenzaba a distinguir las cosas que tenía a su alrededor. Estaba tumbado con el hedor pestilente de alquitrán pegado a la nariz. Recordaba que un hombre lo había empujado hacia la calzada y un destello anaranjado lo había golpeado con violencia tirándolo al suelo. Estaba temblando y una mujer de avanzada edad lo estaba inspeccionando; le tenía la cabeza con ambas manos y lo miraba con aire de profesional. “Chico, ¿me ves?¿me oyes?”. Marcos creía que la mujer bromeaba; pero contestó: “Claro. Claro que la veo, claro que la oigo. ¿O acaso es que no está ahí y no está hablando?”. La mujer pareció alegrarse mucho y le dijo que fuera a su casa para que pudiera ver si había tenido algún tipo de lesión. El joven obedeció sin contestar- parecía un niño amaestrado, a pesar de que ganara en altura a la mujer y ya tuviera la mayoría de edad-, tirado de la mano por delante de unos jardincitos floridos, alguna casa descolorida y dos calles residenciales. Allí estaba: una casa blanca y alta sobre un césped corto y una valla roja. La mujer lo sentó en la mesa de su cocina, le preguntó su nombre, le dijo que ella se llamaba Emily, que el conductor se había dado a la fuga, que parecía que estaba el chico bien, que de dónde era. Él contestaba con monosílabos, cortos y contundentes. Le era desconocida la amabilidad de la señora Emily, y a pesar de que le fuera agradable esta disposición, no podía corresponderle del mismo modo, ya que era un iletrado en las artes de la relación social.
De repente, la señora Emily llamó a su hija entre pregunta y pregunta y apareció bajo el quicio de la puerta. Serían las palabras del mismo Marcos Amador en papel. Ese figurín de blanca y tersa, de pureza límpida, inmaculada y bañada en luz. Despertaba absorto del orden sordo e incoherente del ruido que, en su crepitante cesar reactivado al instante, contagiaba de su pecado. Volvía esta Afrodita del jardín encantado. De su prisión y su hogar raptado después de mil años de soledad y vida leve, arrancaba la melancolía casi vidriosa de sus ojos azorados, llameantes y salvajes; por esa nívea presencia, coronada de oro y tirabuzón. Ella se acercó a la orden de Emily, acercó esa fragancia de azahar, de magnolia y hierba fresca, y cuando puso su delicada mano de seda- suave y dulce como el murmullo de las hojas sobre las aceras- sobre su pecho desnudo, un estremecimiento le recorrió cada prolongación de su ser y más allá de su cuerpo. Nunca una mujer le había tocado piel con piel, salvo la señora tan amable, unos minutos antes. El temblor causó risa en la joven que lo auscultaba y Emily procedió a presentarlos. Se llamaba Anne. Parecía que había descubierto una hemorragia interna a la altura del tórax, una herida que, cada vez con mayor insistencia, lo arremetía con una intensidad creciente. Emily ofreció al joven su casa para descansar esa noche y asegurarse de que la herida no era grave, así que Marcos se dejó llevar hacia la habitación de invitados como se había dejado llevar tantas veces por su padre- como si apenas un día lo separara del jardín de infancia, de la despreocupación por lo que realmente es importante o parece que tiene que serlo- de la mano de Anne. Oh, esa mano. Oh... qué inaguantable sensación, qué escandaloso ruido el de su corazón.
Estaba tumbado y sin dormir debajo de la gran cantidad de mantas perfumadas cuando abrió los ojos y vio a Anne espiándole muy de cerca. Por un momento se asustó, pero de repente, todas esas sensaciones que lo acechaban al mismo tiempo; la vida fuera de lo que había sido su casa durante tanto tiempo, la ciudad y el atropello, la amabilidad y la belleza, el dolor y la tragedia del padre perdido, le llevaron a sus ojos una húmeda protección al tiempo que se le escapaba un gimoteo apagado pero profundamente triste. Ella le preguntó que qué le pasaba. - No sé qué pasa que no sé lo que me pasa.- respondía cansado.- Las luces y el color de todo me dañan los ojos, así que los cierro, pero entonces me vuelvo ciego. Todo esto es demasiado nuevo para mí y ya estoy agotado de que me ofrezcan cosas que no soy capaz de entender, ¿o es que no hay nada que entender? No necesito saber contar para tener presente que me sobra el dinero para vivir toda una vida de placeres, pero tengo tanto miedo de volver a mi casa como de quedarme fuera para que me atropellen o me dejen anonadado. ¿Qué es lo que quiere la gente?¿No se puede ser más feliz estando solo? De modo que nadie te abandone, nadie se muera, ni te ataque, nadie te decepcione. Sin sobresaltos y sin juegos, sin trampas en las que caen los necios como yo. Ésa era la filosofía y la moral que me transmitió Ricardo sin apenas hablarme, ¿no es más fácil dejar que un niño vea lo que hay alrededor y extraiga lo que significa para él que mentirle, encauzar y restringir su visión? Supongo que no, porque entonces acaba sin tener los principios adecuados, las normas y las leyes y todo lo que entendemos por normal que nos permite sobrevivir y coexistir con otras normalidades extranjeras. La vida es tan fácil como sobrevivir y a la vez tiene la dificultad de llenar el tiempo que tenemos entre las manos.¡Qué desgraciado me siento ahora que sólo necesito sonreír para ser feliz!
Y brotaba el manantial, las gotas cristalinas y redondas, como brillantes diminutos, inocentes y vírgenes. Necesitaba una palabra para expresar ese dolor, el mal, un fuego abrasador que lo estaba matando, que le daba la vida para ver cómo creaba la lluvia desde sus entrañas. Levantó los brazos al aire y gritó con todas sus fuerzas, arañándose la piel al intentar sacarse esa infección mortal y perniciosa que se cebaba con crueldad sobre él. -¿Es que me estoy muriendo? A su lado suspiraba silenciosa con un aire ensoñado por las palabras que acababan de emanar en cadencia deliciosa de los labios de Marcos. - No. Estás llorando. Al descubrir el lugar en el que se escondía la sensación, fue gritando su nombre por toda la extensión del lugar, como si de ese modo espantase al traicionero y cobarde. ¡No chilles, loco! Pero estuvo llorando un rato más antes de parar.
Mientras aún estaba con la piel erizada por la rabia desatada, Anne se acercó a la cama, lo arropó con cuidado con todas las mantas que se habían caído y le deseó las buenas noches con un beso en los labios al que no se resistió- como no se había resistido a la muerte de su padre- antes de alejarse por la puerta. Todavía saboreaba el delicado tacto de la saliva de Anne cuando estaba amaneciendo y marchó dando vueltas por las calles de la ciudad completamente absorto pensando en todo lo que le quedaba por hacer y lo lejos que todavía estaba de las garras de la muerte. Ahora veía a las personas todas ellas como una infinita prolongación de posibilidades, como un paisaje inexplorado; pero conforme se alejaba de Anne, del recuerdo de su padre, y la mansión repleta de dinero, más se daba cuenta de lo poco que necesitaba a ninguno de los tres. El secreto del Señor Vela Marito Amando era el hijo mayor de Mario Vela. Tenía el pelo claro y los ojos de niño. Estaba con Tomás y Mateo en la casa cuando entró su padre enfundado en un chubasquero cubierto por el agua. Los niños, sentados en la mesa comían en silencio, pero cuando entró Mario, todos se dieron la vuelta para ver el semblante oscuro como la prenda que llevaba. Igual que un perro rabioso, pasó como una exhalación, si ver, sin pararse a saludar y extrajo unas varas metálicas de unas fundas aterciopeladas. Eran las palancas que utilizaba en su trabajo. Ninguno de sus hijos fue capaz de decir nada mientras se movía impulsado por fuertes convulsiones. Pero Marito lo acompañó armado de uno de los dos metales.
Bajo la lluvia, esperaron en silencio. Las gotas no eran ruido para sus músculos fríos y tensos, sin embargo, su hijo mayor estaba llorando. Se abrió la puerta de la casa y salió un hombre con sombrero y gabardina. Todo de tela, de la seda cara de las tiendas en donde el olor del pobre se percibía a kilómetros de distancia. Mario Vela lo miró en esos ojos de niño con sus párpados áridos, sus determinación seca y salvaje. Con la barba sin afeitar y el rostro chorreante de agua. Fueron los dos, uno al lado del otro. El hijo mayor había entendido ya y su padre había visto muchas veces que se levantaba sobre los músculos como un artista de la armonía anatómica. Ambos tenían la fuerza brutal de los viejos remeros como una memoria genética. Andaron tras él y la voz de Mario sonó ronca: ¿Es usted Marcelo Puerta? Y se dio la vuelta y vio esos espectros con varas y tuvo miedo. Marito bajó la punta sobre su cabeza.
Las últimas lágrimas de lluvia se habían secado dos días después. El sol abrasador caía como una bofetada desde el cielo.
-¿Y qué dices que le ha pasado a tu esposo?
- Ha muerto. Ha muerto de forma natural.
- Qué raro.
Estaban acostados y él llevaba un cigarrillo en la mano. Desnudos frente al balcón que había tenido las persianas subidas toda la noche. El inspector siempre se dejaba las persianas subidas y ella acudió a sus aposentos con una frecuencia algo irregular los últimos meses. Se llamaba José Juan José y ella Esmeralda. Un nombre del que se mofaba el antes nombrado.
- Me refiero a que murió de la única forma que podía morir; fue asesinado.
- Ah, eso ya es otra cosa, nena.
Ni siquiera le dio una calada, ya que nunca fumaba. Mientras hablaban no se miraban a la cara, como si los momentos de cariño se hubieran consumado ya, y sólo quedara la indiferencia e impersonalidad de la conversación que estaban teniendo.
- Haré lo que pueda.
Marito Amando tenía las manos manchadas de sangre. Como todos los que tienen una experiencia inolvidable, se debatía entre la soledad a la sombra y los gritos de madrugada. Cuando apenas se alejó unas semanas de sus fantasmas, ya vociferaba con sus amigos en algún bar, agarrado a las cervezas vacías. Su padre nunca le dijo nada, a pesar de verlo llegar desde su sofá viejo, sin tenerse sobre las piernas; y a pesar de eso, su hijo no podía evitar mirarlo con odio desde la embriaguez, echándole en cara todo, mofándose de él, destruyendo esa especie de pureza que había trabajado sobre él como si fuera mármol durante tanto tiempo. Esperó tantas veces sin dormir una explicación que terminó por odiarlo y por hablar solo. En esa casa se había tejido una red oscura e inquebrantable de silencio. Fue una noche como esas en las que el hijo mayor volvía a la madrugada, cuando llegó un hombre alargado con la camisa abierta por el pecho y unas gafas de sol antiguas. Mateo y Tomás eran gemelos, y tan pequeños, que no se había enterado todavía de que las cosas en casa habían cambiado. Era un bajo de un edificio cincuentón y las paredes de la fachada tenían la pintura desconchada por la humedad. Parecía una mueca de dolor hacia el parque, a sus flores muertas y vegetación disecada.
- ¿Una copa?
- Por favor.
Mario Vela estaba pensando en lo que le llevó a actuar como hizo, a lo que significaba la vida y lo que todavía merecía el respeto, el riesgo o la vida. Sus hijos hacían ruido en el cuarto de al lado.
- Supongo que sabe por qué he venido, ¿verdad?
Al inspector no le latía el corazón, o eso dijo su madre una mañana cuando le puso el oído sobre el pecho. Hacía mucho que no sentía nada, que caminaba sin que le importara que una bala le quitara la vida. Para él habría sido lo mismo morir allí que en cualquier lugar. Y por eso hablaba con su voz de cínico desencantado y paseaba a un perro que llevaba años sin ladrar. No dormía por las noches y tenía la piel blanca. Las sutiles arrugas recordaban las grietas de las paredes del manicomio. Mario Vela esperaba mientras sudaba.
- ¿Cómo se llama, detective?
- Me llamo José Juan José.
- ¿Y por qué le pusieron ese nombre?
- Supongo que porque mi padre se llamaba Juan José y nací el día de San José.
- ¿Y cuánto sabe, José?
- Emmm- el inspector estaba preguntándose si había sido por el José que correspondía a Don Juan José Riviera o era hacia su origen beatífico la referencia- Lo suficiente como para que usted pueda cambiar las cosas haciendo algo.- ni siquiera le importaba una mierda que el otro le mirara a la cara. Él estaba jugando con un mechero, echando un vistazo a su alrededor.
- Yo lo hice. Sólo yo maté a ese hombre.
José Juan José de repente lo miró. Parecía gracioso con la sombra recortada, esparcida por su cara. Tenía los ojos alargados y la voz grave. No sonreía, tampoco nadie recordaría años más tarde que hubiera tristeza o melancolía en su rostro. Sencilamente no había nada. La mano de Mario Vela estaba tan quieta como sus ojos esculpidos con una brutalidad carente de calor humano. Eran secos como las grietas secas de la tierra arcillosa en verano. No tembló jamás, ni temblaría.
- Es curioso, por las heridas juraría que hubo dos hombres atacándolo al mismo tiempo.
- Llevaba dos varas cogidas por cada una de mis manos.
Los ojos del inspector, negros, negros.
- ¿Seguro?
- Del todo.
Marito Amando llegó a su casa y, borracho. Al no ver a su padre en el sofá, lo odió con más fuerza y se fue a dormir. A partir de entonces, nadie lo volvió a llamar Marito, a pesar de que terminara perdonando a su padre y siguiera teniendo ojos de niño y nunca supo el motivo por el que tantas noches tuvo que lavarse las manos de sangre. Nunca supo por qué había matado a ese hombre. La Tierra dorada Recordaba haberse acostado después de estar largo tiempo dando vueltas en la cama; lavarse las manos, cepillarse los dientes, pero se despertó en un lugar muy diferente. Todo era demasiado grande; más de lo que lo recordaba. Una playa inmensa se extendía a lo lejos, las hojas de una palmera a penas tapaban la luz sobre él. Se puso a andar con las manos en los bolsillos. Si alguien lo hubiera visto desde lejos, le hubiera parecido un niño que jugaba a pensar. Tenía los ojos oscuros y la piel clara. A pesar de que fuera todavía muy joven, la melena lisa le llegaba hasta los hombros y era rubia como el dorado de la tierra que trae el mar. El joven se llamaba Aquiles.
Una vez, hacía ya por lo menos un año, cuando su padre aún le contaba historias a la hora de acostarse y no paraba de hacer preguntas, le dijeron que los sueños eran el planeta al que los niños iban cuando dormían; pues una persona realmente no puede estar tan dentro de sí misma que no esté en ninguna parte. Lo recordaba siempre, como tantas otras cosas que la gente dice para salir al paso; pero, ¿qué pasaría si...? En las sombras de la habitación, artificiales, la bombilla y la lámpara. Detrás de las persianas se oía un murmullo desalentador, la lenta máquina que pone en funcionamiento el mundo: ese rugir de coches como una respiración anquilosada, un ronquido enfermizo y muerto. Allí estaba la playa.
Se encontró con un hombre anciano que contaba granitos de arena. En una mano tenía una botella de agua y Aquiles preguntó:
AQUILES: ¿Qué hace señor?
SEÑOR: Estoy contando el número de gotas que tiene un litro de agua.
El joven se quedó mirando el plástico y vio como de repente caía una gota minúscula y entonces el otro pasó un grano de arena de la playa a su mano.
AQUILES: ¿Y le gusta mucho contar?
SEÑOR: ¡Qué estupidez! Contar sólo me sirve para saber cuántas gotas tiene un litro. Contar en sí no significa nada. La pregunta debería de ser para qué necesito saberlo.
AQUILES: Ah... disculpe.
SEÑOR: Hay muchos que se creen muy inteligentes no sabiendo nada. Y cuando yo lo sepa tendré el poder de decidir quién puede saber y quién no.
Desde que sus padres se divorciaron, Aquiles se fue distanciando más y más del exterior. Se inventaba historias, cuentos. Estaba seguro de tener el control; nada era real. Ahora se encontraba pisando las mismas aceras, y todo fluía fuera de sus manos. Era más que un sueño, un universo paralelo en el que había creado vida. Marta, que había guardado todos los papeles que había trabajado el niño, comparaba, y se daba cuenta de que, cada vez más, las rayas que al principio eran una sugerencia, la abstracción, la idea del referente, abandonaban la ambigüedad y se convertían en representaciones tan detalladas que, su madre llegó a dudar de que los monstruosos dibujos no tuvieran referentes reales. La literatura había dejado de ser interpretación para convertirse en un grito desesperado. Y quién dice que un dibujo no es literatura. Pero no podía haber visto nada parecido.
Sentado y con las rodillas cogidas entre los brazos, esperaba el muchacho las preguntas del doctor.
FRANCISCO: Y cuántas veces has visto esa playa, Carlos.
AQUILES: [murmullo] Me llamo Aquiles.
FRANCISCO: Vale, vale. ¿Cuántas veces, Aquiles?
AQUILES: Muchas.
FRANCISCO: ¿Estuviste en alguna playa antes de perder la vista, Aquiles?
AQUILES: Sí.
FRANCISCO: [anotando en su libreta] Háblame de ese lugar.
AQUILES: La tierra es dorada, el agua transparente, y hay gente que me habla.
FRANCISCO: ¿Y qué te dice esa gente?
AQUILES: [molesto] Cosas.
FRANCISCO: ¿Qué tipo de cosas?
AQUILES: No sé, ya sabe. Lo mismo que la gente normal. Hablan, hablas...
FRANCISCO: Entiendo [hace una pausa] ¿y de dónde viene lo de Aquiles?
AQUILES: Es así como me llamo.
FRANCISCO: ¿Así te llama esa gente?
AQUILES: [resoplando] No.
FRANCISCO: ¿Por el personaje de la Ilíada?
AQUILES: No...
FRANCISCO: Entonces... ¿por qué?
Después de serpentear por los caminos que rodeaban los troncos negros del bosque, llegó a la ciudad. Todos los edificios estaban adornados con pan de oro y los habitantes estaban fuera de sus casas. Sonrientes, hablando. Después de miles y miles y miles de kilómetros, seguía sin ser ese el lugar que había estado buscando. Estaban con él el perro guía Bobby, también Lucas y Manuel. Subiendo a lo más alto de la cresta rocosa, frente al lago de lava en las profundidades de la tierra. Y ahora de nuevo entre muros, junto a la ficción social y las conversaciones de las gentes. Ahora estaba cansado.
AQUILES: En la cultura griega puede significar gloria. En la lengua brahamánica tenía un origen distinto. Es tierra de oro.
Cansado de buscar respuestas dentro de sí mismo. De vivir en el planeta de los sueños y andar entre su oscuridad completa hacia ningún lugar, con ningún objeto y solo.
AQUILES: Y oro es el destino del viaje. El sentido.
FRANCISCO: ¿Entonces qué es Aquiles?
Pero ya no había nadie en torno a él. Los edificios sucumbieron a la oscuridad y el suelo no se hundió a sus pies. Ni siquiera se cayó. Ahora se observaba con interés en un espejo de la habitación del psicólogo. Giró la cabeza para mirar a Franciso a los ojos.
AQUILES: Aquiles soy yo.
El doctor escribió antes de irse a dormir y con un temblor que le recorría el cuerpo. "Si el niño está ciego [pausa] daría igual que no lo estuviera. Me ha fijado con esos puntos negros y por un momento he pensado que veía una cosa de mí que yo tampoco quería enseñar". Esperó un poco más, releyendo sus propias palabras: "Ese Aquiles se hace el ciego para llamar la atención". Y si no se pudiera comprobar médicamente que no veía nada, se lo habría creído.
Demos gracias de que hay cosas que la ciencia no es capaz de demostrar.
AQUILES: ¿No va a decir nada?
FRANCISCO: Claro que sí. Debe ser cosa de la resaca Se llamaba Luis, y lo primero que pensó al incorporarse es que no conseguía acordarse de nada. Era de noche cuando se levantó y todo estaba negro a su alrededor. Las sábanas blancas eran un amasijo desgarrado en varias partes a un lado de la cama y cuando se sentó en el colchón tuvo que agarrarse la cabeza con las dos manos por el dolor que sentía. Era como si una aguja se le hundiera en el cuerpo y rebuscara en su interior el camino sobre el que tanto tiempo había estado trabajando. Al incorporarse parecía un estúpido, tanteando todo con las manos, en un entorno indómito. No es que no viera las cosas, sino que creía tener clavados sus ojos sobre él. Procuraba no enfadar al jarrón para que no se le abalanzara. El misterio de la oscuridad era apoyado por el olvido, que como una bruma lo separaba de todo a la vez que lo acercaba a su esencia. Podríamos decir que al confiar en los ojos de las paredes, era capaz de mirarse a sí mismo y juzgar como si fuera otro que, desde fuera en realidad, observa. Acababa de acceder a un mundo extrañamente mágico; quizá por casualidad, pero así fue. Ahora nada era nada en sí mismo, y todo estaba tan unido que era difícil determinar el comienzo de la existencia o la pasividad inerte.
Debió de ser la luz, el fuego, la propia sabiduría y el conocimiento los que desvelaran las sombras que se extienden tras las estacas. Al apretar el interruptor del pasillo, se encendió la bombilla. En sus sueños febriles, había supuesto tantas cosas que, de pronto, perdió la perspectiva y consiguió ver a través de la intercesión de este nuevo compañero. Se planteó si fue ese momento en el que realmente comenzó a ver de verdad, pero no supo responderse. Las ideas y los recuerdos lo empezaban a asediar mientras todavía se tambaleaba: el coche, la sangre, el cuchillo, ún niño que decía hola, el cuarto de un baño en el que empujaba una pared, los faros de un coche, el almacén, la carretera. Como fogonazos de cámaras impertinentes. A penas pudo evitar caerse de espaldas contra la moqueta del suelo, aunque acabó derribándose y golpeándose con fuerza en la cabeza.
Ahora notaba como cada parte de su cuerpo le acariciaba suavemente; las puntas de los dedos de sus pies le cosquilleaban levemente así como su lengua, sus ojos y su nariz. Recordó a la señorita Diana, que prefería a los hombres con las cosas claras y el atasco que le había retenido durante varias horas en la entrada de la A-6 en Madrid. Se levantó de un salto y abrió la nevera. Ahí estaba el agua. Cogió un vaso, lo llenó y se lo llevó a los labios con fuerza descargando todo por la garganta y su pecho desnudo. Y una vez más. Ahora lo veía más claro. Sentado detrás de la mesa en su despacho, rellenando unos papeles para la universidad, repartiendo cajas, leyendo Cien años de Soledad. Comenzó a caminar, desandando el pasillo. Las llaves, las manías de Laura, el sofá de los domingos y la comida precocinada. Sentía de nuevo el dolor a la altura del vientre y fue encajando todas las piezas: Sabía que llegó borracho en su coche, que acabó de cenar con el cuchillo aún en la mano, y se lo clavó ya en la cama. Al llevarse la mano a la herida, aún encontró ese color rubí tibio.
Todo estaba teñido de rojo en la habitación. Se acabó durmiendo mientras todavía se desangraba. Se sonrió al sentarse y rebuscó en la brecha que tenía con el dedo índice.
Ha sido como volver a nacer, pensó. Nunca pensé que ser un ignorante diera tantos beneficios, porque ya lo entiendo todo. Si hasta ahora no he sido capaz de recordar algo que me hace realmente yo mismo, es que en el fondo no me importa en absoluto. Todo lo que acabo de ver eran momentos que no dicen nada, razón de más para abrirse una brecha; estupideces incoherentes. Quizá es que, como ser humano, dependo más de lo prescindible. Pero si el amor y la amistad han sido sólo palabras, sigo confiando en que sea el suicidio la forma más eficaz de matar el tiempo. As Lembrazas do MarLlegan tarde el lamento y el crujido como de pisadas de las saetas que tras el cristal pasan, miden el tiempo.
Pero no son sus ojos los que miran ya. Fijaos en que la cristalina luz del destello de una estrella, también desaparece.
Al atardecer la luz se muere, brota el sepulcro limpio de su recodo infame para recordar a los vivos la oferta secreta en un minúsculo cuerpo de plata, o quizá nada. O tal vez la oscuridad ha vuelto a jugar a su juego predilecto; engañando, dando prisa a la razón por aparecer con cualquier invento que sacie esa sed que llevamos dentro.
Sólo sé que el Sol sólo es Sol si lo parece y que en la caricia del silencio nocturno las palabras cortan el cielo como navajas.
En estos versos, en mis ojos todavía creo estar tocando el agua de la playa. Cosas que Simplemente No pasanPara compartir son malos tiempos, ya lo decía mi padre. Era una época en la que la ficción se debatía en términos alejados de la verosimilitud. Llegó a mi pueblo creado, cerca del lago y el valle que yo escribía poco a poco, una especie de monstruo. No es que quisiera matar (como todo monstruo que se precie), por lo que pude leer de mis propias manos, sino que lo necesitaba. A veces la vida de monstruo no es muy cómoda y el hecho de que la gente huya de ti dificulta la normalización de las relaciones sociales. Y cada uno es como es. ¿Tú respiras? Yo mato a la gente. No es que sea yo quién para juzgar, pero el pueblo sobre el que estaba escribiendo no entendía esa costumbre tan atípica y la tolerancia tiene ciertos extremos. El caso es que existen los colores, pero a uno no le puede gustar el color... casa, pongamos el ejemplo. Se trataba de un pueblo pequeño, con habitantes normales, vestidos, que trabajaban. De entre todo el pueblo existían muchos muchachos jóvenes, entre ellos, yo. Antes de que escribiera sobre la llegada del monstruo yo se había enamorado de una joven preciosa. Tenía unos ojos enormes, eso sí, sin salirse de los límites de la cara, entre otras virtudes no menos destacables. El día en que se conocieron yo y ella era verano, y el calor y la brisa encontraron sus miradas. Yo se quedó tan sumamente perplejo que el tiempo se detuvo. Se detuvo del todo todo. Ni tan siquiera al tiempo le dio tiempo de darse cuenta de que se había parado. Al tiempo, unas voces de coros celestiales sonaron tras de ella y un halo proyectado alrededor de sus cabellos la destacó de entre todo el mundo. Oh, pasión, oh corazón. Templa sereno que clama el cielo los sonidos roncos de tu despertar. Era ella la mujer de la vida de yo. Sólo faltaba un dedo gigantesco que saliera del cielo con un cartel: "Ella es, idiota". Pero no salió. Yo, que tenía mil palabras que contarle, en iluminadas noches en vela, dichas a rostros que se esfumaban con la imaginación ansiosa; yo estaba... nervioso. Para cuando el tiempo había recompuesto su devenir, se acercó a ella y ella lo miró con una sonrisa. Tantas palabras ardiendo en su pecho... ¿mil dije? Y todas ellas revoloteando en un mismo lugar, jugando con su lengua. Mil palabras son demasiadas, así que más o menos salió un murmullo ininteligible y aparentemente estúpido de su boca. Claro, ella cambió la expresión de su cara. Levantó la ceja, frunció el ceño y levantó el labio inferior. Se dio la vuelta en dirección al pantano donde le esperaban sus amigas que, para el caso, sólo tenían por objeto joder la marrana al personaje protagonista, poner interesante la trama y acelerar innecesariamente el desencadenamiento de los hechos (véase en La Regularidad de la Función que cumplen siempre las amigas de Ella en la vida real, libro necesario para todo estudioso de la vida). Yo gritó entonces: ¡No!¡No te vayas! -¿Por qué? -Joder... porque eres la Mujer de mi Vida y aún no me ha dado tiempo a decírtelo. -La... mujer de tu vida. -No, no: la Mujer de mi Vida. -Pero... ¿por qué? -No lo sé... pero lo eres. Y pienso hacer todo lo posible porque te des cuenta de lo mucho que me quieres. -¿Que me de cuenta? De eso una no se da cuenta. -Ya verás como sí. Ella lo miró de arriba a abajo. -Qué chico tan raro.- y se dio la vuelta para irse. Él le tomó la mano para que se diera la vuelta. -No me has dicho tu nombre. -Me llamo Sara... Sara de Santos. Y yo se puso las manos en la boca y gritó. -¡AMO A SARA DE SANTOS!¡AMO A SARA DE SANTOS! -¡Calla! -¿Por qué? -Porque es mentira. -¿Por qué iba a ser mentira? -Sólo estás demostrando que eres un infantil y un idiota. -Si para ser quien soy tengo que ser infantil e idiota lo seré. No te quepa la menor duda.... ¿me quieres? -¿Cómo te voy a querer si eres idiota? -¿Entonces no quieres a los que son idiotas? -No. -¿Ni aunque lo sean sólo un poquito? -No. -¿Por qué? -Porque si no yo también sería idiota. -¿Y si te convenciera de que ser idiota es lo mejor que te puede pasar en la vida? -Buf... qué pesado... -Oh. No me digas eso... yo sólo te he dicho cosas buenas y ¿tú te dedicas a insultarme? Te aseguro que si esta noche me acabo suicidando caerá sobre tu conciencia. -¿Vas a suicidarte? -No sé, no sé... ya veré... dependiendo de cómo te portes. -Me estás tomando el pelo. No te vas a suicidar... ¿o sí? -Como tú digas... -¡Ey!¡Te estoy hablando! -Tuturúturúuuuuuuu. -¡Dime que no te suicidarás! -¿Estoy oyendo algo? Será mi imaginación... Y claro. Entonces fue cuando hice que llegara el monstruo en acción. No fue exactamente entonces, pero sí un mes más tarde. Por aquél entonces, Carlos y Sara ya estaban dedicándose a oler las nubes en esta apartada orilla donde más clara la luna brilla. Entonces llegó el monstruo al centro de la plaza con sus aires de humildad y dijo muy amablemente: Ciudadanos del respetable pueblo. Hasta que no me derrote alguien, me comeré a una persona cada día. El listado del nombre de las personas lo he colgado en la puerta del ayuntamiento. Muchas gracias. Don Benito que fue uno de los primeros en llegar, protestó levemente con un carraspeo: Vaya hombre, mañana me toca a mí, con la de cosas que tenía que hacer sólo me faltaba morirme. Claro, para asegurarse de que le tuvieran que derrotar, el monstruo había cortado todas las salidas del pueblo. A los lectores imaginativos seguro que se les ocurren muchas formas de escapar, pero el monstruo siempre se habrá adelantado, ¿vale? Porque es muy listo y muy fuerte. Y el listado no se podía quemar. Yo, que es el protagonista, tenía muy claro que quería derrotar al monstruo y salvar a su pueblo. Pero una cosa es tenerlo claro y otra cosa es hacerlo. Primero dejó tiempo para que el monstruo se cargara unos cuantos personajes secundarios sobre los que no añadiré más que provocaron el incremento proporcional del odio por parte de los ciudadanos, entre ellos nuestro héroe, que es yo. Luego dejó un poco más de tiempo para que se presentaran dos o tres a intentar vencerle en combate que fueron deshonrosamente derrotados; porque sino no tiene mérito, y luego fue él para allí. Suponía que tenía que llevar algo en las manos, pero se le había olvidado, así que mientras iba de hacia el hogar del monstruo tomó una piedra del camino y una ramita. El hogar del monstruo estaba al final del sendero que subía por la colina y tenía una puerta enorme, así que llamó. Le contestó la voz del monstruo; ¡La puerta está abierta! Así que pasó. ¿Puede hacer el favor de esperar en la salita?¡Me estoy duchando! Se sentó en el sofá de la salita y yo se puso a observar el cuarto. Estaba claro que no se trataba de un monstruo cualquiera, tenía clase. Un televisor de al menos 52 pulgadas, unos cuadros con paisajes y fotos de familia, perfectamente dispuestos, creaban una armonía agradable a la vista; y ese olor que impregnaba el ambiente relajaba el cuerpo y excitaba los sentidos al mismo tiempo. Parecía una casa de ensueño. Se notaba que era un monstruo de mundo. Pero... tantas fotos que tenía. Bueno... De repente dejó de sonar el agua y salió el monstruo de la ducha. Tenía una toalla desde la cintura a los pies y el pelo mojado hacia atrás. -No te importará que te coma así, ¿verdad? -No, no, no he venido por eso. -Entonces, ¿qué?¿Es el del gas? -No. Se hizo un silencio tenso en el que se oía hasta la última mosca comentar ¿cuánta gente hay en esta habitación? Es que veo muchas veces lo mismo y aún no me he acabado de acostumbrar. -¿Entonces quién eres y qué quieres? -¿Puedo responderle con una adivinanza? -Claro. -Soy tu hijo Aranda. -¿Qué? -Papá... soy tu hijo Aranda. -Pero... yo no tengo hijos... -Sí. Tienes uno. -¿Sí?¿Y quién es? -Soy yo. -Ah... claro... las piezas comienzan a encajar.... ¿y cómo te llamas? -Me llamaron Aranda la gente que me encontró. -Claro... es cierto. -Pero ya me estoy acostumbrando a que pases de mí, ¿sabes? -Pero... ¡hijo mío!¡puedo cambiar! -Y además ahora querías comerme... no te habría importado si yo no te hubiera dicho nada, ¿me equivoco? -... -No has cambiado nada, padre. -¿Cómo podría hacer para compensarte? -Pues si te mataras en mi nombre te perdonaría, desde luego. -¡Pues así se hará! -¡Vale! -¡Bien! El monstruo cogió un cuchillo y se lo clavó en la garganta. -Hale, ¿contento? -Pues sí. El monstruo sonrió de satisfacción. Después pensó un rato y miró extraño al joven. Luego se miró la sangre de su garganta. -¡Hijo puta! Se cayó al suelo por la pérdida de sangre. -Por lo menos... sigue mi trabajo, hijo mío... acaba lo que yo empecé. -Esto... monstruo, siento decepcionarte, pero no soy tu hijo. -¿No? -Se trataba de un acertijo. -¿Ah, sí? -Sí. Soy tu hijo Aranda, el que miente más que habla. -Vaya por dios. Pues un hijo mío no debería de mentir tanto, ¿vale Aranda? -Eh... claro... Por aquel entonces el oxígeno debía de llegar escasamente a su cerebro, porque si no, no se explica. -¿Quieres una piedra o una ramita? -No, hombre. Las necesitarás en el futuro. Para compartir son malos tiempos, hijo.
Y es que ya lo decía mi padre. Las hojas Verdes del Árbol secoÉl era una persona normal, como todas las demás. Vivía en una ciudad lo suficientemente grande como para que nadie agachara la cabeza si te estabas muriendo en la esquina de al lado, cerca de un río que se llamaba Manzanares. A pesar de que hubiera nacido en una carretera, entre una ciudad que nadie conoce y Huesca, ya hablaba del trabajo cuando le preguntaban qué tal el día y no tenía tiempo para mirar silenciosamente las gotas al caer en su chop chop, en su triste melancolía. Un día se fue al mar en una barca no muy grande con dos o tres personas más. De repente, sin previo aviso, se presentó la tormenta como salida de la nada y volcó la barca. Él, que aprendió a nadar cuando no subía por encima de la mesa en altura, estaba acostumbrado a llegar a la extenuación y mucho más. Pero se habían alejado demasiado de la costa y no veía a los que fueron con él. En las arrugas que rayaban escasamente, perfilando la unión entre las comisuras y la nariz, estaba escrita ya la frase, en su propia boca, en su lengua, de sentido universal: "Si luchas contra todo lo que se te pone por delante; no puede salir mal". Pero nunca se ha dicho que las leyes físicas giren en torno a nuestros principios o designios. Por desgracia también él había madurado lo que permiten los años y se había dado cuenta de que el ser humano es limitado y nadie puede hacer nada para remediarlo. Es el efecto secundario de la fiebre de la rutina y la afección práctica por las cosas que hacen la vida. Continuó braceando con regularidad hasta que perdió el conocimiento. Así se fue su cuerpo a la deriva, como querían las olas. A las dos semanas, se dio cuenta de que oía algo a su alrededor, como un zumbido raro, un murmullo desfigurado; las palabras de personas. Abrió los ojos con esfuerzo y se encontró con un grupo de personas que estaba congregado a su alrededor. Ellos estaban desnudos y él también, no sabía muy bien por qué. Así que acudió a taparse sus atributos viriles, como haría todo hijo de vecino. Al ver que se despertaba, una mujer joven del grupo, se adelantó y comenzó a señalarle tocándole el pecho para luego señalarse a sí misma y hacer como una especie de abrazo con las manos. A él no se le pudo escapar un sonoro qué, pero no sirvió de nada. Le molestaba que la gente que andaba desnuda le tocara a él cuando también lo estaba. No le había dado tiempo siquiera de estar contento de seguir vivo (a pesar de que no se necesite mucho tiempo para estarlo). Todo el grupo ya había reparado en la mano advenediza, pero nadie dijo nada. ¿Quiénes sois y qué queréis de mí? Lo preguntó como se grita a la oscuridad cuando te invade el miedo, como se rasga el cielo con el llanto a la muerte de un ser querido. Y sin embargo, fue respondido. -Somos nosotros los que deberían de hacerte esa pregunta. Pues nosotros no te hemos llamado. La joven tenía una voz dulce. Unas palabras contundentes. Un silencio que abrumaba. -Soy Israel. Caí de mi embarcación e intenté nadar, pero perdí el conocimiento. Supongo que he llegado a esta costa de casualidad. -Nosotros somos parte del pueblo que se sitúa cerca de aquí. No creemos en las posesiones porque todo se acaba y la tierra vuelve a la tierra. De entre la infinitud de la costa has acabado en ésta. No creemos en las casualidades y en el azar que rige los destinos. Él suspiró. Ya estaba cansado de escuchar lo que dicen todos los visionarios, predicadores de mitos estúpidos. -¿Y mi ropa? -Las personas dan la importancia a las cosas que comparten con unos pocos. En la sociedad de la que tú vienes, el cuerpo se ha hecho objeto de culto en el patetismo de la ritualización. Se engaña a través de tapujos y se ensalza lo que está vacío. Aquí no queríamos caer en el mismo error. Todos los demás se fueron marchando mientras la mujer hablaba. Tenía la piel morena, tostada por el sol; el pelo negro como la noche, los ojos oscuros, los pechos turgentes y estaba fresca como el agua de río. Estuvieron hablando largo rato. Israel aprendió a dejar de cubrirse como si los demás fueran extraños y comenzó a meterse en ese aroma embriagador de la naturaleza. Tocado por la brisa, alguna gota de lluvia perdida que, de entre la superficie del globo, eligió sus ojos. Ella no dijo cómo se llamaba, pero todos se dirigían a ella con una palabra parecida a Edindya. Acompañó a Israel por todo el bosque, le enseñó la playa, las olas, las montañas. Le dio de comer frutos desconocidos que le dieron fuerzas. Le presentó al pueblo, en el que no había líder y lo llevó a un rincón del bosque en donde manaba el agua de un agujero escondido. Arrancó dos hojas verdes de un arbusto; hojas como cuencos, y los llenó del agua. Cogió una seta y exprimió su jugo en cada una de las hojas. Bebieron los dos sin hablar mirándose directamente a los ojos. Ambos tan oscuros y salvajes. Israel notó cómo el líquido le recorría hasta cada punto de su cuerpo, potenciaba sus sentidos. -Tú no te llamas Israel. Tú te llamas Jaguar. Edindya le contó la historia de cómo se acordaba de cuando era niña y fue de viaje a una selva con sus padres. De cómo un animal enorme se le había quedado mirando con esos grandes globos. Eran los suyos. Después de tanto tiempo los había reconocido. Y sabía que él se iba a acabar marchando. -Porque eres un animal sin hogar y no eres capaz de hallar la calma en este mundo: sentado ni levantado. -Edindya...- susurró Él mientras acercó sus labios y la besó. Después de tanto tiempo... quizá tuviera razón, quizá todo fuera tal como ella había dicho. Suavemente la apoyó contra la hierba para verla mejor, para probar el sabor del agua de su boca, para acariciarla con sus manos y hacerle el Amor en un éxtasis profundo. Volvía a estar en su hogar después de tanto tiempo, y no sabía si nada tenía sentido. No podía pensar salvo en esos cabellos de noche y la respiración que subía y bajaba en sus oídos. Valía la pena creer en imposibles y en interpretaciones irracionales de la realidad; escapar del mundo en su propio regazo. Por crear, el mundo creaba hasta su propia destrucción. Alcanzó un orgasmo tan extraño como salvaje. -Jaguar.- le dijo al oído antes de que se durmieran sobre el tacto de la hierba. Al día siguiente, Él ya no estaba ocupando su lado. ¿Por qué? Ella ya lo había dicho. Es muy fácil alcanzar la felicidad absoluta, quizá fuera por eso. No quería vivir así, se decía mientras remaba en la barca que le habían regalado los del pueblo; ni así ni de ninguna manera. Tampoco quería atarse al destino de nadie. Edindya salió a despedirle desde un peñasco del acantilado cercano. -¡Jaguar!- gritaba y sonaba el eco.- ¡Has venido a acabar lo que no hiciste en el pasado!¡Me has matado, Jaguar!
El sentimiento hace resurgir de las cenizas la vida; y ahora hay hojas verdes en el Árbol seco. El método nomológico-deductivoSobre las cenizas que siembran
un mundo, que es grande,
extiendo la mano que sangra la vida
y lloro al pensar lo que las flores
se llevan.
Son el rocío o mis lágrimas. Tal vez una sonrisa.
Despierto con los pies abiertos
planos contra el duro suelo
y he trabajado la tierra
entre las ramas verdes del alba.
Oh, tiempo.
La razón del ser naciente,
del ser dormido, acuna la verdad
la certeza de un loco,
que sobre los nidos de los nichos muertos
sólo está la transparencia del cristal
¿dónde el joven y valiente?
La honra de llevar a puerto el barco
se ha desvanecido.
Quizá todo haya sido vano.
Falto de sustancia y de entidad
me acumulo en excremento
y durante muchos años
soy el cáncer que matará los sueños
que movieron las montañas en donde me mezco.
La media, la voz y lamento de la regularidad inventada.
Saiph
y cuando digo todo
aún no he dicho nada. En el Nombre del GrandeLa vida es una empresa a corto plazo.
En ese rostro de claro nardo
las piezas abiertas de la flor olían
a sueño muerto, al joven dueño
a la clara luz del mediodía.
Responde, verso
a las peticiones de tu señor, de tu siervo,
y porque acudes te llamo,
mirad qué es la muerte del tiempo.
Ahora que no puedo ver tu sangre
sembrando en la arena la muerte,
de qué me sirve recordar,
destripar, las palabras que dije.
Pues soy caballero y narro a la vida
a la sonrisa que todo lo detiene,
y tiene sobre tu cuerpo que escarba la nieve
de la cumbre de mi corazón, escarcha.
Tu rojo líquido ha teñido ya la playa,
la negra, la roca, la rosa malva;
y qué voy hacerle yo,
primitivo arrefice de los restos de la rima;
soy sólo un poeta
y las palabras sirven para describir lo que se siente
al perderte más y más,
al abandonarme al éxtasis prohibido
de la profanación
y a no sentir las lágrimas como si fueran agua.
Soy sólo un susurro,
el mar ha empezado su tempestad,
contempla el paraíso de mi paladar
oye mi arrullo a tu oído moribundo.
Las antologías,
la recopilación, todo ha desaparecido,
pues ya no estás tú, ya no me queda nada.
El mugir de las gacelas, el graznido de los perros,
la exaltación de las palomas en un millar de vítores creciendo;
las rocas planas, los negros versos,
no hay canto ni diluvio de azucena
no hay cristal que la cubra de plata,
no está ya la lluvia que lo sepulte
en un río enfermo que acoja la bilis
junto al lamento.
Designad pues los profetas,
aquellos elegidos que se salvan
del pecado, pues los hombres pecan.
Y haced entre todos los restos, gestas
el uno y gran laurel,
que elegido ha salido el vencedor,
de la voluntad magnánima de él.
Saiph MIS LETRAS NEGRASYo, que capturé esa luna, desde el rincón de mi balcón, cobijo, decido pasear los pies una vez más arrebatando los penachos caídos de un gorrión mil veces muerto como un silencio, un artificio fruto de la hipocresía más cobarde, bajo un cielo de carbón manchado, de mórbida muerte amenazando con desprenderse en un aguijón, un cuchillo fino que desgarre la carne de cuantos la poblamos. Mi bastión, el hogar, telaraña, por la mañana, como tantas, atrapado entre sus gruesas garras, en la distancia son de mil colores; verdes y rojos, y blancos y amarillos, donde la negra noche tiñe las sombras; acabó el sol en un crisol de humo negro, es el destino; nos lleva al cementerio en medio del alba. Demasiado óxido en el horizonte de la mirada Expulsa su hedor insoportable y ni siquiera ya el verdor de mi bosque apartado me defiende del mordisco de este perro con rabia. Se encaprichó de mi vida y yo la até con cadenas a sus pies. Como tantas veces equivocado, lanzo a la mole de asfalto y hormigón mi juramento de odio y fidelidad eterna en este odio que parece amor; el verde fresco y esa baba viscosa es el morbo de unas líneas delicadas que atraviesan la capital. Y en el cartel en donde capturé la luna, el único lugar del mundo donde la perdición es una con la oportunidad de la mano; el rectángulo de plata y tantas sonrisas, tanto grito aberrante y sus susurros, recortado contra un mar desolado, en medio del haz de luz del amanecer, ha muerto siquiera antes de nacer y me dio la vida: Madrid. Saiph. El poema NO premiado del concurso. El regalo humanoMás allá de la tormenta bajo la Polar, el sol oscuro hay una casa vacía, una casa pequeña que de entre los sueños es el menor mortal de los pecados.
Las paredes hablan blanquecinas bastos lenguajes. Vistosas como la flor que atrae a la abeja. Son sus días pequeños, la verdadera vida de un posible dueño, que alguna vez la ocupe y la huela. En el momento cumbre, de esas esperanzas mal interpretadas por una inmortalidad inerte: Los edificios, seguirán siendo sombras, compitiendo con la sonrisa, que es luz, de un ser afortunado, como lo es el hombre. Sueña con poder luchar por sus sueños, separa por las noches el cemento, ladrillo y sus consignas de fuego ya no le sirven. Maldito el día en que todo aquello que no fue nada, vuelva a serlo.
Ya ni siquiera se puede soñar que se sueña, Pues si juntos somos la realidad que forma la casa, la unidad hace la fuerza de un necio y en la soledad, la sensación de no servir, está infundada. Sin embargo, fijaos, allá en la noche, justo debajo del sol negro hay por lo menos una casa, y es el menor mortal de los pecados. Alpha Mis letras, mi todo, mi palabra y la expresión, tenían dos ojos, dos manos, dos orejas, una cabeza y un perro.
Del amante que caminaba por la calle, acera dura, descubiertos los charcos. A un lado y a otro la capital. La sombra de un edificio era niebla y sus pasos sonaban como el ruido de la lluvia después de un leve amanecer por sobre la sierra del Almanzor. Sin las letras, el poeta muere, sin sus versos, el polvo es polvo, y principio un sinsentido. Porque todas las hojas no son hojas para alguien que no da un paso igual que otro.
El poeta paró a la orilla del agua mansa, del quieto charco, en medio de los árboles que, verdes, lanzaban su aroma embriagador al aire. El perrito dejó de ladrar cuando su mano lo acarició. La expresión, esa incansable furia que llevamos dentro; lo explícito frente a lo implícito, el zumo de naranja frente a la naranja con el zumo dentro. Expreso, sin paradas, sin ir de paso; haciendo de lo directo, un veloz; del mensaje, tiempo y las palabras un absurdo más. Se paró bien quieto pisando el barro suave y oscuro de la franja húmeda, y los pies se le hundían poco a poco. Pensó como piensan los que ya tienen por cierto que queda poco por hacer que les entretenga más que ver morir el tiempo. Tenía una historia de amor que contar, una historia aún sin palabras, un sentimiento. Escribió sobre la tierra con un dedo firme y la mirada desvanecida, perdida por el horizonte:
no supe decirme
que te amaba,
y no te amé
Sin punto ni coma, sin mayúscula. Para qué el principio, para qué un final. A veces eso es lo único que nos importa, otras veces no. Hay historias y libros, cuentos y vidas que merecen ser contadas y no tienen palabras adecuadas que sirvan para llegar al corazón, para expresar lo que realmente quieren. Hijos de hijos, de hijos de la memoria. Todo parece tener limitaciones en esta vida, sobre todo para quien es consciente de ello.
Dicen que los poetas logran contar cosas increíbles a partir de unos granos de arena, sin embargo, nuestro héroe se alzaba sin nada entre las manos, con la cabeza trastocada, de vuelta a la misma senda, al mismo camino de tierra. Pues del mismo modo que hizo segundos irrepetibles, crea vacíos, manzanas tan iguales a sus hermanas, que pasan desapercibidas: Yo soy el que dicta, cuál es el nombre de los animales, una voz suya, que dicta al son de sus deseos.
Volviendo el poeta que se define al andar, dejó las musas hace ya mucho tiempo y ahora vaga, y ahora para él es el momento de empezar a susurrar con los ojos el verso que le haga pensar de nuevo en este segundo, volver otra vez y vivir, una vez más, y a su lado, las palabras dictadas por los dedos inquietos:
El caminante tampoco trae, de las aceras
y los pasos, un puñado de tierra. Si realmente
sabe qué es lo que ha encontrado, el nombre
de su creación, será el principio eterno,
la evanescencia infinita del segundo efímero
que ya no existe, que ya no es nada.
Sólo nos quedará decir casa, árbol, vida,
roca, torre, humo; a lo sumo: Carlos.
-¿Y quién es usted?
-Yo quiero ser poeta. La llamada Ñieeeeeeeeeeeeek [puerta al abrirse], pum [puerta al cerrarse]. Kj, kj, kj, kj [los pies del sujeto contra el parqué]. Shhh, pum [el sujeto se deja caer en el diván y cae en él]. Frip, frop, frap [el sonido de la ropa del sujeto al moverse. Teóricamente está cambiando de postura, colocando sus brazos por encima de la cabeza, apoyados sobre el cojín que se encuentra en el diván]. Aaaaaaaay, doctor, doctor [su supuesta voz cuando pronuncia estas palabras que transcribo]. Es una vida muy difícil ésta.- Lo es [pregunta] [el profesional mencionado responde con una entonación que lo diferencia lejos de toda duda del anterior] - Aaaaaaaaay, sí, sí [una vez más, el sujeto] - Y, por qué lo es [pregunta] [voy a proceder a poner doctor cuando se trate del doctor y sujeto cuando se trate del sujeto para ahorrarme intervenciones innecesarias y superfluas al contenido del documento] [doctor]: la intensidad del trabajo, acaso el estrés [pregunta] - [sujeto]: Llámame por mi nombre, joder. [me gustaría recalcar el hecho de que el sujeto no tiene por nombre Joder. Por ese motivo he pasado con una letra minúscula el vulgarismo] No lo sé, Javier. Si lo supiera ya te habría dicho por qué. No crees [pregunta] - [doctor, que es Javier en realidad]: Sí, Car [insisto en adelantar que el sujeto en cuestión no se llama tampoco de ningún modo Car. No obstante lo incluyo, pues se me ha pedido que transcriba literalmente el contenido de la entrevista que tuvo lugar entre Javier López y Carlos Naval el pasado día 16 de Abril en el lugar en el que sucedió tal eventualidad]. Ya me extrañaba que todo estuviera tan claro de entrada [pausa] entonces qué te ha llevado a decir lo que has dicho. Algo. O nada [pregunta] [Carlos Naval]: Pues, te sería sincero con un mero no lo sé, pero no serán esas palabras que salgan de mis labios. No lo serán. [Javier López]: Ajá [pausa, que en literatura convencional vendría sustituida por unos tres puntos] ya veo [pausa][Carlos Naval]: Vaya, hombre. Me alegro que lo entiendas. [Javier López]: Pues yo me alegro de que te alegres de que lo entienda. [Carlos Naval]: Entonces todos contentos. [Javier López]: Sí. Por el momento sí. [Carlos silba durante unos segundos] [de ahora en adelante nombraré a los personajes por el nombre propio tan solo, pues la diferencia radical entre estos apelativos hace superflua la aparición del nombre completo y mi deseo es que la transcripción sea lo más breve y accesible posible] [Javier]: De dónde ha venido esa estúpida costumbre de llamarme doctor [pregunta] [Carlos]: Supongo que el hecho de que lo seas me ha condicionado por completo a la hora de tomar esa decisión. [Javier]: Ja [pausa] ja [pausa] ja [pausa][se trata de una risa forzada y sarcástica] Qué es lo que te pasa, Car [refiriéndose a Carlos Naval] [Carlos]: A mí [pregunta]. [Javier]: Claro, a quién si no [Carlos]: No lo sé, Xavi [refiriéndose a Javier] yo ya te dije que lo de ser médico acabaría conmigo. Ese olor, esa actividad tan falta de calor, tan inhumana. [Javier]: Mmmmm, he de recordarte que tanto yo como mis padres ejercemos la medicina [pregunta] [Carlos]: No sé, joder, se te quitan las ganas de vivir. Desearías mandarlo todo a tomar por saco. Medicina es sinónimo de cáncer. Seguramente si los hospitales dejaran de existir la vida sería mucho más sencilla [pausa] y lo digo por experiencia. [Javier]: Claro [pausa] Veo que no has escuchado nada de lo que te he dicho. [Carlos]: Sí que lo he oído. [Javier]: En eso estamos de acuerdo [pausa] y si tú fueras un profesional en el campo del que hablas con tanto desprecio, quizá podría tenerlo en cuenta. Pero [pausa] ni has estudiado, ni trabajas en un hospital. [Carlos]: Bien cierto, lo que no deja de ser un acierto por mi parte. - ris, ras [supuestamente el doctor está cruzando las piernas en la dirección contraria a la que tenían hasta este momento] [Javier]: Bien, bien. El caso es que querría saber cómo has llegado a esas conclusiones sin experimentar siquiera lo que se siente al hacerlo. - Ñiej [Carlos se incorpora sobre el diván de piel] [Carlos]: Ha sido tan sencillo como ser consciente de ello. [Javier]: Me lo temía. [Carlos]: Y por ello quería adevertirte, mi buen Javier. [Javier]: Oh. Gracias de todos modos. [Carlos]: De todos modos [pregunta]. [Javier]: Me refería a que agradezco tu tiempo. [Carlos]: Nada de eso, nada de eso. No ha supuesto ningún tipo de esfuerzo para mí. [Javier]: Entonces, es eso todo [pregunta] [Carlos]: No. Todo no. Ahora mismo podría hablarte de lo magnífico que ha sido el día. [Javier]: Ah, sí [pregunta][pausa] Vamos a verlo. [Carlos]: He empezado despertándome y aquí estoy. Nadie me habría dicho que así sería, pero así es. [Javier]: Maravilloso, sin lugar a dudas. [Carlos]: Y el tuyo [pregunta] [Javier]: Pues he estado esta mañana con mis padres [Carlos]: Joder [pausa] - fum [el doctor ha descruzado las piernas, yo creo que por la consternación que le produjo la intervención de su interlocutor] [Javier]: Qué pasa [pregunta] [Carlos]: Que te saltes lo que no es importante. [Javier]: Bien [pausa] vale. Pues estaba viendo el televisor cuando. [Carlos]: Roooooong- fiiiiiiuuuuu [hace unos ruidos con la garganta parecidos a lo que sería un ronquido] Vale [pausa] bien. Te quería contar, de todos modos, que hoy en el trabajo [Carlos]: Rooong-fiiiuuuuuuuuu [el interlocutor vuelve a repetir la misma secuencia de sonidos con una variante sencilla en el tema anterior] [Javier]: Carlos [exclama] Vale, pues dime lo que quieres que diga, porque a cada segundo me interrumpes. [Carlos]: No era mi intención [voz más bien lastimera, aunque no cabría descartar un sarcasmo bien camuflado dado el contexto en el que se produce] [pausa] [Javier]: Oh, claro [pausa] No era ésa tu intención, claro [aquí el eufemismo es claro, pues el doctor no quiere sino dar a entender que sabe perfectamente lo que Carlos le pretende hacer llegar, lo cual no deja de ser a todas luces evidente]. Ziuuuuu-splash [el sujeto está pasándose una bola de cristal de una mano a otra].
Señor intendente de policía. La conversación continúa mucho rato más, pero mi trabajo lo finalizo aquí. No consigo entender qué puede tener de interesante una conversación tan absurda e incoherente como lo es ésta. Al no poder obtener ningún tipo de conclusión a partir del contenido del diálogo sostenido por los personajes que antes le he expuesto, he intentado no omitir detalle alguno, pero aún así se necesitaría mucha imaginación para sacar algo en claro. Lo que no se me escapa es que tanto uno como otro precisarían de atención profesional lo antes posible. La salud mental de ambos es más que dudosa; y esto se lo digo porque he me he pasado horas y horas a lo largo de mi vida escuchando conversaciones ajenas (para la policía, por supuesto), extrayendo siempre el sentido, el origen y la finalidad de la conversación.
Sin más, le envío mi más sincero agradecimiento por la confianza que ha depositado usted en mí para la cumplimentación de esta labor confidencial.
Alejo Lascuentas Zerrote.
-Y ¿quién dices que le envió espiar al imbécil éste estos dos tipos?
-Jajajajaja. ¡Señor intendente!¡No esté así, hombre! Será porque no ha leído el informe. Es de lo mejorcito que hay ahora mismo guardado en las estanterías de la comisaría.
-¿Ni el chiste de Mariano el patatas?
-Ni siquiera mil chistes del borracho ése que traemos para que nos cuente su vida y poder así pasar mejor la noche.
-Pues habrá que leerlo... lo que me preocupa es que las conversaciones privadas puedan comenzar a estar siendo escuchadas sin una orden judicial siquiera. Es una violación de los derechos del ciudadano... y por un simple y tonto descuido.
-¿Y eso le preocupa?
-Bueno... en realidad no. Érase de una HistoriaUna vez existió una historia. Un relato precioso de cinco párrafos y medio. Mediante unas líneas que entrecruzadas dibujaban el paisaje más precioso, enmarcaba un cuento el autor. Esas filigranas de tinta, de carbón y de paja seca, mataban una ausencia y llenaban como llena la jarra un vaso vacío, vernáculo visorio para el vasto vulgo, la soledad oscura de la habitación. El moribundo moría descansado, el burlón jaleaba entusiasmado a la orilla del río que proyectaba la historia, más allá de las manos, de los dedos. El fluir era continuo, era pausado. Sonaba sobre las rocas la historia, delimitaba la forma de dos personas que andaban tranquilas. Ella tenía la piel clara contra la luz fluctuante de los reflejos, unos ojos claros y los cabellos de Sol. La falda blanca que llevaba cogida con la mano izquierda bailaba dulcemente y su deliciosa sonrisa rosada dibujaba una curva leve, pura, blanca como el paraguas que delicadamente sujetaba con su guante, su mano derecha. A su lado un hombre joven y exultante paseaba con un furor apasionado unos zapatos negros; asomado a las orillas, subido a un árbol. Impaciente. Era un libro de tapas gruesas y rojas y el autor tenía pocos años como para triunfar. Pero de hecho mucha gente consiguió descifrar el enigma y encontrar sentido al disparate de un joven arrogante, que dirán los veteranos; a un adalid sin rey; un niño sin principios o el perdido sirviente de un sentimiento sin razón. A veces no es todo fruto del deseo instantáneo, casi infantil, de un poeta. De alguien que sabe lo que quiere, y lo quiere ya. Se llama Cecil Dufau, francés como los hombres que hablan con la boca medio cerrada, será la razón por la que sus palabras en castellano siempre suenan a u. Su protector, Rodrigo del Castillo se lava las manos con jabón de Marsella, el lugar en donde nació el muchacho, donde se aprende a amar la mar y a fijar la mirada en un punto del horizonte, encotrando el hogar y el refugio que el resto de mortales acaso sólo sabría encontrar en la ondulación seductora de las lenguas de fuego. Rodrigo se había enamorado de Cecil en Ávila. Daba patadas a la hermosa muralla con ese desparpajo que no mermaba su pasión y su locura. Rodrigo lo miró durante largo rato, casado, padre de cinco niñas y con cincuenta inviernos encima de su encorvada espalda. No pudo evitar sonreírse, disfrutar del espectáculo, y amarlo; acabar amándolo, porque era lo más perfecto, inmaculado; era la belleza en su definición. Era tan precioso... que habría renunciado a todo. Le latía la sangre hasta las sienes, su rostro se tornaba claro como al amanecer de la vida. Al ir a verlo, le preguntó, con un sudor perlado su frente; con la inseguridad que experimentan en su interior los enamorados, ¿Qué es lo que haces muchacho?¿Acaso crees que se caerá la muralla? Y sus mechones, su mirada, las manos grandes y los labios sensualmente rellenos, No creo que la muralla sea capaz de caerse, mi señor. Pero estoy seguro de que si quiero que se caiga, lo hará. Porque nada hay peor que la impertinencia del romántico. ¿Eres un romántico? Sí. Soy un enamorado. Las letras, rotas o compuestas, en curvas y rectas, trazadas con una brutalidad inhumana. Conseguía quemar miles de vidas, la historia, su pluma. El río se convertía en montaña, los árboles en murallas, el castillo alto, altivo, alojaba en su interior la imaginación esquiva. El color castaño claro de su pelo se retorcía entre la crispación de sus dedos, una historia tan preciosa que se contaba en cada momento, que tenía sentido en la fragua de sus rúbricas. Rodrigo enloquecía, pero Dufau dedicaba el aire de sus pulmones a un Amor imposible. Hablaban, reían, comían juntos. Rodrigo invirtió miles y miles de pesetas. Su mujer: ¡estás loco!, sus hijas: ¡padre! Y él estaba loco, sí lo estaba. Se había pasado demasiadas horas contemplando la serenidad de su frente, el pétalo de su tacto. Olía como si se tratara de una flor. Y lo amaba por ser como era; porque era perfecto, porque no deseaba sino darle todo a él. Todo lo que fuera suyo, lo que pudiera ser de su propiedad. Entregárselo. Pero Cecil Dufau terminó su historia una mañana. Su protector lo mandó encuadernar en una piel rojiza, imprimir en lengua castellana quinientas veces. Esa misma noche, el joven marsellés estuvo mirando el horizonte, en un punto lejano, escondido de las garras de ese impúdico sinsabor que es el desencanto. Estuvo durante más de diez minutos observando allá a lo lejos y a este lado del cristal un hombre se desvanecía. A la mañana siguiente, Cecil anunció su marcha, Rodrigo en el despacho, amarillo. Vete, muchacho, si ése es tu deseo. Pero llévate este sombrero contigo, llévatelo lejos. Se puso su camisa blanca y los tirantes, una maleta y se marchó. Nunca nadie más, en la ciudad de Madrid, supo de él. Pero, esas líneas. El prodigio que se deslizaba por sus dedos desde la médula y en el fondo de unas pupilas iluminadas por la llama interna. Por lo visto, su rabia y dedicación habían hecho de las páginas un triunfo, una honra que merecía el respeto. Si ya lo decía el señor Rodrigo, pero no dijo muchas cosas más. Se pasaba el día en su despacho, con su calva lechosa al aire esclavo del polvo espeso. A veces leía el libro, la mayoría del tiempo lo pasaba pensando en lo que había sido su vida hasta entonces, y en lo que le quedaba después de tanto tiempo. Cuando el médico le anunció al viejo Rodrigo que iba a morir. Él, simplemente dijo que no Como todo hijo de Vecino De paso a las tumbas. De ladrillo, de sombras y rincones. El taconeo insistente de unas botas ceñidas, botas altas sonaban por toda la calle. El recorrido serpenteaba como nervioso, fruto del más puro de los espasmos nerviosos experimentado por una línea firme, ahora corvada en latigazos crueles y azarosos. Era el organismo que, desde el barro del suelo a los tejados, se entrelaza como una raíz, nace, y muere. La ciudad aplastada.
El caballero estaba silbando alegremente. Con un sombrero de ala ancha colocado sobre sus cabellos claros, una pluma larga y roja realizaba una curva en el aire, caminaba. No tenía bigote, ni barba, su piel ligeramente rosada asomaba tras la tela, por encima del pañuelo rojo atado a su cuello. El chaleco era marrón, la camisa blanca, negros los pantalones como esos ojos que miraban sin ver, pues estaba pensando en otras cosas. Dije caminaba, pero más bien corría, pues se trataba de un hombre nervioso, incapaz de aplacar la ansiedad que siempre le acompañaba. Tuturúuuuu-turúuuuu. Precioso amanecer, pensaba, y la carta, ¿qué hay de la carta? A ver si encuentro a, ójala esté... Hay que ver, maravilloso día. Y las nubes blancas a penas eran motas de polvo que se esconden en un rincón.
Fue entonces, cuando cruzaba una especie de puentecillo formado por una casa que unía los dos lados de la calle, las viviendas por el piso superior, cuando se abrió una ventana, cuando cayeron todos los desperdicios corporales en forma de micción y hez de unos cuantos ciudadanos que, como todo hijo de vecino, preferían fuera que dentro, en el sombrero, en la preciosa capa que nuestro caballero llevaba enrollada en su guante. Al instante se oyó la exclamación: "¡Agua, va!". Él, tirado en el suelo, con el barro calándole los pantalones, las botas, no pudo evitar mentar a la puta madre del ciudadano que acababa de servirle con tan buenas intenciones. Pero el caso es que el infierno está lleno de buenas intenciones, como se suele decir, y parece que nadie ha aprendido la lección.
Se levantó el caballero. Intentó desprenderse de los fluidos que se le habían adherido a las ropas pero, como bien puede entenderse, no lo consiguió. Obviamente, el mal olor de los mismos no hizo sino minar su sonrisa y sus buenas maneras. De ahí que la puerta más cercana saltara con sus bisagras incluidas. De ahí y de la patada que le había propinado el héroe al que constantemente nos referimos. No hay que sacar conclusiones precipitadas, el caballero quería hacer saber a la persona dueña de la propiedad únicamente el incidente desencadenado por su desatenta conducta, en vistas a que ésta no se volviera a repetir.
-¡Oh!¡Muy señores míos!¡Ah de la casa!¿Hay alguien entre estos muros?¿El señor, la ama, el sirviente o la criada?
Bajó por las escaleras el estrépito de un hombre gordo, obeso. El pelo le asomaba por entre la camisa vieja y rota. Varón poco idiota, distinguió sus desperdicios que durante tanto tiempo lo habían acompañado en las ropas del caballero, o eso pensaba nuestro héroe. Así que retornó por el mismo camino que al lugar lo había llevado.
-¡Mi señor!¡Preciso de hablar con vos!¿Adónde os dirigís como llevado por el diablo?
El joven se acercó a las escaleras de un salto y pudo observar cómo el obeso acababa de armarse con una pistola de considerables proporciones. Y todo indicaba que él iba a ser el blanco de una bala.
Aunque los presupuestos son odiosos, el caballero se apartó de la vista y esperó junto al chaflán. Los pasos irregulares, inquietos y miedosos del gordo se oyeron por las escaleras de piedra. Suavemente, el caballero sacó su fina daga y cuando éste estuvo a la vista se la aplicó repetidas veces en el vientre, hasta que la sangre, que inicialmente manaba dulcemente, empezó a brotar de una forma violenta, viscosa y oscura como la noche. Después, lo dejó en el suelo y, pasando los pies por encima del cadáver se dirigió a la puerta. La apoyó contra el marco y siguió silbando mientras andaba.
Detrás de él, desde la ventana, se oyó un suspiro. Era el hombre que había causado el estropicio. Era yo. Y es que a veces es divertida la confusión que desata este tipo de malentendidos. A mi casa se accede por una puerta al otro lado de la calle y, bueno, el hombre de grandes proporciones era el herrero que se había retrasado en uno de sus pedidos: una pistola. Así es de sencillo. Ahora, ¿qué es justo y qué no?¿Quién ha actuado mal?¿Yo? No, hombre... Yo no... Es inútil dar la vuelta a las cosas que no se pueden cambiar... Sí... es eso... mejor todo como está. Punto y seguidoEl Ojo Grande, el Grande Sol. Él pone el fuego. Así, su luz también puede hacer de mi rincón la nocturnidad. Es el cobijo donde pienso, mi lugar en este lugar y una sombra negra, oscura, donde soy el sueño pequeño y negro punto. Nada más. Aplastado en un silencio eterno solo, de inquietud inaprensiva, se escapa de entre la punta de los dedos y todos esos únicos versos se hacen pequeños a su vez, al mismo tiempo que descienden y se desvanecen frente al abismo que es la Inmensidad. El Universo. Es lo infinito que crea la mortalidad, el negro lo blanco, lo real el sueño; y ese tiempo, infame, desliza los segundos en segundos, susurra suavemente y junto al viento para arrebatarnos el blanco y el papel. Es el tiempo que me destruye, que me aniquila, que me está matando y me ha hecho tal como soy. Y tú, ¿Quién eres?¿Y qué? ¿nos queda? Seguir respirando hasta que no tenga sentido ¿Y el sentido? Paseo lento, y dormido miro al techo, conjugo los verbos en los que hoy nunca más es participio. El sentido del tiempo, la supervivencia de un ser insignificante Reside en eso mismo. La única razón de vivir es que sólo haciéndolo habremos vivido.
Carlos. El poema no seleccionado para el concurso. Alabanda -Hay tres cosas en esta vida únicamente, Lécido: Yo, lo que no soy yo, la relación reflexiva y con el resto: pensamiento. Todo nos diferencia a unos de otros, querido amigo; ni mi carácter, mis aptitudes son tuyas, ni mi trozo de realidad en la que he vivido y tampoco lo que me une a ellas. Quizá no todo sea tan aparentemente sencillo como te lo planteo; las relaciones son tan cambiantes que encasillarlas sería un error; si bien, estructurarlas según códigos de conducta comunes, puede ser producto de la necesidad de obtener conocimiento propia del ser humano.- Alabanda aspira por la boca el humo de una pipa alargada.- Pues bien. Parece increíble que viaje donde viaje, y a pesar de las raras pretensiones de los viejos filósofos que me atormentan con sus abruptos y desazonados planteamientos, observo y saco mis conclusiones, ¿no te parece? Mirando, hablando. Es curioso que vaya a donde vaya me encuentro con más de lo mismo. Fíjate, mi querido Lécido, que al hablar con un hombre de color en Etiopía (eso que en el Ática llamáis allá), pude comprender una situación que no desconocía en absoluto. El pobre hombre vivía para con sus dioses en armonía, les rezaba, ofrecía el producto de sus manos desgarradas por el trabajo; y yo lo admiro, no he dicho otra cosa. Sin embargo, una cosa era su disposición religiosa, otra la que ofrecía a su gente, lo que realmente hace de su vida algo suyo, ¿y sabes? Me dio la impresión de que eran como dos personas dentro de un mismo cuerpo que sabían compartir los momentos de aparición: un actor del teatro que cumplía dos papeles diferenciados y sabía en qué momento debía de ser quién. ¿Sabes de lo que te hablo? No me refiero a la falsedad e hipocresía del hombre en las diferentes relaciones sociales. No. Yo iba más hacia el punto de cómo conseguimos hacernos con las cosas sin que ellas se apropien de nosotros. Seguro que has sentido esa sensación. Se trata de conocer a alguien y entablar una conversación en la que los dos se parcializan; lo que se conoce como diglosia, personalidad múltiple. Yo te lo explico, no te preocupes. No es otra cosa que la habilidad de hablar varias lenguas delimitando su competencia en nuestras vidas; utilidad pragmática ¿qué te parece?¿Sorprendido? No lo creo.- Lécido lo mira, Alabanda sostiene esos ojos claros.- La otra relación que nos une al mundo es la directa; siguiendo con el símil lingüístico que nuestros queridos especialistas elaboran. El bilingüismo supone trazar tú mismo, según los conocimientos adquiridos, el rumbo; tener en una mano tu pasado y no desecharlo con el desparpajo de alguien al que no parece importarle. Y sí, puede que la persona prudente, y por prudencia entiendo saber distinguir lo que nos conviene o no en cada momento, tenga ambas cosas. En unas relaciones impersonales, una vida en la que no todo es la intensidad de lo sincero, hace falta ser habilidoso; no engañar, deshacerse de la posibilidad de lo falso y alzarse con la permisividad de un hombre comprensivo.- se mira las manos oscuras y vendadas.- Es el listo el que sobrevive, no el inteligente... y con esto no acuso a nadie de nada, no suspires así. ¿Qué es lo que queremos? Todos queremos estar bien, compañero; es difícil conseguirlo.- se oyen los pasos de hombre que pisan sus pies calzados de sandalias de piel.- Y ahora, que siento que llegó el final, no siento ese rubor de culpabilidad que debería de crecer en mi interior.- toma la mano a su amigo.- Siento que he sido idiota, y lo soy. Ahora tienes que saber que si quieren algo de ti.... tendrán que pasar por encima de mi cadáver. Porque tiene que ser así... porque no pienso librarme de cuanto soy... ni podría, así que no me lo pidas.- toma la espada y se levanta lentamente.- No habrá dios, no habrá ley ni hombre que me impida luchar por lo que he sido. ¡Si alguien quiere comprobarlo!¡Que venga!
Ya se ven los guerreros con yelmos pasando el recodo del la última curva que lleva hasta ese rincón oculto, tocado por la hiedra verde, arrimada a la escena iluminando el sol los cabellos rubios de Alabanda. Es joven y tiene el rostro afeitado, una piel clara y los ojos oscuros, desafiantes hacia un lugar en el que no es capaz de escrutar su destino. Una toga ligera de pliegues blancos, sujeta a la altura de la cintura estrecha por un cinturón de tela y una hebilla de metal bañada en oro; los brazos, las piernas, el cuello casi adolescente, blancos, con alguna marca en la frente, la presión de todo su cuerpo sobre el arma, cicatrices de momentos que ya no se borran, pues hay errores que te persiguen toda la vida, los llevas siempre puestos, como una prenda que te faltó por quitar antes de introducir la piel sanguinolenta en un baño de agua caliente. Entre las columnas, esa seda transparente, del tacto que tienen que tener los sueños; frágil, inexistente, dulce. Quiso haber estado muy lejos de allí y tener la oportunidad de beber corriendo por los frescos pastos de las laderas orientales de Macedonia ese fresco manjar que la despreocupación brinda a las almas felices. Pero ni siquiera un paso dio hacia atrás. Muy dentro de él y hasta su boca subió el fuego. Levantó la espada corta por encima de su cabeza y con una finta rápida y ligera desciende sobre el primer guerrero que se acercaba. Alabanda ocupaba la salida del pasillo con los brazos abiertos y tan sólo uno podía caber entre las paredes con esos pesados escudos, se derramó la sangre como de una vasija rota en el suelo y una herida profunda se formó en el cuello del guerrero, caído en el suelo. Una lanza provocó un sonido metálico al encontrar el arma de Alabanda. Otro intento lateral obligó al joven abalanzarse al suelo, agarrando la lanza del moribundo sangrante atacó a las piernas desnudas del guerrero y gritó al clavar su aguijón en medio del pecho y manchar su blanca túnica con ese barro emponzoñado que es la sangre del corazón. Otra lanza pasó rozando su cabeza, tuvo que retroceder y permitir la entrada de los soldados en ese cuarto sin techo. Cuatro. Entre ellos, Él, parando, devolviendo las arremetidas, armado de una lanza y una espada. Notaba subir y bajar el pecho descontrolado y los reflejos en la punta de cada dedo. En un hueco entre las defensas tan orgullosas hendió la punta de la lanza al arrojarla con todas sus fuerzas; alcanzó la parte inferior de la mandíbula y vomitó rojo.
Y una saeta alcanzó su vientre. Una lanza la pierna derecha, otra atravesó la carne de sus pómulos. Dejaron las armas en su cuerpo mientras con unas espadas cortas le hicieron suficientes heridas en el torso. Manando el elixir. Muerto lanzó un grito.
Quizá hubiera intentado decir que ni siquiera la muerte fue capaz de arrebatarle la libertad. Si fue eso, no se entendió nada. Tendido boca arriba sobre una toga ya granate y sus propias heridas. |
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